Trump quiere convertir Cuba en la Gaza del Caribe

España, por mediación del ministro Albares, ha propuesto un plan para llevar medicinas y alimentos a la isla

22 de Febrero de 2026
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La Habana en una imagen de archivo
La Habana en una imagen de archivo

La idea de que Estados Unidos podría empujar a Cuba hacia una situación comparable a la de Gaza ha emergido en el debate político estadounidense desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. La frase, utilizada por analistas críticos con su política exterior, resume el temor a que Washington adopte una estrategia de máxima presión que combine aislamiento económico, cerco diplomático y una política de seguridad más agresiva en el Caribe. Aunque la comparación es metafórica, refleja un clima de creciente tensión y la posibilidad de que la isla entre en una fase de inestabilidad profunda.

La Administración Trump ha retomado la línea dura contra la isla que ya aplicó en su primer mandato. Las señales más visibles incluyen un reforzamiento del embargo con nuevas restricciones financieras y comerciales; presión sobre gobiernos latinoamericanos para que rompan vínculos con La Habana; un incremento de la vigilancia militar en el Caribe, especialmente en torno al estrecho de Florida; y la reactivación de sanciones individuales contra altos cargos cubanos. La situación empieza a ser dramática por culpa del bloqueo. Escasean alimentos, medicinas y combustibles. La inflación y los bajos salarios se antojan la antesala de la hambruna y los apagones son constantes. Cientos de miles de cubanos viven aterrorizados. En las últimas horas, la Administración Trump ha advertido al Gobierno de Cuba que debe abordar “dramáticos cambios muy pronto” y que en EEUU están pendientes de qué decisiones toman en el futuro próximo ante la grave crisis económica a la que se enfrenta el país. “Son un régimen que está cayendo. El país está derrumbándose y creemos que va en su interés realizar cambios muy dramáticos muy pronto”, aseguró en rueda de prensa la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, informa Efe.

El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, ha recibido al canciller cubano, Bruno Rodríguez, a quien ha prometido el envío a la isla de ayuda humanitaria en alimentación y productos sanitarios de primera necesidad tras el endurecimiento del embargo norteamericano. En la reunión, celebrada a petición del diplomático cubano, ambos dirigentes han tratado la situación de las empresas españolas en Cuba y el compromiso de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) con la isla.

El enfoque duro de Washington contrasta con la política de deshielo impulsada por Barack Obama y parcialmente mantenida por Joe Biden. Trump considera que cualquier concesión al Gobierno cubano fortalece a un régimen que, según su discurso, amenaza la seguridad hemisférica y sirve de plataforma para potencias rivales como Rusia o China.

La analogía con Gaza no pretende equiparar realidades históricas o humanitarias, sino describir un posible escenario estratégico: un territorio sometido a aislamiento extremo, presión económica asfixiante y vigilancia militar permanente. Tres elementos alimentan esta lectura: aislamiento total (si Washington logra que más países latinoamericanos se alineen con su política, Cuba podría quedar diplomáticamente cercada); colapso económico inducido (el endurecimiento del embargo podría agravar la crisis energética, alimentaria y sanitaria que ya vive la isla); y escalada militar en el Caribe (el aumento de operaciones navales estadounidenses podría convertir la región en un espacio de tensión constante). En este marco, algunos analistas temen que Cuba se convierta en un territorio todavía más empobrecido, aislado y sometido a una presión exterior que limite su margen de maniobra, similar a la situación de Gaza bajo bloqueo. Un estado fallido sobre cuyas ruinas poder construir un complejo hotelero, tal como planea hacer el empresario norteamericano sobre las ruinas de la Palestina destruida por el Israel de Netanyahu.

Cuba ha reforzado en los últimos años su cooperación con Moscú y Pekín. Para Trump, este acercamiento convierte a la isla en un nodo estratégico de sus adversarios. La Casa Blanca ha expresado preocupación por la presencia de asesores militares rusos en la isla y también por proyectos de infraestructura financiados por China, especialmente en telecomunicaciones y puertos. Tampoco gustan a Trump los intercambios de inteligencia entre La Habana y potencias rivales. El presidente norteamericano tiene encima de la mesa un plan del Pentágono para invadir la isla. Solo falta que el magnate neoyorquino apriete el botón rojo. La reciente operación de captura de Nicolás Maduro en Venezuela ha envalentonado a Trump, que ha visto en la opción militar una opción segura para derrocar gobiernos y aumentar sus índices de popularidad. Sin embargo, invadir Cuba no saldría gratis a Estados Unidos. Habría un coste en vidas humanas y en la economía. De ahí que el dirigente americano haya decidido esperar. Irán es la máxima prioridad ahora y abrir dos frentes bélicos podría terminar en un gran fiasco.

En este contexto, endurecer la presión sobre Cuba se convierte para Trump en una pieza de su estrategia global de contención. La isla deja de ser un asunto bilateral para convertirse en un tablero de la competencia entre superpotencias. La situación económica cubana ya es crítica: inflación elevada, escasez de alimentos, apagones prolongados y caída del turismo. Una política estadounidense más agresiva podría tener varios efectos, como la aceleración del deterioro económico, con impacto directo en la vida cotidiana. Un aumento del descontento social, especialmente entre jóvenes y trabajadores del sector informal, haría tambalear el régimen castrista. Sería necesario un mayor control interno por parte del Gobierno de La Habana, que podría justificar medidas excepcionales en nombre de la seguridad nacional.

El temor de algunos analistas es que la combinación de presión externa y crisis interna genere un escenario de inestabilidad prolongada. Los gobiernos latinoamericanos están divididos: aliados de Washington, como Argentina, Ecuador o El Salvador respaldan la línea dura; países con gobiernos progresistas, como Brasil, México o Colombia, rechazan cualquier política que pueda desestabilizar la región. El Caribe anglófono, tradicionalmente pragmático, teme que una escalada afecte al turismo y al comercio regional. Y la Organización de Estados Americanos (OEA) se encuentra nuevamente en el centro del debate, con posturas enfrentadas sobre cómo abordar la situación cubana.

La idea de que Trump quiere convertir Cuba en “la Gaza del Caribe” refleja el temor a un escenario de aislamiento extremo, presión económica y tensión militar que podría transformar profundamente la realidad de la isla y del Caribe. Aunque la comparación es metafórica, el riesgo de una escalada existe y dependerá de cómo evolucionen las relaciones entre Washington, La Habana y las potencias globales. El futuro de Cuba se juega en un tablero que ya no es solo regional, sino global.

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