Isabel Díaz Ayuso volvió a utilizar la economía como un campo de agitación política. La presidenta de la Comunidad de Madrid presentó al Gobierno de Pedro Sánchez como responsable de los males del mercado laboral y deslizó una idea tan útil para su discurso como falsa en los hechos: que la subida del salario mínimo interprofesional ha contribuido a empeorar los salarios.
Ese argumento no se sostiene.
Ayuso habló de “salarios estancados”, de “un país de mileuristas agraviados” y de una economía lastrada por subvenciones, pensiones y salarios públicos. Pero una cosa es el eslogan parlamentario y otra muy distinta la realidad. El salario mínimo no recorta los sueldos altos ni reduce de forma automática los salarios medios. Lo que hace es elevar el mínimo legal que puede cobrar quien está peor pagado. En 2025, el SMI quedó fijado en 1.184 euros mensuales en 14 pagas, con una subida de 50 euros al mes y 700 euros al año, y el Gobierno estimó que la medida beneficiaría a 2,4 millones de trabajadores.
No baja salarios: sube el suelo salarial
Ese es el punto central que Ayuso intenta distorsionar. Subir el salario mínimo no significa bajar otros salarios. Significa impedir que las empresas sigan pagando por debajo de un umbral legal a quienes ya estaban en la franja más débil del mercado laboral.
Otra cuestión distinta es que determinados sectores empresariales intenten contener otras mejoras salariales o ajustar costes por otras vías. Pero eso no convierte al SMI en el culpable de una supuesta caída general de los sueldos. Esa interpretación es una manipulación política interesada, no una conclusión económica seria.
La evidencia estadística tampoco avala el relato de la presidenta madrileña. El INE señaló que el salario medio mensual bruto en España alcanzó los 2.385,6 euros en 2024, un 5% más que el año anterior. Al mismo tiempo, el 30% de los asalariados cobró menos de 1.582,2 euros al mes, lo que refleja que el verdadero problema sigue siendo la existencia de una enorme bolsa de sueldos bajos, no que el salario mínimo haya mejorado la situación de los que menos cobran.
La gran trampa del “Madrid va mejor”
Ayuso también suele refugiarse en otro argumento recurrente: que Madrid tiene los salarios más altos y que eso demostraría el éxito indiscutible de su modelo. Pero esa afirmación, formulada así, es tramposa.
Es cierto que Madrid concentra una parte muy importante de los salarios altos del país. Según el INE, el 39,3% de los asalariados madrileños se situó en el tramo de ganancias mensuales de 2.659,8 euros o más. Pero eso no significa que la mayoría social viva mejor ni que la prosperidad esté repartida de forma equilibrada. Lo que demuestra es que la región concentra rentas altas, grandes empresas y empleos de mayor remuneración en ciertos segmentos.
El problema es que Ayuso convierte ese dato en propaganda general. Utiliza la parte alta de la distribución salarial para vender una imagen de bienestar extendido que no se corresponde con la experiencia de miles de trabajadores, jóvenes y familias que no pueden emanciparse, que soportan alquileres disparados o que siguen atrapados en ingresos insuficientes.
Hablar de salarios sin hablar del coste de vivir es engañar
No se puede hablar de salarios en Madrid sin hablar del precio de la vivienda. Y ahí el discurso de Ayuso se hunde. Porque de poco sirve exhibir salarios medios más altos si vivir en la comunidad resulta cada vez más caro, sobre todo en alquiler y acceso a la vivienda.
El propio sistema estadístico oficial mantiene entre sus series los índices de precios de vivienda y alquiler, que reflejan hasta qué punto el coste de residencia es un factor decisivo para medir el bienestar real. Presumir de nóminas sin incorporar ese contexto es ofrecer una imagen amputada de la realidad.
Madrid no puede presentarse como un paraíso económico mientras una parte creciente de la población destina una porción desorbitada de su sueldo a pagar un techo. Esa es precisamente una de las claves que el discurso oficial intenta esquivar.
Ni el Banco de España dice lo que dice Ayuso
Tampoco el Banco de España respalda la caricatura que difunde la presidenta madrileña. Sus análisis sobre el salario mínimo han estudiado posibles efectos sobre el empleo en algunos sectores o perfiles de baja remuneración cuando los incrementos son intensos, pero eso está muy lejos de afirmar que subir el SMI haga caer los salarios altos o deprime por sí mismo el conjunto de las retribuciones.
De hecho, una evaluación del FMI difundida por el propio Banco de España insistía en que las subidas del salario mínimo deben seguir orientándose por el objetivo del 60% del salario medio neto, precisamente para reforzar la protección de los trabajadores con menores ingresos.
Es decir: el debate económico real puede discutir ritmos, impactos o equilibrios. Lo que no puede hacer es convertir una mejora del salario mínimo en una coartada para culpar a quienes intentan elevar el suelo salarial de la precariedad estructural que lleva años instalada en el mercado laboral.
La mentira como coartada ideológica
En el fondo, la operación política de Ayuso es bastante transparente. Presenta la subida del SMI como un problema porque su marco ideológico necesita señalar cualquier avance redistributivo como una amenaza. Así logra desplazar el foco de donde realmente está el conflicto: en un modelo que durante demasiado tiempo ha tolerado salarios bajos, precariedad y dificultades enormes para llegar a fin de mes.
Lo que hace el salario mínimo no es empobrecer a los trabajadores. Lo que hace es poner un límite legal a la explotación salarial más baja. Y por eso molesta tanto a una parte de la derecha económica y política.
Ayuso no está describiendo la economía: está construyendo un relato. Uno en el que el culpable siempre es el Gobierno central, el Estado social siempre es sospechoso y la desigualdad madrileña queda tapada bajo una lluvia de cifras macroeconómicas. Pero los datos oficiales no dicen lo que ella dice.
Y ahí está el problema para la presidenta: que su discurso puede servir como arenga parlamentaria, pero no resiste una lectura mínimamente rigurosa. Subir el SMI no baja los salarios. Lo que baja la calidad de vida es otra cosa: la precariedad, el encarecimiento brutal de la vivienda y una política que prefiere la propaganda a la verdad.