En la política española, pocas expresiones han captado tan rápido la atención mediática como la idea de que Alberto Núñez Feijóo sufre “sanchitis”. El término, que circula desde hace meses en tertulias, columnas y redes sociales, apunta a una supuesta obsesión del líder del Partido Popular con Pedro Sánchez, una fijación que condicionaría su discurso, su estrategia y hasta su identidad política. Más allá de la caricatura, el concepto permite explorar un fenómeno real: la dificultad de la oposición para construir un relato propio cuando el adversario ocupa el centro del escenario político.
La “sanchitis” no es un diagnóstico clínico, sino un síntoma retórico. Se utiliza para describir la tendencia de Feijóo a situar a Sánchez como eje de casi cualquier intervención pública. Desde su llegada a la presidencia del PP, el dirigente gallego ha basado buena parte de su estrategia en contraponerse al estilo, las decisiones y la figura del presidente del Gobierno. En un contexto polarizado, esta táctica no es extraña: la política contemporánea se articula cada vez más en torno a identidades enfrentadas, y la oposición suele encontrar más rédito en señalar al adversario que en desplegar propuestas detalladas. Sin embargo, cuando esa dinámica se prolonga demasiado, corre el riesgo de convertirse en un boomerang.
Para entender por qué el término “sanchitis” ha calado, conviene recordar el punto de partida. Feijóo llegó a la dirección del PP como un perfil moderado, gestor, pragmático, con la promesa de rebajar la crispación y recuperar votantes desencantados. Su imagen contrastaba con la etapa anterior del partido, marcada por la confrontación directa y el tono bronco. Durante sus primeros meses, intentó proyectar una alternativa basada en la solvencia y la experiencia. Pero la política española rara vez permite espacios templados durante mucho tiempo. La competición electoral con Vox, la presión interna y la necesidad de marcar diferencias empujaron al líder popular hacia un discurso cada vez más centrado en Sánchez.
La “sanchitis” se manifiesta en varios planos. En primer lugar, en la insistencia en personalizar el debate político. Feijóo critica a Sánchez no solo por sus decisiones, sino por su estilo, su carácter o su forma de comunicar. Esta personalización puede ser eficaz a corto plazo, porque simplifica el mensaje y moviliza a los convencidos. Pero también puede generar un efecto secundario: convertir al adversario en el protagonista permanente. En política, quien ocupa el centro del relato suele tener ventaja, incluso cuando es objeto de críticas.
En segundo lugar, la “sanchitis” se refleja en la dificultad para articular un proyecto propio que no dependa del contraste con el presidente. La oposición, por definición, reacciona a las decisiones del Gobierno. Pero cuando la reacción se convierte en el único eje, el riesgo es que el electorado perciba un vacío programático. Feijóo ha presentado propuestas en materia económica, institucional o territorial, pero estas iniciativas han quedado a menudo eclipsadas por la confrontación diaria con Sánchez. El ruido político, amplificado por los medios y las redes, favorece los mensajes más directos y polarizados, y penaliza los matices.
En tercer lugar, el término apunta a un desgaste emocional. La política española vive instalada en una tensión constante, y la oposición no es ajena a ese clima. La insistencia en denunciar cada movimiento del Gobierno puede transmitir determinación, pero también puede proyectar ansiedad o frustración. Algunos analistas sostienen que Feijóo, al centrar tanto su discurso en Sánchez, corre el riesgo de aparecer reactivo en lugar de propositivo. En un país donde la volatilidad electoral es alta, la percepción de liderazgo es tan importante como el contenido programático.
Sin embargo, sería simplista interpretar la “sanchitis” como un error estratégico unilateral. También responde a la capacidad de Sánchez para ocupar el espacio político. El presidente ha demostrado una notable habilidad para marcar la agenda, generar marcos narrativos y obligar a la oposición a posicionarse constantemente. Desde decisiones controvertidas hasta movimientos inesperados, Sánchez ha mantenido un estilo político que descoloca a sus adversarios y los empuja a reaccionar. En ese sentido, la “sanchitis” es tanto un síntoma de la estrategia del PP como un reflejo de la eficacia comunicativa del Gobierno.
Además, la política española se ha convertido en un terreno donde la identidad pesa más que la gestión. Para una parte del electorado, Sánchez representa un símbolo (positivo o negativo) que trasciende las políticas concretas. Feijóo, al centrar su discurso en él, se inserta en esa lógica identitaria. El problema surge cuando esa lógica impide ampliar la base electoral. La oposición necesita movilizar a los propios, pero también seducir a los indecisos y a los moderados. Y estos últimos suelen desconectar cuando la política se reduce a un duelo personal.
La pregunta clave es si la “sanchitis” es una fase o una estrategia de largo recorrido. Feijóo se encuentra en una posición compleja: debe liderar un partido con sensibilidades diversas, competir con Vox por el espacio de la derecha y, al mismo tiempo, presentarse como alternativa de gobierno. En ese equilibrio, la crítica a Sánchez es inevitable. Pero la intensidad de esa crítica puede modularse. Algunos sectores del PP reclaman un discurso más centrado en propuestas y menos en la figura del presidente. Otros consideran que la confrontación directa es la única vía para movilizar al electorado.
Lo cierto es que la política española se ha acostumbrado a los relatos simplificados. La “sanchitis” es uno de ellos: una etiqueta que resume una percepción, pero que no agota la complejidad del escenario. Feijóo no está solo en esta dinámica; la política contemporánea está llena de liderazgos que se definen en oposición a un adversario. Pero, en última instancia, los ciudadanos suelen valorar la capacidad de ofrecer un horizonte propio. La oposición no puede limitarse a señalar lo que no le gusta; debe explicar qué propone y por qué es mejor.
Si Feijóo logrará superar la “sanchitis” o si esta se convertirá en un rasgo permanente de su liderazgo es algo que dependerá tanto de su estrategia como de la evolución del Gobierno. Lo que sí parece claro es que, en un país donde la política se vive con intensidad, las etiquetas seguirán formando parte del paisaje. Y pocas han captado tan bien el clima actual como esta: una mezcla de ironía, crítica y diagnóstico que, más allá de su precisión, refleja una sensación compartida en parte del debate público.
