La movilización social surgida a raíz del caso Maricarmen, desmiente a quienes pensaban que los sectores sociales progresistas habían tirado la toalla, ante la ocupación de la calle por los españolistas y ultra derechistas durante toda la legislatura para denunciar, para insultar, al presidente Pedro Sánchez por las políticas puestas en marcha en defensa del estado del bienestar, los derechos de las minorías desfavorecidas, para combatir el feminicidio y reducir la desigualdad, para mantener el poder adquisitivo de trabajadores y pensionistas, o para devolver la dignidad a los inmigrantes y las miles de familias represaliadas durante el franquismo, levantando cunetas donde tiraron cuerpos sin nombre de sus familiares o sacando el cadáver del dictador del valle de Cuelgamuros.
Medidas que unidas a una política económica que ha colocado a España a la cabeza del crecimiento del PIB por encima de las grandes economías occidentales, incluido los EEUU de Trump, han desquiciado a la derecha que no ha encontrado mejor argumento para confrontarlas que un discurso agresivo basado en una visión negativa e hiperbólica de la realidad, la mentira sin tiento y el insulto zafio y vulgar. Todo ello acompañado de llamamientos constantes a manifestaciones y concentraciones callejeras contra el Gobierno, que han ido perdiendo fuerza, convertidas en un aquelarre de insultos y de vuelta del nacional catolicismo con lecturas de la biblia y recitados del rosario ante la fachada de la iglesia que está en las inmediaciones de la sede del PSOE en Ferraz.
Desquicie que ha subido de grado por la sorpresa que ha supuesto comprobar que el sector progresista de la sociedad no estaba dormido, sino aletargado, que ha decidido ponerse en movimiento ante la inhumanidad que expande el capitalismo salvaje en su afán, sin fin, de convertir en negocio los derechos que asisten a las personas: vivienda y salarios dignos. La espoleta: las imágenes de una anciana combativa animando a seguir en la lucha cuando la sacaban en camilla de su casa de toda la vida—a la que no volverá nunca— por el ansia de un fondo buitre, Urbagestión, de hacer dinero con su derecho.
Punto de inflexión que ha llevado a la sociedad civil a decir, ¡basta ya!, y a movilizarse a instancias del Sindicato de Inquilinas surgido de la iniciativa ciudadana, de la calle, para defender el derecho a no ser expulsado de tu casa, aun cumpliendo con los pagos correspondientes para vivir en ella, por no poder afrontar las desorbitadas subidas del alquiler que les exigen los fondos buitre, o no poder asumir la subida de la hipoteca durante unos meses. Iniciativa sin dirigismo de ninguna formación política ni sindical, que ha generado un movimiento social que se ha extendido, como pasó con el 15M, a un buen número de países europeos. Movimiento que, con el paso de los días y semanas, ha ido aglutinando a otras organizaciones sociales, hartas de un orden social donde el negocio y el beneficio se sitúa por encima de las personas pisoteando, sin ninguna humanidad, sus derechos y su vida.
Movilizaciones que han hecho sonar las alarmas en la derecha extrema y extrema derecha, que han reaccionado de la única manera que saben: con la provocación e insultos agresivos, y con mentiras y bulos que crean y distribuyen en las redes sociales. Mensajes que azuzan a actuar a los matones fascistas de Núcleo Nacional, Falange Española, Alianza Nacional, y jóvenes enfervorizados del PP y Vox, cuyo principal adalid es el rey de la provocación Vito Quiles, dedicado a girar por los campus de las universidades públicas—quien la financia— sin los permisos necesarios para organizar sus mítines cuyo fin es provocar donde sabe que encontrará respuesta y enfrentamiento que es lo que busca. Personaje que parece gozar de bula policial para provocar, porque nunca le reprimen y, sin embargo, le amparan cuando se ve desbordado por la respuesta a su provocación.
Otra vez vuelve el mantra de los equidistantes que equiparan al provocador con la reacción del provocado, tomando como referencia las innecesarias y brutales cargas policiales contra los que protestan en defensa de los derechos a la vivienda, a la educación o la sanidad públicas, para significar que la provocación viene de ambas partes. No se puede ser equidistante cuando los provocadores acuden, por ejemplo, a la Puerta del Sol a provocar a los allí concentrados desde hace semanas sin haber generado un solo conflicto público. Replicar a la provocación del otro no es la mejor opción; pero, cuando la provocación y el insulto es constante la policía debería cargar, si es necesario, contra las dos partes y no hacerlo siempre sobre los provocados, agredidos e insultados.
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