Ayuso usa la tragedia ferroviaria de Adamuz para disparar a ciegas y blanquear su gestión en Madrid

En Onda Madrid, la presidenta mezcla duelo, bulos y conspiraciones: acusa sin pruebas, agita “narcoestados” y “mafia”, y evita el dato incómodo de su propia responsabilidad en los servicios públicos

22 de Enero de 2026
Actualizado a las 10:38h
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Isabel Díaz Ayuso en Onda Madrid

La entrevista de Isabel Díaz Ayuso en Onda Madrid tenía un decorado perfecto: aniversario de una radio pública, estudio nuevo, tono de celebración. Pero el guion real fue otro. Ayuso convirtió un micrófono institucional en un altavoz de parte, usando una tragedia ferroviaria, como la de Adamuz para montar un alegato político donde el dato se diluye, la insinuación manda y la responsabilidad siempre cae en otro.

Lo más grave no es el estilo bronco —marca de la casa—, sino el método: mezclar asuntos inconexos, disparar acusaciones de extrema gravedad sin sostén verificable y, a la vez, presentarse como víctima de una supuesta “destrucción personal” mientras practica una demolición moral sistemática del adversario. El resultado es un relato fácil de consumir, sí, pero tóxico para entender la realidad.

La radio pública como coartada… y el servicio público como arma arrojadiza

Ayuso defendió la necesidad de una radio pública con una idea razonable: la “información de proximidad” y que el servicio público no tiene por qué ser un negocio. Hasta ahí, nada que objetar. El problema llega cuando usa esa defensa como trampolín para atacar a otros servicios públicos sin aportar evidencias sólidas, ni contexto, ni asumir su cuota de responsabilidad como máxima dirigente autonómica desde hace años.

En un momento de la charla, se lanza a una lista de carencias como si Madrid fuese un espectador y no un actor: “Faltan médicos”, “falta apoyo a las familias”, “hay demasiada burocracia”. Y remata: “Hay mucha propaganda y poca verdad”. La frase suena contundente, pero es un espejo: encaja con precisión en la forma en que ella misma construye su discurso. Porque, cuando llega la hora de explicar, Ayuso sustituye los hechos por eslóganes, y los diagnósticos por enemigos abstractos.

La prueba está en cómo ridiculiza políticas públicas mezclando tópicos: “Mucha Agenda 2030, menús en cinco idiomas… lo que quiero es que llegue puntual y llegar con vida”. Es una caricatura deliberada: enfrenta modernización y seguridad como si fueran incompatibles, cuando una política ferroviaria seria exige ambas cosas. Y, sobre todo, usa el miedo (“llegar con vida”) como argumento total, sin esperar a investigaciones y sin respeto por el rigor.

Adamuz: el dolor no es un atril para tu campaña

En el contexto del accidente de Adamuz (Córdoba), Ayuso intenta apropiarse del duelo nacional para convertirlo en munición contra el Gobierno. Habla de “responsabilidad política cuando no se invierte” y de “nombrar a incompetentes”, y advierte contra un “consenso falso”. En abstracto, pedir explicaciones es legítimo. Lo indecente es insinuar culpables sin pruebas mientras las investigaciones siguen abiertas y las familias aún buscan certezas.

Además, su relato se apoya en una narrativa de colapso (“se caen los mitos: la red más puntual, la más segura”), que omite lo esencial: qué se sabe, qué no se sabe y quién lo está investigando. Mientras tanto, los hechos disponibles en esos días hablaban de limitaciones de velocidad y revisiones en tramos concretos tras avisos de maquinistas, precisamente como medidas de precaución posteriores al accidente.

Ayuso no busca claridad: busca clima. Y el clima se fabrica con frases para encender: “Si los propios maquinistas tienen miedo a ir a trabajar… algo nos dice que está fallando el sistema ferroviario”. El problema es que “algo nos dice” no es información: es sugestión.

Plus ultra, zapatero y la política de la insinuación permanente

El tramo más inflamable llega cuando Ayuso mete en la batidora a José Luis Rodríguez Zapatero, China, Venezuela, “narcoestados”, “mordidas millonarias” y “dinero público”. Lo enlaza todo con una cadena de “queremos saber si…” que suena a exigencia democrática, pero funciona como atajo para acusar sin demostrar.

Lo que sí es verificable es que Ayuso ya venía acusando públicamente a Zapatero de haberse lucrado en Venezuela e incluso de estar siendo investigado por Estados Unidos, afirmaciones que han generado controversia precisamente por su falta de pruebas públicas concluyentes. También es verificable que el asunto de Plus Ultra ha sido objeto de control parlamentario: en el Congreso figura una iniciativa que menciona el “nombramiento” de Zapatero como interlocutor para negociar la ayuda a la aerolínea (53 millones). Pero de ahí a sostener un entramado de “mordidas” como si fuese un hecho hay un salto que Ayuso cubre con ruido, no con evidencias.

Ese es su patrón: convertir sospechas, recortes de conversación y consignas en un relato total. Y cuando el relato total se impone, la democracia pierde, porque la ciudadanía deja de distinguir entre una investigación, una hipótesis, una maniobra política y un bulo.

“Un Supremo al Supremo”: de la crítica institucional al bulo emocional

Ayuso vuelve a un estribillo que ya había pronunciado en 2025: “Al Supremo le ha nacido otro Supremo… a través del Constitucional”. Esa frase se difundió en el contexto de la condena al fiscal general del Estado Álvaro García Ortiz por revelación de secretos y el choque político posterior.

Pero, de nuevo, Ayuso no explica con precisión qué resolución concreta, qué fundamento jurídico o qué efectos reales sostiene su acusación. Prefiere el efecto teatral: dibuja una España en la que “el Gobierno opera sin reglas”, “coloniza empresas” y prepara “prensa de régimen”. Es un cóctel peligroso: alimenta desconfianza indiscriminada contra instituciones y profesionales (“periodistas”, “fiscales”) mientras se presenta como defensora del Estado de derecho. Es decir: erosiona lo que dice defender.

La gran contradicción: exige rigor, pero vive de la exageración

Quizá el detalle más revelador de la entrevista es un desliz que retrata el conjunto: en un momento, el entrevistador dice “hoy es 9 de enero”, pese a que la entrevista está fechada el 22 de enero. Parece menor, pero simboliza la falta de cuidado por el hecho básico, el dato simple, lo comprobable. Y, cuando se renuncia a eso, el terreno queda libre para cualquier cosa: desde “mafia” y “corrupción de Estado” hasta la promesa de que “el final será abrupto”.

Ayuso no ofrece un balance serio de su gestión autonómica; ofrece una coartada emocional para no rendir cuentas. Habla de “vivienda” y “médicos” como si fueran problemas ajenos, mientras convierte cada micrófono público en una plataforma para su relato personal. Y remata con una apropiación identitaria que divide más de lo que une: “Somos una”, dice, mientras dispara contra media España como si el adversario fuera el enemigo.

Una radio pública merece celebración. Lo que no merece es que se use como escenario de desinformación elegante: esa que no siempre miente de forma verificable, pero manipula lo suficiente como para que el oyente acabe creyendo que todo es sospechoso… excepto quien está hablando.

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