Feijóo, muy valiente con las mujeres del burka, muy sumiso con quienes niegan la violencia machista

Llama la atención el doble rasero del líder del PP, que se jacta de defender los derechos de la mujer mientras se doblega ante Vox, el partido del supremacismo patriarcal

18 de Febrero de 2026
Actualizado a las 9:20h
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Feijóo con Abascal en una imagen de archivo
Feijóo con Abascal en una imagen de archivo

La propuesta del Partido Popular de estudiar la prohibición del burka y el niqab en espacios públicos ha reabierto un debate que, más allá del contenido, revela una contradicción política evidente: el PP de Alberto Núñez Feijóo se muestra firme cuando se trata de señalar a mujeres musulmanas que usan velo integral (invocando la igualdad de la mujer), pero se vuelve extraordinariamente prudente (cuando no directamente sumiso) ante Vox, el partido que niega la violencia machista. La paradoja es tan visible que ha alimentado la idea de que el líder del PP exhibe valentía solo cuando el coste político es nulo, mientras que ante Santiago Abascal opta por la docilidad. Una valentía selectiva que, en la práctica, lo deja atrapado en la agenda de la extrema derecha.

La iniciativa sobre el burka no nace del PP. Es una bandera clásica de Vox, que desde su entrada en las instituciones ha utilizado este tema como símbolo de su discurso identitario. Para la formación de Abascal, el burka es un elemento perfecto para activar debates sobre inmigración, seguridad, choque cultural y defensa de los valores occidentales. El PP, en cambio, nunca había hecho de esta cuestión un eje central de su política. Hasta ahora.

El giro no es casual. Feijóo lleva meses intentando equilibrar dos objetivos contradictorios: mantener una imagen de moderación ante el electorado general y, al mismo tiempo, no romper puentes con Vox, cuyo apoyo es imprescindible para gobernar en varias comunidades autónomas y ayuntamientos. En ese equilibrio inestable, el PP ha terminado asumiendo parte del discurso de Vox para evitar que Abascal lo acuse de tibieza. La propuesta sobre el burka es un ejemplo claro: una iniciativa que el PP adopta no por convicción propia, sino por miedo a quedar descolocado frente a su socio de derechas.

La valentía de Feijóo, por tanto, es relativa. Se atreve a hablar de prohibiciones que afectan a una minoría vulnerable, pero evita cualquier gesto que pueda incomodar a Vox. No hay riesgo político en señalar a mujeres que apenas tienen representación institucional ni capacidad de respuesta mediática. En cambio, enfrentarse a Abascal sí tendría consecuencias: podría poner en peligro gobiernos autonómicos, pactos municipales y la estabilidad de la derecha en territorios clave. Y ahí Feijóo prefiere no tensar la cuerda.

La contradicción se hace aún más evidente cuando se observa la estrategia parlamentaria del PP. Mientras Feijóo endurece el discurso en temas simbólicos como el burka, evita cualquier confrontación real con Vox en cuestiones de fondo. No ha criticado sus pactos autonómicos, no ha cuestionado su entrada en gobiernos regionales y no ha marcado líneas rojas claras en materias como igualdad, memoria democrática o derechos LGTBI. En todos esos ámbitos, el PP ha cedido terreno para mantener la alianza. La firmeza, por tanto, se reserva para los colectivos sin poder político, no para quienes condicionan su estrategia.

El episodio del burka también revela un problema más profundo: la incapacidad del PP para construir un proyecto propio que no dependa de Vox. Cada vez que Abascal introduce un tema en la agenda pública, el PP se ve obligado a reaccionar. Si lo rechaza, corre el riesgo de que Vox lo acuse de blando. Si lo asume, refuerza la idea de que la extrema derecha marca el paso. Feijóo ha optado por lo segundo, lo que alimenta la percepción de que su liderazgo está subordinado a los intereses de Vox.

La metáfora de que Feijóo es “valiente con las mujeres del burka y cobarde con Vox” sintetiza esta dinámica. No se trata de una cuestión literal, sino de una imagen política que refleja la asimetría del comportamiento del PP: firmeza hacia abajo, prudencia hacia el lado derecho. El líder popular se muestra decidido cuando el adversario no tiene capacidad de respuesta, pero se vuelve cauteloso cuando el interlocutor es un socio imprescindible para su estrategia territorial.

Además, la propuesta sobre el burka llega en un momento en el que el PP intenta recuperar el discurso de la moderación que Feijóo prometió al llegar a la presidencia del partido. Sin embargo, asumir iniciativas de Vox dificulta esa tarea. La moderación no se define solo por el tono, sino por la capacidad de marcar límites ideológicos. Y en este punto, el PP ha renunciado a establecer fronteras claras con la extrema derecha. La adopción del marco del burka es un síntoma de esa renuncia.

El debate también tiene una dimensión social que no puede ignorarse. Las mujeres que llevan burka o niqab en España representan una minoría muy pequeña, y su situación suele estar marcada por vulnerabilidades económicas, culturales o familiares. Convertirlas en objeto de debate político no solo es desproporcionado, sino que puede contribuir a su estigmatización. La valentía política, en este contexto, consistiría en defender sus derechos y su autonomía, no en utilizarlas como símbolo en una batalla cultural importada de otros países.

Mientras tanto, Vox observa la escena con satisfacción. Cada vez que el PP asume una de sus propuestas, Abascal refuerza su posición como referente ideológico de la derecha. Feijóo, en cambio, aparece como un líder que reacciona, no como uno que propone. La iniciativa sobre el burka no fortalece al PP: fortalece a Vox, que ve cómo su agenda se normaliza y se integra en el discurso de la derecha tradicional.

En última instancia, el episodio revela una debilidad estructural del liderazgo de Feijóo. Su estrategia se basa en evitar conflictos con Vox, incluso a costa de asumir propuestas que no forman parte de la tradición del PP. Esa dependencia limita su capacidad para construir un proyecto autónomo y lo sitúa en una posición incómoda: la de un líder que se muestra duro solo cuando no hay riesgo, pero que evita cualquier confrontación real con quien condiciona su futuro político.

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