Cayetana gore

La diputada del PP atraviesa todas las líneas de la deshumanización al exigir a Pedro Sánchez que muestre su historial clínico

27 de Febrero de 2026
Actualizado a las 9:03h
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Cayetana Álvarez de Toledo en una imagen de archivo
Cayetana Álvarez de Toledo en una imagen de archivo

El cine gore es ese subgénero de terror donde abunda la sangre, los cuerpos descuartizados y la violencia extrema. La última intervención de Cayetana Álvarez de Toledo, ex portavoz parlamentaria del Partido Popular, ya no hace política, hace cine gore. Su exigencia al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de que desclasifique su historial médico para demostrar si padece alguna enfermedad coronaria es de lo más bajo que se ha escuchado nunca en el hemiciclo y ha reabierto el debate sobre los límites del debate político y sobre el tipo de oposición que una democracia madura puede permitirse sin degradarse.

El episodio confirma una forma de entender la política, un patrón de comportamiento. Desde su llegada a la vida pública, Cayetana se ha dedicado a alimentar el bulo, el odio, la crispación. Pero lo de ayer supera todas las fronteras. Pedirle a una persona que airee su historial clínico llega a límites de deshumanización y crueldad difícilmente soportables en democracia. La mejor prueba de que, esta vez, doña marquesa se pasó tres pueblos es que pocos diputados populares aplaudieron su última burrada. Y algunos incluso llegaron a esbozar una mueca de disgusto, desaprobación y cierta repulsión.

La comparación que ella misma estableció entre la desclasificación de documentos del 23F y la supuesta obligación del presidente de revelar su informe clínico no solo es desafortunada y absurda, demuestra que estamos ante una mujer sin sentimientos y dispuesta a todo. Equiparar un golpe de Estado con la salud privada de un dirigente democrático no solo es una desproporción argumental, sino una forma de introducir sospechas sin pruebas, insinuaciones sin fundamento y dudas sin base factual. Es una estrategia conocida: desplazar el foco del debate hacia el terreno personal para desgastar al adversario sin necesidad de discutir políticas públicas. Y no todo vale.

Podría decirse que esta mujer degrada lo más noble de la política, pero es mucho peor: se degrada ella sola como persona. Este estilo duro y faltón no es nuevo en Cayetana. Su trayectoria política ha estado marcada por intervenciones que buscan el impacto inmediato, la frase contundente y la polarización. Cayetana es ese tipo de político que no trabaja por el bien de sus ciudadanos y su país; se dedica a remover tripas, bilis y vísceras, y cuanto más mejor. Feijóo debería darle el toque, pero el gallego hace tiempo que ya no pinta nada en ese partido. Ayuso va por libre, Cayetana va por libre, cada cual hace y dice lo que le viene en gana sin filtro y sin medida. Trumpismo al poder.

Desde sus enfrentamientos con miembros de su propio partido hasta sus ataques directos a adversarios políticos, su figura se ha consolidado como la de una dirigente que prefiere el choque frontal a la construcción de consensos. Va de durita por la vida y ejerce de ello. Pero el problema no es la crítica (legítima y necesaria en democracia), sino la forma y el tono en que se formula. Exigir la publicación del historial médico de un presidente sin indicios que lo justifiquen es un intento de reducir a otra persona a la categoría de insecto. Este país no es así. Este país no tiene la mala saña, la mala baba y el ensañamiento sadomasoquista que demuestra esta señora. Hay gente así, claro que la hay. Y muchos votan a Vox. Pero la inmensa mayoría de los españoles son pacíficos, amables, educados. La táctica de Cayetana recuerda a dinámicas políticas de otros países con menos madurez democrática que este.

En España, donde la crispación ya es elevada, este tipo de intervenciones contribuye a deteriorar aún más el clima público. La política democrática necesita confrontación, pero también necesita límites. Cuando se cruzan ciertas líneas (la vida privada o íntima, la salud, la integridad personal) el debate deja de ser político para convertirse en un basurero. La política pierde su capacidad de resolver problemas y se convierte en un espectáculo denigrante. La intervención de Cayetana se inscribe en esa lógica: no busca aclarar un hecho, sino sembrar una duda. Además, su discurso tiene un efecto colateral: desplaza la atención de los debates relevantes. En un momento en el que España enfrenta desafíos económicos, sociales y territoriales, la discusión pública se ve absorbida por polémicas estériles que no aportan soluciones.

La reacción de otros actores políticos también refleja el impacto de sus palabras. Mientras algunos sectores de la derecha han evitado respaldarla abiertamente, otros han aprovechado la polémica para amplificar el mensaje. La dinámica es conocida: una figura lanza una acusación o insinuación, otros la replican, y el debate público queda atrapado en un ciclo de ruido que beneficia a quienes buscan polarizar. En ese sentido, Cayetana actúa como catalizador de una forma de oposición que prioriza la confrontación sobre la responsabilidad institucional.

Su estilo político, basado en la provocación calculada, plantea una pregunta más amplia: ¿qué tipo de política queremos? ¿Una que se centre en los problemas reales de la ciudadanía o una que derive en la charcutería grosera con intercambio constante de acusaciones personales? La democracia necesita voces críticas, pero también necesita que esas voces actúen con responsabilidad. Cuando la crítica se convierte en ataque personal, cuando la fiscalización se convierte en sospecha infundada, cuando el debate se convierte en espectáculo sucio, la política pierde su función esencial.

El episodio del historial médico no es un hecho aislado, sino un síntoma. Un síntoma de una política que se desliza hacia la desconfianza permanente, hacia la sospecha como herramienta y hacia la erosión del adversario como objetivo. En ese contexto, la figura de Cayetana Álvarez de Toledo se convierte en un símbolo de esa deriva. Se ha convertido en una actriz de cine gore. Cualquier día llega al Congreso con un kilo de tripas de cerdo entre las manos.

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