Feijóo no sabe cómo domesticar a Vox

Cada día que pasa se hace más visible la incapacidad del líder del PP para integrar a los ultras en un gran proyecto de coalición de derechas

25 de Febrero de 2026
Actualizado el 26 de febrero
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Abascal rechaza cada propuesta de Feijóo sobre cómo integrar a Vox
Abascal rechaza cada propuesta de Feijóo sobre cómo integrar a Vox

A Feijóo se le acumulan los problemas. Tiene muchos, como la falta de liderazgo y su escasa capacidad de oratoria, pero uno especialmente grave: no sabe cómo integrar a Vox en el proyecto del PP. No sabe cómo domar a la bestia. Ayer, Abascal le tiró a la cara su propuesta para formar una coalición. “No somos salvajes”, le dijo quejándose amargamente del trato recibido por el líder conservador. Minutos después, en los pasillos de las Cortes ante los periodistas, el gallego desmentía que le haya dado traslado de ningún documento de acuerdo, ya que el papel solo era una circular interna para el PP. Fue un ridículo más.

La relación entre el Partido Popular y los ultras atraviesa un momento decisivo, y cada gesto, cada negociación y cada desencuentro confirma una evidencia que en Génova muchos preferirían no verbalizar: Alberto Núñez Feijóo no logra domesticar a Vox. El partido de Abascal no solo condiciona gobiernos autonómicos y municipales populares, sino que ha logrado imponer marcos, ritmos y prioridades que el PP no consigue revertir. Y por añadidura, el gallego está con las manos atadas: no puede darle al partido verde todo lo que pide porque eso sería romper con la democracia y los derechos humanos. Es lo que tiene dialogar con partidos pseudofascistas.

El problema no es nuevo, pero se ha intensificado en los últimos meses. Feijóo ha intentado proyectar la imagen de un dirigente capaz de controlar la relación con Vox, de fijar límites y de evitar que la extrema derecha marque la agenda. Sin embargo, la realidad territorial muestra lo contrario. En comunidades donde el PP gobierna gracias al apoyo de Vox, los populares han tenido que aceptar exigencias que van desde consejerías hasta vetos ideológicos, pasando por bloqueos presupuestarios que han puesto en aprietos a presidentes autonómicos que aspiraban a una legislatura tranquila.

La dificultad de Feijóo para manejar a Vox se explica por varios factores. El primero es estructural: Vox no es un socio convencional. No busca acuerdos estables ni pactos discretos, sino visibilidad, confrontación y capacidad de influencia. Su estrategia consiste en tensar la cuerda para demostrar a su electorado que no se diluye en el PP. Cada concesión que arranca, cada crisis que provoca, refuerza su narrativa de partido imprescindible para que la derecha gobierne. Feijóo, consciente de ello, intenta evitar choques frontales, pero esa prudencia se interpreta desde Vox como una oportunidad para seguir presionando.

El segundo factor es territorial. Los barones del PP han desarrollado estrategias distintas para convivir con Vox, algunas más pragmáticas y otras más tensas. En Castilla y León, el primer laboratorio de la coalición, las fricciones han sido constantes. En Murcia, los desencuentros han derivado en bloqueos institucionales. En Aragón, la negociación fue tan áspera que dejó heridas internas. Y en la Comunidad Valenciana, la dependencia del PP respecto a Vox ha obligado a aceptar medidas que Feijóo habría preferido evitar. Cada territorio es un recordatorio de que el PP no controla la relación: la gestiona como puede. Y lo que es aún peor, cuando Feijóo ha tomado las riendas de las negociaciones ha disgustado y mucho a los barones. A día de hoy, Extremadura y Aragón siguen sin gobierno y la sombra de unas nuevas elecciones se acerca.

El tercer factor es discursivo. Vox ha logrado desplazar el eje del debate hacia temas que le son favorables: inmigración, seguridad, identitarismo, recentralización. El PP, en lugar de contrarrestar ese marco con una agenda propia, ha terminado copiándolo. Cuando Vox endurece su discurso, el PP se ve obligado a responder, aunque sea para matizar. Cuando Vox introduce un tema, el PP se ve arrastrado a debatirlo. Feijóo, que aspiraba a liderar el relato de la derecha, se encuentra siguiendo el ritmo que marca Abascal.

La situación se complica aún más por la presión electoral. Feijóo sabe que necesita a Vox para gobernar en buena parte del territorio, pero también sabe que acercarse demasiado puede alejar al votante moderado. Ese equilibrio es casi imposible. Si endurece su discurso, corre el riesgo de perder el centro. Si se distancia, corre el riesgo de perder gobiernos. Vox explota esa contradicción con habilidad: se presenta como garante de la pureza ideológica de la derecha y acusa al PP de tibieza cada vez que intenta marcar diferencias.

El resultado es un liderazgo tensionado. Feijóo intenta proyectar autoridad, pero cada crisis territorial revela sus límites. Cuando un presidente autonómico del PP se enfrenta a Vox, la dirección nacional duda entre respaldarlo o evitar un conflicto mayor. Cuando Vox amenaza con tumbar un presupuesto, Feijóo se ve obligado a intervenir, aunque eso suponga contradecir su discurso de autonomía territorial. La imagen de un líder que controla la situación se resquebraja cada vez que Vox demuestra que puede imponer condiciones.

El problema no es solo táctico, sino estratégico. Feijóo no ha definido con claridad qué quiere hacer con Vox: si integrarlo, aislarlo o convivir con él. Su discurso oscila entre la crítica y la cooperación, entre la distancia y la necesidad. Esa ambigüedad genera incertidumbre tanto en el electorado como en los cuadros del partido. Algunos sectores del PP creen que hay que asumir la alianza con naturalidad; otros temen que normalizar a Vox erosione la identidad del partido. Feijóo intenta contentar a ambos, pero termina sin satisfacer a ninguno.

Mientras tanto, Vox aprovecha cada fisura. Su objetivo no es desaparecer dentro del PP, sino consolidarse como fuerza autónoma con capacidad de condicionar gobiernos. La idea de que Feijóo pueda “domesticar” a Vox parte de un supuesto que no se corresponde con la realidad: Vox no quiere ser domesticado. Su fuerza electoral depende precisamente de mostrarse indomable, de exhibir que no se somete a la lógica de los pactos tradicionales. Cada vez que desafía al PP, refuerza su marca. Al final, será al revés, Vox domesticará al PP.

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