La fuga de votos del PSOE hacia Vox es un hecho. Y las alarmas han saltado en Ferraz. Los datos más recientes muestran que entre un 4 y un 5 por ciento de quienes apoyaron al PSOE en 2023 estarían hoy inclinándose por el partido de Abascal. Algunas encuestas incluso estiman en más de 300.000 los votantes que estarían tomando parte en esa transmigración política. Un auténtico drama para la izquierda y para el PSOE.
¿Qué está pasando? En primer lugar, el malestar social en asuntos como la vivienda, la corrupción, el elevado coste de la vida y la precariedad laboral. Votantes socialistas sienten que el partido no responde a sus expectativas, lo que abre espacio a opciones “de protesta”. El discurso antisistema de Vox, que insiste en la lucha contra el “bipartidismo corrupto”, atacando tanto al PP como al PSOE, está calando en ese tipo de votante que unas veces vota a los socialistas, pero que también lo hace al PP. Se trata de un perfil de ciudadano poco ideologizado, con escasa formación cultural y que se deja llevar por la corriente de opinión del momento. Es ese votante que vota derecha o izquierda en función de sus intereses particulares, filias y fobias, sin tener en cuenta los valores o principios de cada tendencia política. Un pragmático de lo suyo.
El mensaje ultra trasciende la división izquierda-derecha y busca atraer a quienes se sienten defraudados por los partidos tradicionales. Sin duda, la frustración económica y expectativas incumplidas cunde mayormente entre los jóvenes. Especialmente, hay frustración por la falta de oportunidades, salarios bajos y dificultades para emanciparse. Según declaraciones de dirigentes socialistas, muchos de estos jóvenes no se identifican con la ultraderecha, sino que votan desde la frustración.
Lo que parece claro es que existe un desánimo general en la izquierda. El fenómeno de la decadencia de los partidos socialistas no es exclusivo de España. Está ocurriendo en toda Europa y en todo el mundo. La izquierda se hunde sin que aparezcan nuevos líderes capaces de enderezar el rumbo. Y no solo faltan personas a la altura de las circunstancias históricas; también faltan ideas, programas, proyectos. Es como si el bloque progresista se hubiese quedado viejo, obsoleto, desfasado, sin poder reconectar con las bases y sin poder ofrecer soluciones a los problemas del siglo XXI. Y en medio de esa crisis galopante emergen los partidos demagógico-populistas con sus recetas fáciles a problemas complejos. La farsa ultra proporciona la ilusión de que otro país es posible, y aunque en realidad todo es un engaño más, consigue hacer un roto, un agujero en la izquierda a cuenta de asuntos candentes y sensibles como la seguridad, la inmigración y el coste de vida, parcelas de la política donde la furia y el odio popular es fácilmente canalizable. Algunos votantes socialistas con posiciones más conservadoras en cuestiones culturales o preocupados por la inseguridad y la economía encuentran en Vox un discurso más alineado con sus inquietudes.
Las encuestas muestran un hundimiento del PSOE y Sumar, con un electorado desmovilizado y desilusionado. Cuando un bloque se desmoviliza, parte de ese voto no se abstiene, sino que migra hacia opciones que percibe como “rupturistas”. Vox está promocionando perfiles dirigidos a captar votantes de izquierdas, como portavoces centrados en vivienda o precariedad laboral. Su narrativa se adapta para conectar con problemas cotidianos de sectores tradicionalmente progresistas. ¿Es un cambio ideológico real? En la mayoría de casos, no. Los análisis indican que estos votantes no se han vuelto de ultraderecha, sino que usan a Vox como vehículo de protesta ante su decepción con el PSOE.
El sistema político español ha vivido en los últimos años un reordenamiento profundo. Entre los movimientos más llamativos destaca el trasvase (limitado pero persistente) de votantes del PSOE hacia Vox, un salto ideológico que rompe los patrones tradicionales de comportamiento electoral. Aunque no se trata de un flujo masivo, sí es lo suficientemente constante como para generar debate sobre sus causas y consecuencias. Hasta el momento, se aprecia un “temblor sutil” dentro del electorado socialista, motivado por un malestar difuso con la gestión del Gobierno y la percepción de desconexión con ciertos sectores sociales. Pero en Ferraz temen que el fenómeno pueda no ser coyuntural y pueda ir a más, hasta desangrar al partido como ya ocurrió con el partido socialista francés y el PASOK griego.
Tras los resultados autonómicos y municipales de 2023, parte del electorado socialista mostró frustración con la pérdida de poder territorial y con decisiones estratégicas del partido. Los estudios apuntan a un perfil común: personas de clase trabajadora afectadas por la precariedad o el aumento del coste de vida; votantes con posiciones culturales más conservadoras que la media del electorado socialista; ciudadanos que perciben que el PSOE ha priorizado alianzas o políticas alejadas de sus preocupaciones inmediatas. También personas fácilmente manipulables a costa de asuntos tan sensibles como el tema identitario y el nacionalismo patriótico. La independencia de Cataluña y los pactos del Gobierno de Sánchez con Junts han provocado el rechazo de ese socialista conservador. No se trata de un grupo homogéneo, pero sí de un segmento que Vox ha identificado y al que dirige mensajes específicos.r
El PSOE se enfrenta al reto de reconectar con sectores que sienten que sus necesidades no están siendo atendidas. Necesita reforzar el discurso transversal. Aunque el trasvase o fuga de votos no es masivo, en un sistema multipartidista y con elecciones muy ajustadas, unos cientos de miles de votos pueden alterar mayorías.
