La política española se ha convertido en un espectáculo denigrante. Por momentos una mala comedia, por momentos un drama insoportable. El españolito ya no entiende nada, pone la televisión y asiste atónito al show de disparates, insultos y bulos. El último numerito es que Abascal se ha puesto gorra campera. Como lo oyen, una gorra como de otro tiempo, una boina de lana de persona mayor, de cuñado de barra de bar. Sus críticos le afean que esa gorra es de cateto, pero hacen mal en mofarse: también es un cateto Donald Trump, otro con gorra, y miren ustedes dónde ha llegado con su visera de MAGA. El tonto de la gorra es un perfil que triunfa mucho en USA y Abascal, que será maquiavélico pero no tiene un pelo de tonto, quiere hacer de España un país de yanquis lelos adeptos a la secta Qanon.
Lo importante es que esa cachucha de Abascal está dando mucho que hablar. Hay un misterio ahí. Se la puede poner por varios motivos. Porque se está quedando calvo; porque en Aragón, tierra de páramos en plena campaña electoral, hace mucho frío; o porque no tiene a nadie que le diga quítate eso de la cabeza que te queda como el culo. En Vox hace tiempo que nadie le dice la verdad al autócrata amigo de Trump. Se acata lo que dice su Excelentísima y punto. Lo contrario es exponerse a una purga del partido o a que lleguen los del ICE, sección hispana, y se lo lleven a uno a rastras a una “prisión de desaparecidos” (así llama el heroico pueblo de Minesota a los nuevos campos de concentración del Cuarto Reich trumpista).
Puede haber muchas razones que expliquen esa extraña y súbita boina del Caudillo de Bilbao que le da un cierto aire a Tomás Rabero Pellejero, aquel personaje algo pueblerino y con mala uva del magistral José Mota. Quizá se pone la gorra porque así parece más cazador de perdices, más señorito de los de antes; quizá porque cree que así se identifica más con el pueblo llano, con la España vaciada que madruga, con la gente del agro. Un misterio. Solo él sabe por qué ha adoptado ese look, esa indumentaria, esa facha, con perdón. El caso es que su gorra no es una elegante boina Peaky Blinders, como sugiere el Gran Wyoming. A ese tipo de gorra anglosajona se la conoce como “newsboy cap” porque es la que llevaban los repartidores de periódicos a principios del siglo XX. Newspaper, newsboy, de ahí el nombre. Abascal vende mucha prensa, sobre todo de la caverna, pero eso no quiere decir que la gorra le venga por ahí. Tampoco es una gorra inglesa de lord, en todo caso es una gorra Gatsby (esta se llama así por el personaje de la novela de Scott Fitzgerald).
Uno cree que la gorra de Abascal es más parecida a la boina española de toda la vida. Una gorra taurina de recio picador, de ganadero con aroma a vaca y a Varon Dandy, de macho rociero capaz de cabalgar cientos de kilómetros a pelo, sin silla de montar. La gorra de Abascal es todo un canto al cacique de Los Santos Inocentes. Al franquismo.
Alberto Núñez Feijóo, ese señor que un día es demócrata y otro ultra, acabará poniéndose la misma gorra que Santiago Abascal para parecer más duro y ganar votos. No lo hará por gusto, sino por pura inercia política, pero lo hará. Al tiempo. Ya le ha copiado casi todo al dirigente ultra, hasta la marca de tabaco que fuma. La guerra cultural, el negacionismo climático que tanto daño nos hace (Andalucía se ahoga y el PP liquidando la Agenda Verde, gran exigencia de Vox), el programa migratorio que prevé expulsar a siete millones de personas del país, la anulación de la memoria histórica, el antifeminismo, el machismo, cosas. De estos dos partidos ya lo hemos visto todo, cambalaches de consejerías y gobiernos regionales, pactos secretos, silencios estratégicos, abrazos que duran lo justo para una foto. Amor y odio. Pero nos falta lo más importante: Feijóo con la boina calada de Abascal, ladeada o centrada, lisa o a cuadros, tal como la lleva él, y dejándose la perilla de califa.
Todo político es una creación artificial que seduce o provoca rechazo en el votante. A Abascal ya le da bastante igual que Feijóo le copie el programa electoral. A fin de cuentas, es una barbaridad tras otra que no hay quien se la crea. Se vota a Vox por puro odio y rabia, no por el IPC o el SMI. Y tampoco debería preocuparle que el mandamás de Génova le robe la gorra. Él ya se ha creado a su personaje mientras que Alberto no ha sabido trabajarse el suyo. Le lleva mucha ventaja en eso. El líder del PP no puede hacer nada por inquietar al de Vox en la pugna por el carisma. Cuenta la historia que al principio Hitler vestía como un político más de la época: traje oscuro, corbata discreta, un funcionario. Con el tiempo y un par de consejos de Goebbels, adoptó el estilo militar: uniforme pardo con la esvástica, correa cruzada, pantalones de montar y botas altas. De esa guisa reventó las cervecerías de Baviera, lo que vino a demostrar que la política es una moda.
La batalla de la imagen la tiene ganada de calle Abascal y Feijóo no puede competir con él. Puede intentar ponerse la misma gorra, usurparle el outfit, al igual que puede decir las mismas locuras y disparates que Vox sobre los inmigrantes, las mujeres y los homosexuales. Pero no conseguirá nada. El sorpasso parece más cerca que nunca. Aragón dará la medida del termómetro y dirá hasta dónde llega la fiebre fascista en nuestro país. Feijóo perdió una buena parte del pastel electoral en Extremadura y volverá a perder otra porción en tierras mañas. Sigue sin encontrar la fórmula para frenar la sangría de votos, la fuga de díscolos a Vox. Y eso que ya lo ha probado todo, hasta hacer el ridículo en las carnicerías Fribin o Brífin o como se diga. Solo le queda ponerse la misma boina que Abascal.