“¿Alguien cree que algún oyente de la cadena Ser quiere a un periodista directivo de uno de los panfletos más fascistas y creador/extensor de bulos contra el Gobierno en esa tertulia? ¿Alguno de los oyentes de la cadena Ser lee ese periódico, o le interesa escuchar la opinión editorial de semejantes tertulianos? ¿De que vais en la cadena Ser?” Ese es solo uno de los mensajes que circulan por las redes sociales estos días tras el terremoto interno sufrido por la que, hasta hoy, era la emisora radiofónica referente de la opinión pública progresista de este país. Miles de comentarios y tuits protestan por el giro conservador en la cadena de Prisa tras los últimos casos de supuesta corrupción destapados en el Gobierno de Sánchez. Un torrente de asuntos que, sin embargo, no parece estar calando en toda la sociedad española por igual.
Casos como el que han supuesto la inhabilitación del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz (sin pruebas concluyentes), el que ha llevado a la imputación de Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, por la organización de un máster universitario, y al banquillo de los acusados al propio David Sánchez, hermano del presidente, por la adjudicación de una plaza de músico, han indignado a buena parte de las audiencias. Pero no como pretendía el PP de Feijóo. Lejos de haber generado una masa social pidiendo elecciones en la calle, se está formando una corriente de opinión que constata claramente que determinados asuntos de tribunales demasiado politizados pueden formar parte de una estrategia judicial sincronizada por las derechas, el sector conservador de la judicatura y las fuerzas de seguridad del Estado, la prensa de la caverna o fachosfera y un nada desdeñable movimiento trumpista internacional, que mueve sus peones en la sombra para derrocar regímenes democráticos. La sombra del lawfare o guerra sucia judicial.
El cese de Àngels Barceló al frente de Hoy por Hoy y la percepción de un giro editorial hacia la derecha en El País han encendido un debate que se ha extendido como un reguero de pólvora por las redes sociales. Miles de usuarios han expresado su indignación, y un sector significativo ha comenzado a promover un boicot a la cadena Ser, una reacción que podría tener consecuencias reales en la audiencia y en la reputación del grupo mediático. Los índices de audiencia pueden ser nefastos en los próximos meses y en la dirección de Prisa se han encendido todas las alarmas.
La salida de la Ser de Barceló, una de las voces más reconocidas y respetadas del periodismo radiofónico español, ha sido interpretada por muchos como un movimiento estratégico dentro de un proceso más amplio de reorientación ideológica del Grupo Prisa. Aunque la empresa no ha ofrecido explicaciones detalladas, la coincidencia temporal entre la reestructuración interna, los cambios en la dirección editorial y la nueva línea de opinión de El País ha alimentado la percepción de que se está produciendo un reposicionamiento político. Un cambio de chaqueta que no gusta ni al oyente ni al lector.
En plataformas como X, TikTok e Instagram, el hashtag #BoicotSER ha escalado rápidamente entre las tendencias. Los mensajes se repiten con un patrón claro: usuarios que se sienten traicionados por un medio que consideraban un referente progresista y que ahora perciben como alineado con posiciones más conservadoras. Algunos analistas señalan que este fenómeno no es solo una reacción emocional, sino un síntoma de un ecosistema mediático en transformación, donde la audiencia exige coherencia ideológica y transparencia editorial. En ese mismo contexto, cabe encuadrar la guerra entre TVE y La Sexta, otra cadena que hasta hace no mucho presumía de progresismo izquierdista y que ha cambiado de timón bruscamente para darle “caña” al Gobierno tras los casos divulgados por la caverna mediática con titulares engordados, inflados y en ocasiones simplemente haciéndose eco de fake news.
El papel de Barceló en este conflicto es central. Durante años, su voz ha sido asociada a un estilo de periodismo cercano, crítico y socialmente comprometido. Su salida repentina ha generado la sensación de que se ha querido silenciar una línea editorial incómoda. Aunque no existen pruebas públicas que confirmen esta interpretación, la narrativa se ha instalado con fuerza en el debate digital.
El otro elemento clave es el cambio de rumbo de El País, un diario históricamente identificado con posiciones progresistas moderadas. En los últimos meses, sus editoriales y columnas han mostrado un tono más cercano a planteamientos conservadores, lo que ha desconcertado a parte de su base lectora. Este giro ha sido interpretado por algunos como un intento de recuperar influencia en sectores que el periódico había perdido, mientras que otros lo ven como una estrategia empresarial para adaptarse a un mercado mediático cada vez más polarizado. El País vira hacia posiciones conservadoras y el lector de izquierdas, que se queda huérfano de prensa, deja de comprar el periódico o deja de conectar su radio hasta hoy favorita.
La combinación de ambos factores –la salida de Barceló y el cambio editorial del diario– ha generado un clima de desconfianza que se ha trasladado directamente a la cadena Ser. La radio, que durante décadas ha liderado las audiencias, podría enfrentarse a un desgaste significativo si el boicot promovido en redes se traduce en una caída real de oyentes. Aunque es difícil medir el impacto inmediato, la presión social ya está afectando a la imagen pública de la cadena.
Los expertos en comunicación advierten que este tipo de crisis reputacionales puede tener efectos duraderos si no se gestiona con transparencia. La audiencia actual, especialmente la más joven, es extremadamente sensible a los cambios de línea editorial y exige explicaciones claras. La falta de comunicación por parte de la dirección de Prisa ha dejado un vacío que las redes sociales han llenado con interpretaciones, rumores y lecturas ideológicas.
Al mismo tiempo, algunos sectores consideran que el boicot puede ser contraproducente. Argumentan que la pluralidad mediática requiere que existan espacios donde convivan diferentes sensibilidades políticas, y que exigir una alineación total con una ideología concreta puede empobrecer el debate público. Sin embargo, esta postura tiene menos visibilidad en redes, donde la indignación suele imponerse sobre los matices.
El fenómeno también refleja un cambio profundo en la relación entre medios y audiencia. Las redes sociales han convertido a los usuarios en actores activos, capaces de organizar campañas, presionar a empresas y amplificar mensajes en cuestión de horas. La cadena Ser, como cualquier otro medio tradicional, se enfrenta al desafío de adaptarse a un entorno donde la fidelidad del oyente ya no está garantizada y donde cada decisión editorial puede desencadenar una reacción masiva.
A medio plazo, el impacto del boicot dependerá de varios factores: la respuesta pública de la cadena, la evolución de la línea editorial de El País, y sobre todo, la persistencia del malestar en redes. Si la indignación se diluye con el tiempo, la Ser podría recuperar su estabilidad. Pero si la percepción de giro ideológico se consolida, el grupo podría enfrentarse a una pérdida de influencia difícil de revertir. Lo que está claro es que este episodio marca un punto de inflexión. La audiencia ya no es pasiva, y los medios que no comprendan esta nueva dinámica corren el riesgo de quedar atrapados entre sus decisiones internas y la presión externa de una ciudadanía cada vez más vigilante y exigente.
