La decisión de Alberto Núñez Feijóo de asumir personalmente las negociaciones con Vox ha provocado un notable malestar entre varios presidentes autonómicos del Partido Popular. Lo que en Génova se presenta como un movimiento para “ordenar” la relación con el partido de Santiago Abascal, en los territorios se percibe como una recentralización del poder interno y, sobre todo, como una señal de desconfianza hacia quienes llevan años gestionando pactos complejos con la extrema derecha en sus comunidades. El malestar no es estridente, pero sí profundo, y revela una fractura latente entre la dirección nacional y los barones que gobiernan gracias (o a pesar) de Vox.
El personalismo de Feijóo al tomar las riendas de la negociación con los ultras no ha gustado nada a las baronías regionales. Y algunos líderes autonómicos ya le han echado las cruces al jefe. Lo tienen sentenciado. Más después de que Feijóo mantuviera una conversación telefónica de una hora con Abascal el pasado domingo. Lo que se dijo allí, el acuerdo de programas y proyectos comunes, quedó entre ellos, en petit comité. Y gente como María Guardiola empieza a temer que algo se trama contra ella en Extremadura. La desconfianza cunde en las filas genovesas. Nadie se fía de lo que el dirigente popular está firmando con Abascal. Esa conversación telefónica en vísperas de la celebración del 23F ha sido un antes y un después, la formación de facto de una gran coalición de las derechas, no ya de cara a las batallas electorales autonómicas que se avecinan, sino de cara a las generales de 2027.
La tensión se ha acumulado durante meses. Feijóo, que llegó a la presidencia del PP prometiendo moderación y autonomía territorial, ha ido endureciendo su discurso y estrechando la relación con Vox a medida que la competencia electoral se intensificaba. Sin embargo, la decisión de tomar las riendas de las negociaciones ha sido interpretada por varios líderes regionales como un giro brusco que altera equilibrios delicados. Presidentes como Juanma Moreno, Alfonso Rueda o Fernando López Miras han construido su poder sobre una fórmula muy concreta: pactar con Vox sin dejar que Vox marque la agenda. Y temen que la estrategia de Feijóo, más orientada a la confrontación estatal, rompa ese equilibrio.
El malestar tiene varias capas. La primera es orgánica. Los barones consideran que Feijóo ha actuado sin consultarles, imponiendo una estrategia desde Madrid que afecta directamente a sus gobiernos. En privado, algunos dirigentes autonómicos admiten que se enteraron de la decisión por la prensa. La sensación de que la dirección nacional ha decidido “intervenir” la relación con Vox ha generado incomodidad en territorios donde la convivencia con la extrema derecha es una práctica habitual.
La segunda capa es estratégica. Feijóo ha optado por un acercamiento más explícito a Vox, convencido de que la derecha solo puede competir con éxito si presenta una imagen de bloque cohesionado. Pero los barones temen que esa estrategia borre las diferencias entre PP y Vox, debilitando la marca propia en territorios donde el electorado moderado es clave. Moreno Bonilla, por ejemplo, ha construido su hegemonía en Andalucía precisamente sobre la idea de que el PP es un partido distinto a Vox, capaz de gobernar sin estridencias. La intervención de Feijóo amenaza ese relato.
La tercera capa es electoral. En varias comunidades, los presidentes autonómicos han logrado contener a Vox mediante una combinación de firmeza y distancia. Temen que, si Feijóo se acerca demasiado a Abascal, el PP pierda su capacidad de atraer al votante de centro y quede atrapado en una competición por el electorado más radicalizado. “Si nos mimetizamos con Vox, perdemos”, resume un dirigente regional. La preocupación no es ideológica, sino pragmática: los barones conocen mejor que nadie la sociología de sus territorios y saben que la moderación es un activo electoral.
La decisión de Feijóo también tiene una lectura interna. En los últimos meses, la dirección nacional ha mostrado signos de impaciencia ante la falta de avances en algunos pactos autonómicos. En comunidades donde Vox ha tensado la cuerda (exigiendo consejerías, vetando presupuestos o bloqueando investiduras), Génova ha interpretado que los barones no estaban siendo lo suficientemente firmes. Asumir las negociaciones es, en parte, una forma de enviar un mensaje: la estrategia hacia Vox la marca la dirección nacional, no los territorios.
Sin embargo, esta lectura ignora un elemento clave: la relación con Vox no es homogénea. En algunas comunidades, como Castilla y León, la convivencia es abiertamente conflictiva. En otras, como Murcia o Aragón, es más pragmática. Y en otras, como Andalucía o Galicia, directamente no existe. Pretender aplicar una estrategia única desde Madrid es, para muchos barones, un error de cálculo. “Cada territorio tiene su propio ecosistema político. Lo que funciona en uno puede ser un desastre en otro”, explica un presidente autonómico.
El malestar también se alimenta de un temor más profundo: que Feijóo esté renunciando a la moderación que prometió. Su acercamiento a Vox, sus guiños a discursos más duros y su creciente dependencia del partido de Abascal para sostener gobiernos autonómicos han generado inquietud en sectores del PP que apostaban por un proyecto más centrado. La decisión de asumir las negociaciones se interpreta como un paso más en esa dirección. “No es solo una cuestión táctica. Es un cambio de rumbo”, señala un dirigente regional.
En este contexto, la figura de Feijóo aparece tensionada entre dos presiones: la necesidad de mantener la unidad del bloque de derechas y la obligación de preservar la identidad propia del PP. Los barones creen que la segunda es prioritaria; Feijóo parece inclinarse por la primera. Esta divergencia estratégica es el origen del malestar actual.
La situación también tiene implicaciones para Vox. El partido de Abascal observa con satisfacción cómo Feijóo se acerca a su terreno. Para Vox, que lleva años intentando arrastrar al PP hacia posiciones más duras, la decisión del líder popular es una victoria simbólica. Pero también es un arma de doble filo: si el PP se acerca demasiado, Vox pierde su capacidad de diferenciarse. Y si los barones se rebelan, la relación entre ambos partidos puede deteriorarse.
En última instancia, el malestar entre los barones revela una tensión estructural dentro del PP: la dificultad de articular un proyecto nacional coherente en un partido profundamente territorializado. Feijóo quiere controlar la relación con Vox desde Madrid; los barones quieren gestionarla desde sus gobiernos. La fricción entre ambas visiones no desaparecerá pronto.
Lo que está en juego no es solo una negociación puntual, sino el rumbo del PP en un escenario político donde Vox es imprescindible para gobernar, pero tóxico para ampliar mayorías. Feijóo ha decidido asumir el riesgo. Los barones, de momento, observan con preocupación.
