La persecución de dos mujeres soldado del Ejército israelí, a manos de judíos ultraortodoxos, pone de manifiesto lo que ya se sabía: que ese país ha retornado quinientos años hasta los tiempos medievales más oscuros. El suceso ocurrió ayer domingo, cuando una multitud reaccionaria de la localidad de Bnei Brak, a las afueras de Tel Aviv, la emprendía con dos mujeres soldado. Ambas tuvieron que ser evacuadas por policías en un incidente que ha sido condenado ampliamente por la clase política israelí y que ha llevado a la detención de más de una veintena de personas, según informa La Sexta.
El suceso ha reavivado un debate profundo sobre convivencia, religión, género y autoridad civil en el país. El episodio, ampliamente difundido en medios israelíes, no es un hecho aislado, sino un síntoma de tensiones que llevan décadas gestándose entre ciertos grupos religiosos y el resto de la sociedad israelí. Para muchos observadores, la escena (mujeres uniformadas huyendo de una multitud que las increpa por su mera presencia) parece sacada de otro tiempo.
Es evidente que las políticas de un radical como Netanyahu se están dejando sentir con fuerza en la sociedad israelí. El genocidio del pueblo palestino no solo es un acto de nacionalismo político, también de supremacismo, de racismo y de poder patriarcal. Israel tendría que ser un país diverso donde conviven sectores seculares, religiosos moderados y comunidades ultraortodoxas que mantienen estilos de vida muy estrictos. Sin embargo, la democracia y la convivencia retroceden. Para los grupos ultras (estos consideran a Netanyahu un blandengue de la derechita cobarde, por utilizar símiles españoles), la presencia de mujeres en el espacio público en roles militares o de autoridad contradice su interpretación de la modestia y la separación de géneros. El Ejército israelí (IDF), por su parte, es una institución central en la identidad nacional y un espacio donde la igualdad de género ha avanzado de forma notable en las últimas décadas.
Cuando estas dos realidades chocan, surgen tensiones. La persecución de las dos soldados no fue un acto espontáneo, sino la expresión visible de un conflicto latente: la resistencia de ciertos sectores ultraortodoxos a aceptar la creciente presencia femenina en roles militares y públicos. El uniforme militar en Israel no es solo ropa: es un símbolo de ciudadanía, responsabilidad y participación en la vida nacional. Para muchos ultraortodoxos, sin embargo, representa un modelo de sociedad que consideran ajeno o incluso contrario a su forma de vida. Una señal de la contaminación de las costumbres occidentales. Algo diabólico, demoníaco. La presencia de mujeres soldado en barrios ultras se percibe como una provocación a las leyes judaicas, a las buenas costumbres, a Dios. Nada más terrorífico en pleno siglo XXI.
Las dos jóvenes agredidas no estaban realizando ninguna acción ofensiva; simplemente transitaban por un espacio público. Pero para quienes las increparon, su sola presencia rompía normas sociales internas. Este choque entre normas religiosas y normas civiles es uno de los grandes desafíos de la sociedad israelí contemporánea.
La presencia de mujeres en roles militares es un desarrollo reciente en la historia humana, y su rechazo por parte de grupos conservadores es una reacción moderna a nuevos modernos. Los ultraortodoxos no representan al judaísmo en su conjunto, ni siquiera a la mayoría de la población religiosa. El Estado israelí ha tratado de equilibrar la libertad religiosa con la igualdad de derechos, pero no siempre lo ha logrado. La exención del servicio militar para los hombres ultraortodoxos, la autonomía educativa de sus comunidades y la influencia política de los partidos más radicales han creado un ecosistema donde ciertos grupos viven prácticamente al margen del resto del país.
En ese contexto, la presencia de mujeres soldado en barrios ultraortodoxos se convierte en un punto de fricción. No porque representen una amenaza real, sino porque simbolizan un modelo de sociedad que muchos temen que erosione su identidad. No es casual que las víctimas fueran mujeres. En muchos sectores ultraortodoxos, la modestia femenina es un pilar central de la vida comunitaria. La idea de una mujer en uniforme militar (visible, autónoma, armada, representante del Estado) desafía normas patriarcales profundamente arraigadas. Este choque no es exclusivo de Israel. En muchas sociedades, los avances en igualdad de género generan resistencias en grupos conservadores. Pero en Israel, donde el ejército es una institución omnipresente, el conflicto adquiere una intensidad particular.
El episodio, sin duda, refleja la dificultad de integrar comunidades con valores radicalmente distintos; la fragilidad del equilibrio entre libertad religiosa y derechos civiles; la persistencia de desigualdades de género en ciertos sectores; y la necesidad de reforzar la autoridad del Estado en espacios donde grupos minoritarios imponen normas propias.
También muestra que la sociedad israelí no es monolítica. Muchos ciudadanos, incluidos religiosos moderados, condenaron el ataque. La indignación pública demuestra que la mayoría no acepta este tipo de comportamientos. La persecución de las dos mujeres soldado es un vestigio medieval en un país que se dirige peligrosamente hacia tiempos oscuros.
