La posibilidad de que Pablo Bustinduy asuma un papel central en el espacio político que actualmente lidera Yolanda Díaz ha comenzado a tomar forma en las últimas semanas, alimentada por movimientos internos, declaraciones medidas y un clima de reconfiguración en la izquierda. Aunque no existe una confirmación oficial, distintas fuentes del entorno de Sumar y de los partidos que lo integran coinciden en que Bustinduy se muestra dispuesto a asumir mayores responsabilidades después de que la vicepresidenta segunda haya decidido dar un paso a un lado para reorientar su papel político. Sin embargo, hay más candidatos que suenan en el agitado mundo de Sumar: Mónica García, Ernest Urtasun y hasta Ada Colau. De los primeros se duda por su desgaste en el Gobierno, de la tercera qué se puede decir: su momento como activista y como alcaldesa de Barcelona ya pasó. Ninguno parece ilusionar, ni a la militancia ni al electorado de izquierdas.
Por momentos, da la sensación de que en Sumar no hay plan B. Va a ser difícil encontrar un cabeza de cartel para concurrir con ciertas garantías a las elecciones de 2027. El caso es que Yolanda Díaz ya es historia. Estaba sentenciada desde que apartó de las listas electorales a Irene Montero (lo que ofendió gravemente a Pablo Iglesias, que fue quien la había nombrado como sucesora). Aquel momento marcó su declive político aún antes de que echara a andar el proyecto Sumar y el momento de ruptura total llegó cuando la formación morada decidió salirse de la coalición e ir por libre. Desde entonces, la izquierda a la izquierda del PSOE ha deambulado de capa caída y el votante está más desafecto que nunca por la falta de unidad.
Yolanda Díaz atravesaba por un momento de desgaste político tras meses de tensiones internas, resultados electorales por debajo de las expectativas y discrepancias estratégicas con algunas de las fuerzas que integran Sumar. Su liderazgo, que en su momento se presentó como un proyecto transversal capaz de unir a distintas sensibilidades progresistas, se ha visto sometido a presiones crecientes. En este escenario, la figura de Bustinduy ha emergido como una opción viable para garantizar continuidad y estabilidad. Con Rufián en apuros para encabezar a la izquierda (Podemos no lo quiere y tampoco algunas confluencias), se busca una cara nueva con gancho y tirón. Bustinduy, actual ministro de Derechos Sociales, es un perfil con trayectoria en el espacio político a la izquierda del PSOE. Procedente de Podemos, donde ocupó responsabilidades destacadas en el ámbito internacional, abandonó la primera línea en 2019 por motivos personales. Su regreso a la política institucional de la mano de Sumar fue interpretado como un gesto de consenso: un dirigente con experiencia, sin conflictos abiertos con ninguna de las familias internas y con una imagen pública moderada y dialogante.
Ese perfil es precisamente uno de los elementos que explican por qué su nombre ha comenzado a sonar con fuerza. En un momento en el que Sumar necesita recomponer alianzas, estabilizar su estructura y definir una estrategia clara, Bustinduy representa para algunos sectores una figura capaz de generar cohesión. Su estilo discreto, su capacidad para mantener relaciones fluidas con distintos actores y su ausencia de confrontación interna lo convierten en un candidato potencial para asumir un liderazgo más visible.
La situación de Yolanda Díaz es otro factor determinante. Aunque sigue ocupando un cargo institucional de relevancia y mantiene un peso político considerable, su papel como coordinadora de Sumar ya solo será simbólico: “La mejor ministra de Trabajo de la historia de España”, como dicen los fans de la vicepresidenta. Algunas fuerzas del espacio consideran que su liderazgo no ha logrado consolidarse territorialmente ni traducirse en una estructura organizativa sólida. Otras, en cambio, defienden que su figura sigue siendo imprescindible para mantener un proyecto común. En ese equilibrio inestable, la posibilidad de una transición ordenada hacia un liderazgo compartido o alternativo ha comenzado a discutirse de manera informal.
Bustinduy, según fuentes consultadas, no habría dado un paso explícito para postularse, pero sí habría mostrado disposición a asumir responsabilidades si el espacio lo requiere. Su entorno insiste en que no existe una ambición personal por ocupar el lugar de Díaz, sino una voluntad de contribuir a la estabilidad del proyecto. Esa matización es relevante en un espacio político donde las tensiones internas suelen amplificarse y donde cualquier movimiento puede interpretarse como una pugna por el poder.
El debate sobre el liderazgo de Sumar no se produce en el vacío. La relación con Podemos, la competencia con otras fuerzas progresistas y la necesidad de definir una estrategia electoral clara condicionan cualquier decisión. En este sentido, la figura de Bustinduy podría funcionar como un puente entre sensibilidades diversas. Su pasado en Podemos le otorga credibilidad ante sectores que se han distanciado de Sumar, mientras que su integración en el proyecto de Díaz lo sitúa como un dirigente leal a la actual dirección. Además, su papel en el Ministerio de Derechos Sociales ha sido valorado positivamente por distintos actores institucionales. Su gestión se ha caracterizado por un tono técnico y dialogante, alejado de la confrontación pública. Esa imagen podría resultar útil en un momento en el que Sumar necesita reforzar su perfil institucional y recuperar la iniciativa política.
