El trumpismo no se define únicamente por una ideología o una adscripción geográfica, sino por una metodología disruptiva de gestión del conflicto. Es un ecosistema retórico donde la realidad es maleable y la institución se pone al servicio del relato. El reciente escándalo de presunto acoso sexual y laboral en el Ayuntamiento de Móstoles, que implica al alcalde Manuel Bautista, ha servido para confirmar una tesis que venía fraguándose en los laboratorios de Sol: el PP de Madrid de Isabel Díaz Ayuso ha completado su transición hacia un modelo de comunicación política donde la mejor defensa no es la explicación o la transparencia, sino un ataque incendiario contra las instituciones, las víctimas, los adversarios políticos y el periodismo independiente.
La comparecencia de Alfonso Serrano, secretario general del partido y mano derecha de la presidenta, no ha sido un ejercicio de transparencia administrativa, sino una puesta en escena de la estrategia de polarización afectiva. Su objetivo no era esclarecer la veracidad de los hechos denunciados por una exconcejal, sino deslegitimar cualquier acusación mediante la construcción de un enemigo político externo y la activación de una base social que ya no consume información, sino munición dialéctica.
Deslegitimación de la víctima
Uno de los pilares maestros del manual político de Donald Trump es la erosión sistemática de la credibilidad de los acusadores mediante el cuestionamiento de su motivación temporal. Serrano ha profundizado en esta vía al interrogar abiertamente por qué la edil esperó un año para judicializar los hechos. Al sugerir que el caso es una "revancha política" fabricada estratégicamente a horas de una cita electoral, el PP de Madrid logra un efecto de distracción masiva: desplaza el foco del presunto delito (el acoso sexual y laboral) hacia una supuesta conspiración orquestada desde las sombras.
Esta táctica no es inocua. Busca imponer un marco mental en el que la verdadera víctima no es la mujer que denuncia, sino el dirigente señalado y, por extensión, las siglas del partido. Al afirmar con rotundidad que "no se denunció antes porque no existió", Serrano pervierte el principio de presunción de inocencia. Ya no se utiliza como una garantía jurídica en el proceso, sino como un martillo político para negar la existencia misma del testimonio y silenciar la posibilidad de que existan dinámicas de poder abusivas en el seno de la organización. Es la victimización del verdugo, una técnica depurada en los mítines de Florida que ahora resuena en las sedes madrileñas.
El periodismo como "constructor de casos"
El trumpismo en España ha identificado que el consenso sobre la verdad factual es su mayor obstáculo. Por ello, Serrano ha señalado directamente la relación entre la denunciante y la prensa, acusando a los medios de "dar presunción de veracidad" a un relato que él califica de construcción artificial. En esta narrativa, el periodista no informa, sino que "construye" casos con fines partidistas.
Al igual que la retórica de "Fake News" empleada para desacreditar investigaciones sobre la administración Trump, la narrativa de la calle Génova 13 (primera planta) busca presentar cualquier información crítica como periodismo de parte o activismo disfrazado. La gravedad de las transcripciones y audios filtrados (donde se escucha a altos mandos disuadir a la concejala de acudir a la policía) no se responde con una investigación interna independiente, sino con la amenaza judicial. Serrano ha amenazado con denuncias por el simple hecho de grabar reuniones, calificando la búsqueda de pruebas por parte de la víctima como un acto de mala fe destinado a "fabricarse coartadas". Esta criminalización de la autodefensa de la víctima es un síntoma claro de una política que no reconoce la fiscalización externa.
"Omertá" y blindaje de Ayuso
La documentación interna publicada por El País revela una gestión del conflicto que prioriza el control de daños reputacionales sobre el amparo real a la persona afectada. Las frases atribuidas a Ana Millán, vicesecretaria de Organización y figura clave en el engranaje de Ayuso, son reveladoras: "Una denuncia pública te perjudicaría, protegerte es no hacer nada". Este concepto de "protección" es, en realidad, una invitación a la omertá. Muestra una estructura de partido que funciona como una fortaleza estanca, donde los problemas internos se entierran bajo la alfombra de la lealtad al líder.
Serrano ha actuado como el escudo definitivo de Isabel Díaz Ayuso, asegurando que la presidenta "no ha tapado absolutamente nada". Sin embargo, el tono empleado ha cruzado una frontera peligrosa al considerar casi delictiva la mera sospecha de que el partido pueda estar ocultando información. Este uso de la intimidación legal para silenciar el debate público es una calcomanía de la estrategia de Trump: judicializar la crítica para que el coste de denunciar o investigar sea prohibitivo. En el PP de Madrid, la transparencia ha sido sustituida por el blindaje de la figura presidencial, elevando cualquier crítica a la categoría de ataque a la institución madrileña.
Madrid contra Génova
El giro hacia el estilo MAGA (Make America Great Again) no solo afecta a la política madrileña, sino que genera una bicefalia estratégica en el Partido Popular nacional. Mientras Alberto Núñez Feijóo intenta proyectar una imagen de moderación institucional y respeto a las formas parlamentarias clásicas, el PP de Madrid actúa como una guerrilla de comunicación que ignora las convenciones diplomáticas.
Esta disonancia provoca que la cohesión nacional del partido se vea resentida. Madrid impone una agenda de guerra cultural que obliga a la dirección nacional a elegir entre dos opciones perdedoras: desautorizar a Ayuso y arriesgarse a una fractura interna, o seguir su estela y perder la capacidad de seducir al votante de centro. La "Doctrina Serrano" ha demostrado que Madrid no se considera una sucursal, sino un laboratorio independiente de populismo tecnocrático que se siente cómodo en el barro de la confrontación permanente.
Debilidad de los estándares democráticos
El análisis de fondo sugiere que lo que estamos presenciando es la debilitación de los estándares democráticos de rendición de cuentas. Cuando un partido político reduce un presunto caso de acoso sexual a una simple "disputa laboral" o a "discrepancias en el plano personal", está enviando un mensaje devastador a la sociedad: que las estructuras de poder son inmunes a las leyes que rigen para el resto de los ciudadanos.
La estrategia de la confusión es aquí fundamental. Al mezclar conceptos legales, atacar la validez de las pruebas (los audios) por su origen y no por su contenido, y amenazar a los denunciantes, se genera un ruido ensordecedor que impide que la opinión pública procese la gravedad de los hechos. Es la estética del caos al servicio del mantenimiento del poder.
Ayuso's War Room
El PP de Madrid ha abandonado la aspiración de convencer al adversario para centrarse en su aniquilación retórica. Bajo el mando de Ayuso y Serrano, la formación ha abrazado una geopolítica del conflicto permanente. El caso de Móstoles no es un incidente aislado, es el síntoma de un cambio de paradigma donde la rendición de cuentas es sustituida por la propaganda defensiva.
El trumpismo castizo no es solo una forma de hablar o una estética de redes sociales, sino una forma de ejercer el poder que vacía de contenido las instituciones para convertirlas en trincheras. Al reducir la ética política a una cuestión de "nosotros contra ellos", se degrada el debate público hasta niveles donde la verdad deja de ser un valor para convertirse en un estorbo. En este escenario, la libertad de prensa y los derechos de las víctimas son daños colaterales en una guerra por el relato que el PP de Ayuso está decidido a ganar, sin importar el coste para la salud democrática del país.