El pragmatismo de Feijóo, letal para la democracia

El líder del PP ha recorrido un largo viaje desde la moderación hasta posiciones de extrema derecha

30 de Diciembre de 2025
Actualizado a las 11:17h
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Felipe VI con Feijóo durante la entrega del Toisón de Oro
Felipe VI con Feijóo durante la entrega del Toisón de Oro

Feijóo mantiene una relación estratégica con la extrema derecha. En los últimos días, el líder del PP ha deslizado que no pactará ningún cordón sanitario contra Vox, en todo caso contra Bildu. Esta ecuación, las tensas relaciones entre populares y voxistas, se ha convertido en uno de los ejes centrales de la política española desde 2022. No se trata solo de una cuestión ideológica, sino de una dinámica de poder, de aritmética parlamentaria y de competencia electoral que condiciona tanto la estrategia del Partido Popular como la configuración de gobiernos autonómicos y municipales.

Cuando llegó a Madrid desde Galicia para hacerse cargo del partido tras la defenestración de Pablo Casado, Feijóo intentó proyectar una imagen de moderación y de retorno al “centro reformista”. Sin embargo, con el tiempo ha ido abandonando este objetivo para centrarse en el pragmatismo: no llegará a la Moncloa sin la colaboración de la extrema derecha. Ha sido un viaje desde la sensatez hasta el delirio ultra.

El sistema político español (fragmentado y polarizado) ha obligado al partido a pactar con Vox en varias comunidades autónomas y ayuntamientos. Hasta ahí se ha llegado por la necesidad del PP de atraer votantes desencantados: los que se marcharon a Vox y los que pueda rascar del PSOE. Sin embargo, Vox está a otra cosa: presionar, ahogar a la derecha convencional para marcar perfil ideológico y obtener cuotas de poder. Su objetivo es la batalla cultural, acabar con el feminismo, con la lucha por la igualdad, con la inmigración ilegal y con los derechos de las personas del colectivo LGTBI. También liquidar al socialismo y recortar al máximo el Estado de bienestar. De ahí la imprudencia de Feijóo. Todo demócrata debería estar en contra de cercenar los derechos humanos. Pero el presidente del PP ha optado por dar por bueno un retroceso brutal de más de cien años hasta una especie de atavismo ultranacionalista.

El resultado de esa tensión es una relación funcional pero incómoda donde ambos partidos se necesitan, pero compiten por el mismo espacio electoral. Desde 2023, PP y Vox han gobernado juntos en varias comunidades: Castilla y León (primer gobierno autonómico con Vox); Comunidad Valenciana; Aragón; Región de Murcia (apoyo externo); y Extremadura (tras las elecciones de 2025, con Vox reforzado). Estos pactos han obligado a Feijóo a gestionar una doble narrativa: hacia dentro, garantizar estabilidad institucional; y hacia afuera, evitar que el PP sea percibido como dependiente de la extrema derecha. Esa tensión discursiva, esa lucha por la hegemonía (moderación versus presión ideológica) está rompiendo las costuras de la derecha española. Y en consecuencia las costuras del propio sistema bipartidista, que se resquebraja por momentos. En ese contexto cabe situar e interpretar las palabras de Felipe VI, quien en su discurso de Nochebuena advirtió del peligro de los extremismos. Todo un mensaje al navegante gallego.

Feijóo ha colapsado al entrar en contradicciones flagrantes. Ha mantenido un discurso en el que rechaza la etiqueta de “bloque con Vox”, pero el bloque está a la vista de todos. Defiende que los pactos responden a la “responsabilidad de gobernar”, pero no entiende que está pactando con el mismo diablo que pretende destruir la democracia. Intenta diferenciarse de las posiciones más duras de Vox en inmigración, igualdad o memoria democrática y al mismo tiempo hace concesiones a los ultraderechistas. Mientras tanto, Vox sigue captando votos en una sangría constante del PP. Cada vez que Abascal acusa a los populares de “complejo ideológico”, de “derechita cobarde” o de ser “el PSOE azul”, Feijóo se hunde un poco más. Vox gana en poder de influencia en políticas culturales y educativas. Cada día que pasa gana más territorio en asuntos identitarios. El tiempo corre a su favor.

Esta tensión se traduce en choques públicos, pero también en acuerdos pragmáticos cuando los números obligan. Y luego está el tema de Europa como espejo. El dilema de la derecha continental. La relación PP-Vox no es un fenómeno aislado. Mientras algunos partidos conservadores del viejo continente intentan mantener distancias para preservar su perfil centrista, en otros estados de la UE como Italia, Finlandia o Países Bajos cooperan con la extrema derecha. Feijóo se mueve entre ambos modelos: reivindica la tradición europeísta del PP, pero gobierna con Vox en varias regiones, lo que lo acerca al modelo de alianzas de la derecha radical europea. No se puede ser partidario de una Europa unida e ir de la mano de quienes quieren acabar con Europa tal como la conocemos hoy. No se puede ser defensor del pacto verde y plegarse a las exigencias de Abascal para acabar con él.

El impacto electoral de estas contradicciones es evidente. La dura competencia por el mismo espacio beneficia a Vox. El crecimiento ultra en algunas regiones como Extremadura demuestra que la política del PP de Feijóo es errática y conduce al descalabro a la derecha democrática tradicional. Es cierto que parte del electorado conservador prefiere posiciones más duras. Pero así el PP no logrará absorber el voto del descontento con la izquierda. Feijóo debería pensar en equilibrar sus posiciones; no perder votantes hacia Vox ni alejarse de votantes moderados que rechazan a la extrema derecha. Un equilibrio delicado que condiciona su estrategia nacional. ¿Está Feijóo capacitado para llevar a buen puerto esa misión, ese difícil encaje de bolillos?

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