Alberto Núñez Feijóo se ha quitado ya la careta y anda por el mundo mostrando su ultraderechismo carpetovetónico y sin complejos. Hablar del “galgo de Paiporta”, en referencia al ataque a manos de unos vándalos sufrido por Pedro Sánchez durante su visita a la zona cero de la dana de Valencia, es propio de fascistas. El insulto y la deshumanización del adversario como programa político. Entre Santiago Abascal y el líder del PP ya no hay ninguna diferencia.
Lo ha dicho muy bien el periodista Manuel Rico: “Lo de que Feijóo es un moderado siempre fue un mito. Nunca fue un moderado”. Desde que el actual líder del PP dio el salto a la política estatal, desde Galicia, una parte del debate público ha girado en torno a esa etiqueta que lo ha acompañado como una sombra. La prensa afín (y no tan afín) vendió que llegaba a Madrid un perfil templado, pragmático y alejado de la confrontación. Sin embargo, el recorrido posterior del líder del Partido Popular ha puesto en cuestión esa narrativa. Para muchos analistas, la imagen de moderación nunca se correspondió con su trayectoria real, ni en Galicia ni en su etapa al frente del PP nacional.
La construcción del relato comenzó antes incluso de que Feijóo asumiera la presidencia del partido. Tras la salida abrupta de Pablo Casado, el PP buscaba un liderazgo capaz de recomponer puentes internos y proyectar estabilidad. Feijóo, con cuatro mayorías absolutas en Galicia, parecía encajar en ese molde. Su estilo comunicativo, más sobrio que el de otros dirigentes populares, reforzó la percepción de que representaba un giro hacia el centro. Pero esa apariencia contrastaba con decisiones políticas que, ya entonces, mostraban una línea ideológica más nítida de lo que sugería su imagen pública. Recortó servicios públicos en Galicia, privatizó la Sanidad, adjudicó contratos a dedo e hizo de aquella tierra un lugar controlado por el caciquismo. Feijóo gobernó aquella comunidad autónoma con una mayoría sólida que le permitió aplicar políticas conservadoras sin necesidad de pactos. Su gestión sanitaria, educativa y fiscal se enmarcó en parámetros clásicos del PP: reducción de impuestos selectivos, externalización de servicios y una relación estrecha con el sector privado. En materia lingüística, su gobierno impulsó medidas que limitaron la presencia del gallego en la enseñanza, una decisión que generó críticas de sectores culturales y académicos. Ninguna de estas políticas encajaba especialmente con la etiqueta de moderación, aunque sí con un estilo político discreto que evitaba grandes confrontaciones públicas.
El contraste entre forma y fondo se hizo más evidente cuando Feijóo llegó a Madrid. Su discurso se endureció rápidamente, especialmente en cuestiones relacionadas con Cataluña, la memoria democrática y la política exterior. La estrategia parlamentaria del PP bajo su liderazgo se caracterizó por un tono más áspero, con acusaciones constantes al Gobierno y una oposición frontal a reformas legislativas clave. La moderación, entendida como capacidad de negociación o búsqueda de acuerdos, brilló por su ausencia en debates como la renovación del Consejo General del Poder Judicial, donde el PP mantuvo un bloqueo prolongado pese a las advertencias de instituciones europeas.
Uno de los puntos que más ha erosionado la imagen de moderación de Feijóo ha sido su relación con Vox. Aunque el líder popular ha intentado presentarse como una figura capaz de contener a la extrema derecha, los hechos han mostrado una dinámica distinta. Bajo su dirección, el PP ha pactado gobiernos autonómicos y municipales con Vox en comunidades como Castilla y León, la Comunidad Valenciana, Aragón o Extremadura. En algunos casos, esos acuerdos han supuesto la entrada de Vox en ejecutivos regionales; en otros, han implicado concesiones programáticas en materias como igualdad, inmigración o memoria histórica.
Feijóo ha defendido estos pactos como una necesidad derivada de la aritmética electoral, pero su existencia contradice la idea de un liderazgo moderado. La moderación, en términos políticos, no se define solo por el tono, sino por la capacidad de marcar límites ideológicos. Y en este punto, el PP de Feijóo ha mostrado una disposición clara a integrar a Vox en estructuras de poder, incluso cuando ello implicaba asumir parte de su agenda.
Otro elemento que ha contribuido a cuestionar la etiqueta de moderado es el uso creciente de un discurso polarizador. En distintos momentos, Feijóo ha recurrido a expresiones que tensan el debate político, acusando al Gobierno de actuar de manera “ilegítima”, “antidemocrática” o “autoritaria”. Este tipo de retórica, habitual en la oposición más dura, se aleja de la imagen de un dirigente centrado en la gestión y el diálogo. Además, su estrategia comunicativa ha incorporado marcos discursivos propios de la derecha más combativa, especialmente en temas como la amnistía, la política territorial o la relación con los socios parlamentarios del Ejecutivo.
La evolución interna del PP también ha sido significativa. Bajo el liderazgo de Feijóo, el partido ha reforzado posiciones conservadoras en cuestiones sociales, alejándose de la línea más centrista que en su momento representaron figuras como Soraya Sáenz de Santamaría o Alfonso Alonso. La renovación de portavocías, la selección de candidatos autonómicos y la orientación general del discurso han consolidado un perfil más nítidamente alineado con la derecha tradicional. La moderación, en este contexto, parece más un recurso retórico que una práctica política real.
La gestión de la campaña electoral de 2023 fue otro punto de inflexión. Feijóo apostó por un mensaje que combinaba promesas de estabilidad con ataques directos al Gobierno, especialmente en temas económicos y territoriales. Su equipo trató de proyectar una imagen de solvencia, pero la campaña estuvo marcada por polémicas, rectificaciones y declaraciones que alimentaron la percepción de un liderazgo menos templado de lo que se había prometido. La relación con los medios, además, se volvió más tensa, con episodios en los que Feijóo evitó debates o entrevistas clave.
En definitiva, la etiqueta de moderado parece haber sido más una construcción narrativa que una descripción fiel de la trayectoria política de Alberto Núñez Feijóo. Su estilo comunicativo, más sobrio que el de otros dirigentes, contribuyó a alimentar esa percepción, pero sus decisiones políticas, sus alianzas y su estrategia parlamentaria apuntan en otra dirección. La moderación no se mide solo por el tono, sino por la capacidad de construir consensos, marcar límites claros y evitar la polarización. Y en esos terrenos, el recorrido de Feijóo muestra un perfil mucho más alineado con la derecha tradicional que con el centro político que se le atribuyó en sus primeros meses en Madrid.
