Abascal le pone el burka a Feijóo

La propuesta de Vox de prohibir las prendas integristas no es un intento por defender los derechos de la mujer, sino que forma parte de un plan, asumido por el líder del PP, para seguir generando odio hacia otras culturas

16 de Febrero de 2026
Actualizado el 17 de febrero
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Feijóo con Abascal en una imagen de archivo
Feijóo con Abascal en una imagen de archivo

El PP está haciendo gestos a Vox para desbloquear la formación de gobiernos autonómicos. De hecho, los populares ya han anunciado que apoyarán las iniciativas parlamentarias que sean necesarias para prohibir el burka y el niqab. De esta forma, Feijóo y su portavoz, Ester Muñoz, tratan de fijar el foco en los asuntos que “unen” al partido con Vox tras dos citas electorales en las que los de Abascal han duplicado sus apoyos en las urnas y que pueden suponer una repetición electoral si no alcanzan un acuerdo. Esa es, al menos, la versión oficial, porque luego está la cruda realidad: Abascal le ha puesto el burka a Feijóo y ya lo tiene secuestrado, como hacen los talibanes afganos con sus mujeres, a las que convierten en rehenes de su propiedad. Y eso que PP y Vox son hermanos políticos, tal como dice la propia Muñoz.

El líder del PP condiciona la agenda del líder popular, su margen político y su capacidad de construir un proyecto propio. La propuesta de Vox es un nuevo ejemplo de cómo el PP ha ido asumiendo parte del discurso de la extrema derecha. La explicación es clara: Vox marca la agenda y el PP la sigue al dictado. La idea de prohibir el burka no es nueva. Desde su entrada en las instituciones, el partido ultra ha defendido la prohibición de esta prenda de vestir como símbolo de lo que considera una “amenaza cultural y de seguridad”. Su argumentario combina referencias a la igualdad de género, a la defensa de los valores occidentales y a la necesidad de evitar prácticas que, según su visión, son incompatibles con la convivencia democrática. Aunque este tipo de iniciativas han sido recurrentes en Europa (con legislaciones similares en Francia, Bélgica o Dinamarca), en España nunca habían ocupado un lugar central en la agenda política hasta la irrupción de Vox.

Que el burka supone una forma más de sumisión de la mujer al hombre es un dato evidente. Pero más allá de ese debate, que puede ser lícito, lo relevante no es tanto la propuesta en sí, sino la reacción del Partido Popular. En lugar de marcar distancias o plantear un enfoque propio, el PP ha optado por asumir la iniciativa de cabo a rabo, como suele decirse, como si se tratara de parte de su propio programa electoral. La formación de Alberto Núñez Feijóo ha respaldado la idea de estudiar una prohibición del burka, alineándose con el marco conceptual de Vox y reforzando la percepción de que la derecha tradicional se mueve cada vez más en el terreno discursivo de la extrema derecha. Es decir, teniendo en cuenta que a Vox nunca le han interesado los asuntos de igualdad de la mujer (una bandera de la izquierda) que ahora salga en su defensa a cuenta de la forma de vestir de las musulmanas no es más que parte de la estrategia islamofóbica. Y eso lo asume Feijóo sin problema. El objetivo final de la extrema derecha no es liberar a la mujer del yugo talibán (lo cual le importa cero), sino crear el caldo de cultivo demagógico/populista apropiado para seguir fomentando el odio hacia otras culturas, la xenofobia, el nacionalismo español, el bulo de la teoría del reemplazo de unas razas por otras y el plan para repatriar a millones de inmigrantes, tal como está ocurriendo ya en los Estados Unidos de Donald Trump.

Este movimiento no es aislado. Desde que Feijóo asumió el liderazgo del PP, su estrategia ha oscilado entre dos polos: por un lado, proyectar una imagen de moderación y solvencia institucional; por otro, evitar cualquier ruptura con Vox que pudiera comprometer futuros acuerdos de gobierno autonómicos o municipales. El resultado ha sido una ambigüedad calculada que, en la práctica, ha permitido a Vox marcar el ritmo en temas culturales y simbólicos. La propuesta sobre el burka es solo el último ejemplo de esta dinámica.

Para entender por qué el PP ha asumido esta iniciativa, conviene observar el contexto político. Vox ha logrado consolidarse como un actor imprescindible en varios territorios donde el PP gobierna gracias a su apoyo. En comunidades como Castilla y León, la Comunidad Valenciana, Aragón o Murcia, la estabilidad de los gobiernos autonómicos depende de pactos con Vox. Esta dependencia condiciona la capacidad del PP para desmarcarse de las posiciones de Abascal, especialmente en cuestiones que movilizan a la base más conservadora del electorado.

Además, el PP se encuentra en una competición directa con Vox por el liderazgo del espacio de la derecha. Cada vez que Vox introduce un tema que genera debate público, el PP se enfrenta a un dilema: si lo rechaza, corre el riesgo de ser acusado de tibieza; si lo asume, refuerza la idea de que Vox es quien marca la agenda. En este caso, Feijóo ha optado por la segunda vía, lo que ha alimentado la percepción de que su liderazgo está condicionado por la presión de Abascal.

La metáfora de que “Abascal ha secuestrado a Feijóo” o “le ha puesto el burka” refleja precisamente esa sensación de subordinación política. No se trata de una cuestión literal, sino de una imagen que sintetiza una realidad política: Vox impone el marco y el PP lo acepta. En lugar de liderar el debate, Feijóo aparece reaccionando a las iniciativas de su socio potencial, atrapado entre la necesidad de mantener una imagen moderada y la obligación de no romper puentes con la extrema derecha.

El debate sobre el burka, además, tiene una dimensión simbólica que va más allá de la prenda en sí. Para Vox, es una herramienta para reactivar discusiones sobre identidad nacional, inmigración, seguridad y choque cultural. Para el PP, asumir esta propuesta implica entrar en un terreno donde Vox se mueve con comodidad y donde el PP siempre aparece como seguidor, no como líder. La cuestión no es solo si prohibir o no el burka, sino quién define el marco del debate político.

La reacción del resto de fuerzas políticas ha sido previsible. Los partidos progresistas han denunciado que el PP se pliega una vez más a la agenda de Vox, mientras que formaciones nacionalistas y regionalistas han criticado lo que consideran un intento de importar debates ajenos a la realidad social española. Incluso dentro del propio PP hay sectores que observan con preocupación cómo la estrategia de Feijóo diluye la identidad del partido y lo acerca peligrosamente a posiciones que antes rechazaba.

El riesgo para el PP es evidente: cuanto más asume el discurso de Vox, más difícil le resulta diferenciarse de él. Y cuanto más se difumina esa diferencia, más se refuerza la idea de que Vox es el verdadero motor ideológico de la derecha española. La propuesta sobre el burka es un ejemplo claro de esta dinámica: una iniciativa que nace en Vox, que el PP adopta y que termina situando a Feijóo en una posición incómoda, atrapado entre su discurso de moderación y su dependencia política.

En última instancia, el episodio revela una tendencia más profunda: la dificultad del PP para construir un proyecto autónomo en un contexto donde Vox ha logrado fijar los temas de conversación. La metáfora del “burka político” no pretende describir una realidad literal, sino ilustrar cómo un líder que aspiraba a representar la moderación se ve obligado a moverse en un terreno marcado por la radicalidad de su socio potencial. Y mientras esa dinámica continúe, será difícil que el PP recupere la iniciativa política. Feijóo está cada vez más secuestrado y rehén de la extrema derecha. Abascal le ha puesto un burka.

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