Felipe González volvió a levantar la polémica tras afirmar que votará en blanco si Pedro Sánchez es el candidato del PSOE para las próximas elecciones generales, una posición que coincide con un número cada vez mayor de votantes socialistas. Sin embargo, lo que sorprendió fue otra declaración del expresidente del Gobierno en la que señaló que era peor pactar con Bildu que con Vox. Este perfil más conservador de González todavía puede sorprender a mucha gente. En cambio, la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) ya lo detectó incluso antes de que Felipe ganara las elecciones en octubre de 1982.
En el otoño de ese año, mientras España se preparaba para una de las elecciones más decisivas de su historia reciente, en Langley no se respiraba pánico. Lejos de la imagen épica de la izquierda llegando al poder tras la Transición, un informe clasificado como Alto Secreto de la CIA, al que Diario Sabemos ha tenido acceso y que pueden descargar al final de este análisis, dibujaba un retrato sorprendentemente tranquilizador del hombre que estaba a punto de convertirse en presidente del Gobierno. Felipe González, aún asociado en el imaginario colectivo a la chaqueta de pana y a la retórica del cambio, no representaba para Estados Unidos una amenaza sistémica, sino una garantía de continuidad bajo nuevas formas.
La clave del análisis norteamericano no residía en lo que el PSOE decía en campaña, sino en lo que, según la inteligencia estadounidense, estaba dispuesto realmente a hacer. En plena Administración Reagan, con la Guerra Fría recrudecida y la tensión con la URSS de nuevo en ascenso, la posibilidad de un giro socialista en un país con bases militares estadounidenses en Torrejón, Zaragoza y Rota era motivo de vigilancia prioritaria. Sin embargo, el diagnóstico fue claro: España no iba camino de un gobierno de izquierdas en el sentido clásico del término.
El informe advertía de riesgos potenciales si el PSOE se dejaba arrastrar por sus sectores más ideologizados, encarnados entonces en figuras como Alfonso Guerra, pero subrayaba que el liderazgo del partido, es decir, Felipe González, estaba comprometido con un curso moderado, conservador y pragmático en política exterior. La CIA no descartaba tensiones internas, pero confiaba en la capacidad de González para contenerlas. El socialismo español, en su versión ganadora, no iba a desafiar los equilibrios fundamentales del bloque occidental.
Esta lectura resulta hoy especialmente reveladora porque desmonta uno de los mitos fundacionales de la democracia española: el de un PSOE que llega al poder con un proyecto transformador truncado posteriormente por la realidad. Para Washington, el programa oculto de moderación no fue una traición sobrevenida, sino el verdadero núcleo del proyecto desde el inicio. La campaña de izquierdas cumplía una función instrumental: mantener cohesionada a una militancia predominantemente progresista, mientras González negociaba silenciosamente su credibilidad con las élites económicas y los aliados internacionales.
El informe lo expresa con una franqueza quirúrgica. González había logrado, ya antes de ganar las elecciones, equilibrar dos demandas aparentemente contradictorias: satisfacer a un electorado moderado y apaciguar a una base militante inclinada a la izquierda. Esa tensión no era un accidente, sino el motor mismo del proyecto. La moderación no era una concesión posterior al poder, sino una estrategia de acceso al poder.
Desde la perspectiva estadounidense, esta estrategia tenía ventajas evidentes. La CIA subrayaba que las políticas iniciales del PSOE serían más moderadas incluso que las de muchos partidos socialdemócratas del norte de Europa, un juicio que situaba a González más cerca de la derecha pragmática que de la izquierda reformista clásica. En plena ofensiva neoliberal de Reagan y Thatcher, España no se convertiría en un foco de disidencia económica ni geopolítica. Al contrario: podía convertirse en un aliado fiable con discurso progresista y práctica conservadora.
La relación con el empresariado ocupa un lugar central en el análisis. El informe deja claro que ningún programa socialista tendría éxito sin la confianza de la clase empresarial, y destaca los esfuerzos explícitos de González por tranquilizar a los escépticos. La promesa de no alterar sustancialmente las relaciones entre el Estado y las empresas no era una fórmula ambigua, sino una señal inequívoca dirigida tanto a los mercados como a Washington. El mensaje era doble: no habría rupturas traumáticas ni aventuras económicas fuera del consenso occidental.
En este punto, el documento anticipa con notable precisión el giro que marcaría la España de los años ochenta: modernización sin redistribución estructural, integración europea sin conflicto social de gran escala, reformas profundas gestionadas desde arriba y pactadas con los actores económicos dominantes. La reconversión industrial, la contención salarial y el alineamiento atlántico no fueron improvisaciones forzadas por las circunstancias, sino la materialización de un diseño que la CIA ya consideraba probable antes incluso de que el PSOE gobernara.
La cuestión internacional resulta igualmente reveladora. Para los halcones de la Administración Reagan, el compromiso de González con relaciones amistosas con Washington era una garantía estratégica. El informe subraya que las políticas del PSOE en el gobierno serían menos radicales que sus posiciones declaradas en la oposición, una observación que resume con crudeza la lógica de la realpolitik. España no sería un socio incómodo, sino un aliado previsible que aportaría estabilidad en el flanco sur de Europa.
Visto desde hoy, el informe de la CIA no solo ilumina el pasado, sino que ayuda a comprender una constante de la política española: la desconexión recurrente entre retórica electoral y práctica gubernamental, especialmente en el centroizquierda. El caso de Felipe González inaugura un patrón que se repetirá con variaciones: discursos de cambio que esconden programas de continuidad, apelaciones a la justicia social compatibles con la protección de las élites, y una política exterior alineada con los intereses de las grandes potencias occidentales.
Lejos de ser una anomalía, esta moderación anticipada explica buena parte de la estabilidad institucional de la España postransicional, pero también algunas de sus frustraciones estructurales. El socialismo que no asustó a Washington fue también el socialismo que desactivó, desde el poder, muchas de las expectativas de transformación profunda generadas en la sociedad. La modernización se hizo sin conflicto abierto, pero también sin alterar de forma sustancial las relaciones de poder heredadas.
Mientras en el imaginario colectivo Felipe González encarnó durante años la llegada de la izquierda al poder, para la CIA representó exactamente lo contrario: la garantía de que España no se desviaría del carril conservador del bloque occidental, aunque lo hiciera bajo símbolos, consignas y una estética progresista. La chaqueta de pana podía tranquilizar a la militancia; los informes de Langley tranquilizaban a Reagan.
Cuarenta y cuatro años después, el documento adquiere un valor casi profético. Anticipa no solo la trayectoria de González, sino una forma de entender el poder en España: ganar desde la izquierda para gobernar desde el centro, prometer reformas para ejecutar consensos, y ofrecer cambio político sin ruptura estructural. Un modelo que, para Washington, fue siempre la mejor de las noticias.