Ayuso predica respeto en México mientras convierte la política en una guerra contra la izquierda

La presidenta madrileña pidió “combatir ideas, no personas”, pero su discurso en Aguascalientes y Ciudad de México estuvo cargado de descalificaciones contra socialistas, Morena y quienes cuestionan su visita

07 de Mayo de 2026
Actualizado a la 1:02h
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Isabel Díaz Ayuso, hoy, en el Congreso del Estado de Aguascalientes (México), donde ha recibido la Medalla de la Libertad
Isabel Díaz Ayuso, hoy, en el Congreso del Estado de Aguascalientes (México), donde ha recibido la Medalla de la Libertad

La visita de Isabel Díaz Ayuso a México ha vuelto a exhibir una contradicción que ya forma parte de su marca política: reclamar respeto mientras dispara contra todo adversario ideológico. En Aguascalientes, donde recibió la Medalla de la Libertad, la presidenta madrileña afirmó que “hay que combatir las ideas, pero no a las personas”. La frase podría sonar impecable si no llegara después de meses —y años— de una estrategia basada en presentar a la izquierda, al socialismo y a cualquier gobierno progresista como una amenaza casi civilizatoria.

El problema no es que Ayuso defienda sus ideas. El problema es que lo haga envuelta en un discurso de concordia mientras acusa a sus rivales de “multiplicar la pobreza”, “tiranizar”, “pudrir el alma”, “controlar la sociedad” o convertir la democracia en “una cueva de ladrones”. Eso no es combatir ideas con argumentos: es caricaturizar al adversario hasta convertirlo en enemigo.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha criticado la visita y ha calificado de “trasnochados” a quienes la organizaron, aunque ha dejado claro que no afectará a las relaciones entre México y España. También ha enmarcado el viaje dentro de una estrategia de la derecha internacional para buscar legitimidad política fuera de sus fronteras.

Claudia Sheinbaum responde a Isabel Díaz Ayuso durante la conmemoración de la histórica Batalla de Puebla : “A quienes reviven la Conquista como salvación están destinados a la derrota”.

Una visita que no une, divide

Ayuso presentó su presencia en México como un gesto de amistad entre pueblos, pero la realidad ha sido mucho más incómoda. En Aguascalientes hubo protestas contra su visita. Una regidora de Morena, Martha Márquez, interrumpió el acto con una pancarta que decía “No tenemos agua”, cuestionando que se homenajeara a una dirigente extranjera mientras el estado arrastra problemas internos. 

También La Jornada recogió protestas de manifestantes que repudiaron la presencia de Ayuso en Aguascalientes, mientras otros medios mexicanos han subrayado el malestar político que ha generado su gira. Por tanto, no es cierto que su visita haya sido recibida como un consenso de hospitalidad institucional. Ha habido aplausos, sí, pero también rechazo, protesta y una lectura crítica desde sectores mexicanos que no aceptan que una dirigente española llegue a México a dar lecciones sobre democracia, memoria e historia.

El respeto que Ayuso exige, pero no practica

La frase central de su discurso —“se combaten las ideas, no se acosa, no se persigue”— contrasta con el tono de su intervención en la Universidad de la Libertad, vinculada al entorno empresarial de Ricardo Salinas Pliego. Allí afirmó que “del socialismo se sale”, que el pensamiento “colectivista totalitario” quiere “pudrir el alma” y que la izquierda utiliza la pobreza para someter a los ciudadanos. Medios afines recogieron esos mensajes como una ofensiva ideológica contra el socialismo. 

La contradicción es evidente. Ayuso no se limita a decir que discrepa de determinadas políticas públicas. Presenta al adversario como una fuerza destructiva, moralmente corruptora y enemiga de la libertad. Después, cuando recibe respuesta política o protesta social, se coloca en el papel de víctima y denuncia que otros quieren “dividir”.

México no es Venezuela, ni España una dictadura

Otro punto débil de su discurso es la mezcla interesada de realidades distintas. Ayuso conecta México, España, Venezuela, Cuba y Nicaragua bajo una misma narrativa: la del socialismo como antesala de la tiranía. Esa simplificación puede funcionar como eslogan, pero no como análisis serio.

México tiene problemas gravísimos de violencia, desapariciones, desigualdad y servicios públicos. Pero utilizar esos datos para insinuar que el país camina inevitablemente hacia una dictadura socialista es una operación política, no una explicación rigurosa. Lo mismo ocurre cuando afirma que “así es como está pasando en México y así es como está pasando en España”. España sigue siendo una democracia plena, con elecciones competitivas, prensa plural, tribunales, parlamentos autonómicos y alternancia política. Que Ayuso gobierne Madrid desde hace años es, precisamente, una prueba de ello.

La historia como arma política

Ayuso también cargó contra lo que llama “guerracivilismo” y “revisionismo”, pero su propio discurso hace una lectura selectiva del pasado. Defiende la Hispanidad como “alegre” y “mestiza”, reivindica catedrales, hospitales y universidades, y evita el reverso histórico: conquista, violencia, jerarquías coloniales, expolio y dominación.

No se trata de negar los vínculos culturales entre España y México. Se trata de no convertir la historia compartida en propaganda. Cuando Ayuso pregunta si cinco siglos de lengua común no serán fruto del “amor”, borra de un plumazo la dimensión colonial de esa historia. Eso explica que su visita haya incomodado a grupos mexicanos: porque no llega solo a tender puentes, sino a imponer un relato político sobre la memoria.

Madrid como escaparate incompleto

Ayuso presume de Madrid como “refugio de libertad” y “primera economía de España”. Es cierto que Madrid figura como la comunidad con mayor PIB regional en los últimos datos del INE, con 316.193 millones de euros en 2024. También es cierto que la Comunidad de Madrid ha difundido datos positivos de afiliación y paro registrado.

Pero esos datos no anulan otros problemas: vivienda disparada, desigualdad territorial, precariedad, presión sobre la sanidad pública y un modelo fiscal que beneficia más a las rentas altas. Ayuso utiliza las cifras macroeconómicas como si fueran una absolución total de su gestión. No lo son.

La libertad como consigna contra los demás

El fondo del discurso es claro: Ayuso no viaja a México solo como presidenta autonómica, sino como figura de una derecha internacional que busca aliados, símbolos y escenarios. Su “libertad” no aparece como un concepto universal, sino como una bandera contra la izquierda. Por eso habla de convivencia mientras acusa a sus adversarios de destruir naciones; habla de respeto mientras agita el miedo al socialismo; habla de pluralidad mientras reduce a sus críticos a violentos, tristes o totalitarios.

La visita a México no ha sido un simple acto institucional. Ha sido un mitin ideológico en territorio extranjero. Y la respuesta de sectores mexicanos demuestra que no todos compran ese relato. Ayuso quiso presentarse como puente entre pueblos, pero su discurso volvió a levantar una frontera: la que separa la política democrática de la propaganda permanente.

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