La diplomacia en Oriente Medio suele avanzar al ritmo de los ultimátums. Donald Trump elevó el tono al advertir que si no se alcanza un "acuerdo significativo" con Irán, “pueden ocurrir cosas malas”. Añadió un plazo, “probablemente en los próximos diez días”, y dejó abierta la puerta tanto a la negociación como a la escalada bélica. En paralelo, Washington ha intensificado su despliegue naval y aéreo en la región, incluyendo el envío del portaaviones USS Gerald R. Ford.
El mensaje es inequívoco: la ventana diplomática es estrecha y el recurso militar no está descartado. Según informaron CNN y The New York Times, el Pentágono estaría preparado para atacar objetivos iraníes en cuestión de días, aunque la decisión final depende del presidente. Se trata de una coreografía clásica de presión máxima: desplegar fuerza creíble mientras se ofrece una última oportunidad de acuerdo.
La estrategia de Trump combina ambigüedad calculada y plazos artificiales. “Si se unen a nosotros, será genial. Si no, también será genial, pero será un camino muy diferente”, afirmó. El lenguaje, deliberadamente vago, pretende generar incertidumbre en Teherán y cohesión en los aliados.
Esta táctica recuerda a la política de “máxima presión” aplicada durante su anterior mandato: sanciones económicas severas, aislamiento diplomático y amenazas explícitas de acción militar. La diferencia hoy es el contexto regional, más volátil tras episodios recientes de confrontación indirecta entre Israel e Irán.
Israel, dispuesto a todo
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, endureció aún más la retórica: si los ayatolás atacan, “se enfrentarán a una respuesta que no pueden ni imaginar”. Israel no solo observa las negociaciones; busca influir en sus términos.
Jerusalén insiste en que cualquier acuerdo debe incluir no solo el fin del programa nuclear iraní, sino también la eliminación de su capacidad de misiles balísticos y el cese del apoyo a actores armados como Hamás, Hizbulá y los hutíes del Yemen.
En la práctica, esas condiciones equivalen a exigir una redefinición estructural de la política exterior iraní. Para Teherán, aceptar tales términos supondría renunciar a su principal red de disuasión regional.
El plazo de “diez días” no es casual. Funciona como mecanismo de presión y como señal política interna. Trump debe equilibrar a un electorado republicano que combina tendencias aislacionistas con un ala más intervencionista. Al mismo tiempo, enfrenta a demócratas que reclaman que cualquier acción militar sea autorizada por el Congreso.
La tensión institucional en Washington es parte del cálculo iraní. Teherán sabe que un ataque estadounidense podría generar un debate constitucional sobre los poderes de guerra. Esa división puede actuar como freno… o como catalizador.
Despliegue militar
El movimiento del USS Gerald R. Ford y otros activos militares cumple una doble función. Por un lado, refuerza la credibilidad de la amenaza. Por otro, aumenta el riesgo de incidente accidental.
En un entorno saturado de milicias aliadas de Irán, fuerzas estadounidenses y unidades israelíes, la línea entre disuasión y escalada bélica puede ser tenue. La historia reciente demuestra que incluso ataques limitados pueden desencadenar respuestas en cadena.
Irán: resistencia o supervivencia económica
Irán afronta una economía debilitada por sanciones y aislamiento. Un acuerdo podría aliviar la presión financiera, pero a costa de concesiones estratégicas profundas. La alternativa de mantener la postura desafiante preserva su narrativa de resistencia, aunque incrementa el riesgo de confrontación directa.
Para el régimen iraní, la decisión no es meramente técnica sino ideológica. El programa nuclear y el desarrollo misilístico son vistos como garantías de supervivencia frente a amenazas externas.
El papel de los mediadores
Trump elogió las gestiones de Steve Witkoff y Jared Kushner, subrayando que existen “buenas conversaciones”. Sin embargo, la diplomacia de canal paralelo depende de la confianza mínima entre partes que han intercambiado amenazas públicas.
El problema es que el margen para un acuerdo incremental parece reducido. Israel exige una transformación total; Irán busca alivio parcial de sanciones sin desmantelar su arquitectura estratégica.
Riesgo de guerra limitado
Un ataque puntual contra instalaciones nucleares iraníes podría no desembocar en una guerra total, pero sí en una confrontación prolongada en Líbano, Gaza o el Golfo Pérsico. El impacto en los mercados energéticos sería inmediato.
El estrecho de Ormuz, arteria clave del comercio mundial de petróleo, volvería a situarse en el centro de la atención. Incluso la amenaza de interrupción podría disparar precios y tensiones inflacionarias globales.
“Acuerdo o caos”
La retórica de Trump respecto a que “no podemos seguir amenazando la estabilidad de toda la región” invierte parcialmente la narrativa. Presenta la presión estadounidense como defensa de la estabilidad, y la postura iraní como fuente primaria de desorden.
Es una formulación estratégica: legitima la coerción como instrumento preventivo. Sin embargo, la estabilidad regional depende no solo de contener a Irán, sino de evitar que la coerción desemboque en una guerra abierta.