La sesión de control en la Asamblea de Madrid dejó una imagen nítida: una presidenta atrincherada en el eslogan, una oposición que ya no discute el marco sino que lo dinamita con nombres y hechos, y una Comunidad que vive tensiones sociales que no se resuelven con frases de plató.
Desde el arranque, el clima fue bronco. Pero el punto de inflexión llegó con las intervenciones de Mar Espinar y Manuela Bergerot, que pusieron sobre la mesa lo que el Gobierno intenta desplazar: responsabilidades políticas concretas.
Espinar: del “cállate la boquita” a la protección selectiva
Mar Espinar no rodeó el asunto: “Han pasado ocho días en los que usted no ha hecho nada decente”. La cuestión no era retórica. Se refería a la continuidad del alcalde de Móstoles y a la permanencia en cargos institucionales de dirigentes señalados por encubrir un presunto caso de acoso.
Cuando Espinar afirmó que se envió a “dos sicarios a recomendarle que se callara la boquita”, la presidenta optó por una respuesta técnica mínima: “Cumplimos la protección de datos y nos ajustamos a la normativa europea y española. Gracias”.
Ese “gracias” seco fue revelador. No explicó por qué no se han asumido responsabilidades políticas. No aclaró si se ha abierto una investigación interna independiente. No detalló protocolos. La defensa fue formalista, no sustantiva.
La contradicción es evidente: un Gobierno que reivindica liderazgo moral frente a La Moncloa elude dar explicaciones cuando el foco apunta a su propio entorno.
Bergerot: poder, sanidad y “modo de vida”
Manuela Bergerot elevó el tono y la precisión: “Usted es la protectora de un acosador”. Señaló directamente al alcalde de Móstoles y a la estructura de dirección del PP madrileño. Y fue más allá: vinculó el escándalo con una cultura política que normaliza el abuso de poder.
Pero el golpe más estructural llegó con la sanidad. Bergerot habló de “la ley Quirón” y de la relación entre el Ejecutivo y el gigante hospitalario privado. Aquí no hay solo retórica: la Comunidad de Madrid es una de las regiones con mayor peso de gestión privada o externalizada en el sistema sanitario público. Miles de millones de euros en conciertos y concesiones.
Ayuso evita siempre el núcleo del debate: ¿por qué, con presupuestos crecientes, las listas de espera no se reducen de forma estructural? ¿Por qué la atención primaria denuncia sobrecarga crónica? ¿Por qué el modelo depende tanto de grandes grupos privados?
La presidenta respondió con descalificaciones personales: “Vaya feminismo barato”. El recurso es recurrente: reducir una crítica estructural a una disputa identitaria.
La medalla a Estados Unidos: simbolismo oportunista
Uno de los episodios más llamativos fue la defensa de la medalla de la Comunidad de Madrid concedida a Estados Unidos. Ayuso aseguró que “no se le da a un Gobierno, se le da a una nación”.
Formalmente es cierto. Políticamente es ingenuo o deliberado. Las medallas institucionales no se otorgan en el vacío. Se conceden en contextos concretos. Y el contexto estadounidense actual está marcado por una polarización extrema, cuestionamientos a derechos civiles en algunos estados y debates abiertos sobre retrocesos democráticos.
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— DiarioSabemos (@DiarioSabemos) February 11, 2026
❓¿Para qué queremos a Vox si ya gobierna en Madrid?
Esto no es diplomacia, es propaganda ideológica con recursos públicos. Convertir la Hispanidad en mitin, repartir medallas geopolíticas y dividir el mundo entre “libertad” y… pic.twitter.com/4nalX68XK8
El vídeo institucional que acompañó el anuncio —calificado por la oposición como “vergonzoso”— mezcló épica histórica con guiños ideológicos evidentes. No fue un gesto diplomático neutro; fue un mensaje político interno.
Mientras tanto, en Madrid el alquiler medio supera los 1.300 euros mensuales en la capital y la emancipación juvenil se retrasa hasta casi los 30 años. La promesa de 25.000 viviendas públicas lanzada en 2019 no se ha materializado en el volumen comprometido. La medalla no construye casas.
Vivienda: el dato que desarma el eslogan
Ayuso presume de “la mejor fiscalidad” y de ser “la primera economía”. Es cierto que la Comunidad lidera en PIB regional. Pero el PIB no paga el alquiler.
El mercado inmobiliario madrileño es hoy uno de los más tensionados de Europa. La combinación de atracción de inversión, crecimiento demográfico y escasez de vivienda pública ha generado un entorno especulativo. Decir que Madrid “va como un cohete” sin matizar quién viaja en primera clase y quién queda fuera es una simplificación interesada.
La presidenta no respondió con cifras de vivienda protegida entregada ni con calendarios verificables. Respondió con identidad y orgullo regional.
Felipe González y la nostalgia selectiva
Ayuso sorprendió al reivindicar “la España del AVE” de Felipe González y afirmar que el PSOE actual “se ha cargado” aquella España.
La operación es transparente: utilizar a un referente histórico socialista para erosionar al Gobierno central. Pero la comparación es incompleta. La España de los noventa tenía un paro estructural mucho mayor y una desigualdad relevante. Idealizar ese periodo como modelo homogéneo es una construcción política, no un análisis económico.
El “Madrid que funciona”: ¿para quién?
La presidenta repitió su tríada: “primera economía”, “rozando el pleno empleo”, “mejor fiscalidad”. El desempleo en Madrid está por debajo de la media nacional, sí. Pero el mercado laboral presenta altas tasas de temporalidad juvenil y salarios que no compensan el coste de la vivienda.
La brecha territorial dentro de la propia región es significativa. El sur metropolitano no vive la misma realidad que los distritos más acomodados de la capital. La narrativa de éxito agregado invisibiliza esas diferencias.
Cuando Ayuso acusa al Gobierno central de “colapsar servicios públicos”, obvia que la planificación sanitaria, educativa y de vivienda es competencia autonómica en gran medida. Señalar fuera no sustituye gobernar dentro.
Vox: el cierre identitario
El turno de Vox introdujo el discurso sobre “700.000 ilegales” y “la islamización”. Son afirmaciones que simplifican fenómenos complejos y que no se sostienen en estadísticas oficiales tal como fueron formuladas.
Ayuso se distancia retóricamente, pero comparte parte del marco cuando habla de “inmigración irregular masiva” y de “servicios colapsados”. La línea divisoria es más táctica que sustancial.
La sesión dejó una conclusión incómoda para el Gobierno regional: el relato épico empieza a chocar con preguntas concretas. La oposición ya no se limita a discutir el tono; señala nombres, contratos, decisiones y cifras.
Ayuso domina la escena, pero cada vez explica menos. Y Madrid, más allá del eslogan, necesita algo más que orgullo identitario: necesita vivienda accesible, transparencia institucional y una sanidad que no dependa de equilibrios privados.
La Asamblea no es un plató. O no debería serlo.