El año viene complicado, y no solo para Pedro Sánchez, también para Alberto Núñez Feijóo. Diversas declaraciones públicas del líder del Partido Popular apuntan a que interpreta 2026 como un “fin de ciclo político” para el actual presidente socialista y una oportunidad para que el PP llegue al Gobierno. Según su propio balance, considera que España está en las “postrimerías del sanchismo” y que las urnas podrían estar cerca. Sin embargo, él también se la juega. Cuidado, que el feijoísmo está a examen y no sabe si va a aprobar.
El 2026 se presenta para Feijóo como un año clave en el que aspira a que se produzca un cambio político. Tiene ante sí grandes retos y desafíos, como mantener la “centralidad” mientras abre la puerta a nuevos pactos con los ultras de Vox. El PP insiste en que su proyecto se basa en la “moderación”, pero al mismo tiempo reconoce que en varios territorios necesitará acuerdos con la formación de Santiago Abascal. Gestionar esa dicotomía, esa incoherencia en sus propios términos (centrismo y pactos con la derecha radical) será un equilibrio delicado. Además, Feijóo ha dejado claro que el único cordón sanitario del PP se hará frente a Bildu, lo que también condiciona su estrategia de alianzas futuras con los partidos nacionalistas.
El gallego tendrá que capitalizar la inestabilidad del Gobierno Sánchez sin depender de ella. Feijóo cree que la situación judicial y política del Gobierno será más complicada en 2026 y que podría haber un adelanto electoral. Sin embargo, los juzgados están llenos de casos y juicios por corrupción contra el PP, y ese drama le puede desgastar. Hablar de limpieza cuando tienen el partido lleno de escándalos no parece tarea fácil ni siquiera para un populista demagogo como él.
Por si fuera poco, el líder del PP tendrá que preparar un proyecto de Gobierno creíble y cohesionado. En actos internos, Feijóo ha presentado “cuatro propósitos de un Gobierno nuevo”, esbozando una hoja de ruta para gobernar si se produce el ansiado cambio político para la derecha española. Convertir esos objetivos en una oferta de país sólida y atractiva será fundamental. Hoy por hoy, el programa de los populares ha perdido confianza y tirón entre los españoles. También tendrá que gestionar la narrativa del “fin de ciclo” del sanchismo. Feijóo ha descrito 2025 como un año marcado por la “mentira” y la “corrupción”, y proyecta 2026 como el inicio de una nueva era. Mantener ese relato sin caer en la saturación o el desgaste será un reto comunicativo importante.
Pero, sin duda, donde se la juega realmente Feijóo es en su combate soterrado y feroz con Isabel Díaz Ayuso, la presidenta madrileña que hace pender sobre la cabeza del gallego, constantemente, la espada de Damocles. La lideresa es un examen permanente para Feijóo. La relación entre ambos será uno de los ejes internos más relevantes dentro del PP en el ejercicio que se inicia. No es una guerra abierta, pero sí una competencia estratégica que condiciona al partido. Dos liderazgos que pretenden aparentar estilos muy distintos. Feijóo se presenta a sí mismo como un dirigente moderado, institucional y pactista (otra cosa es que lo sea). Busca atraer al votante de centro y proyectar solvencia de gobierno. Ayuso, por su parte, representa el sector duro, ultra del PP, un liderazgo más combativo, directo y de confrontación con el Gobierno central. Tiene un enorme peso mediático y un perfil propio muy marcado. Esta diferencia de corrientes internas genera tensiones naturales dentro del PP.
Ayuso es, hoy por hoy, la figura más popular entre una parte importante del electorado conservador. Feijóo, como líder nacional, necesita mantener el control del partido sin entrar en un choque frontal con ella. Los retos para Feijóo aquí son evitar que Ayuso marque la agenda nacional; mantener la unidad interna sin ceder demasiado espacio; y gestionar las expectativas de quienes ven en Ayuso una alternativa a corto plazo. La lideresa normaliza la convivencia con Vox en Madrid y presiona para que el PP adopte una línea más firme. Feijóo busca un tono institucional. Estas diferencias ideológicas y tácticas no rompen el partido, pero sí generan dos almas dentro del PP. En apariencia, no hay una disputa formal por el poder en Génova 13, pero Ayuso acumula capital político propio, lo que la convierte en una figura emergente e inevitable en cualquier debate sobre el futuro. Feijóo necesita demostrar que puede ganar unas elecciones generales para consolidar su liderazgo. Esa es su reválida más importante de cara al año que se inicia. Si no lo logra, Ayuso aparecerá inevitablemente como una alternativa. En política, el liderazgo se mantiene mientras se percibe como ganador.
Para Feijóo, 2026 es el año decisivo en el que quiere demostrar que puede llegar a la Moncloa. Para Ayuso, es el año en el que su influencia nacional puede crecer aún más si Feijóo no despega. Si Sánchez convoca elecciones anticipadas y Feijóo no llega al poder, bien por falta de escaños tras haber sido el candidato más votado o por su incapacidad para tejer posibles pactos con otras formaciones políticas, su suerte estará echada. Ayuso pasará a la ofensiva. Puede que el 26 sea “el año del cambio” político en España, tal como vaticina el dirigente popular, pero cuidado que el recambio le puede llegar también a él, como ya le ocurrió en su día a Pablo Casado, el gran derrotado de su cuerpo a cuerpo con la presidenta madrileña.
