El mundo contemporáneo parece haber perdido cualquier tipo de contrapeso capaz de frenar a las potencias que como Estados Unidos e Israel actúan con una impunidad cada vez más evidente. Y algunos empiezan a añorar los tiempos de la URSS, cuando la disuasión y el equilibrio global de las dos superpotencias permitía mantener un cierto orden internacional.
Ni la Unión Soviética ni Estados Unidos fueron ejemplos de respeto absoluto a los derechos humanos. Ambos protagonizaron intervenciones, guerras, operaciones encubiertas y políticas internas que vulneraron libertades fundamentales. La Guerra Fría fue, en buena medida, un duelo entre dos sistemas que se presentaban como modelos de emancipación mientras cometían abusos en nombre de su propia supervivencia. Sin embargo, la existencia de dos bloques imponía límites. Cada potencia vigilaba a la otra, y esa vigilancia (aunque imperfecta) generaba un cierto equilibrio.
Hoy, ese equilibrio ha desaparecido. La caída de la URSS dejó a Estados Unidos como potencia hegemónica, y aunque el mundo ha cambiado desde entonces, su influencia militar, económica y diplomática sigue siendo enorme. En nuestros días, Donald Trump hace y deshace como si se tratara de un nuevo emperador absoluto. Con un Stalin enfrente (Putin no es más que una marioneta en manos de los oligarcas) el magnate neoyorquino se lo pensaría dos veces a la hora de invadir Venezuela, Cuba o Irán. Y, por supuesto, Netanyahu frenaría en su espiral de crímenes de guerra. En ese contexto, la metáfora de “una nueva Unión Soviética” apunta a la necesidad de un contrapeso, no a la resurrección de un sistema autoritario. Es una forma de decir que el mundo unipolar ha permitido que ciertas decisiones se tomen sin suficiente escrutinio internacional. La hegemonía del fascismo de un solo polo sin el control del otro totalitarismo no nos lleva a nada bueno. El pánico nuclear garantizaba cierta entente y estabilidad.
No se trata de caer en el tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero este sindiós internacional en el que ha caído la humanidad no se había visto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas, la rivalidad entre bloques obligaba a cada potencia a justificar sus acciones ante la comunidad internacional. No porque fueran más éticas, sino porque necesitaban mantener una imagen de legitimidad frente al adversario. La propaganda, paradójicamente, generaba un incentivo para moderar ciertos excesos. Cuando uno de los bloques cometía una violación flagrante de derechos humanos, el otro la explotaba mediáticamente, lo que obligaba a responder, matizar o rectificar.
En el mundo actual, ese mecanismo se ha debilitado. Diversas organizaciones de derechos humanos han documentado situaciones preocupantes en distintos conflictos contemporáneos, y la percepción de impunidad se ha vuelto más visible. La alianza entre Estados Unidos e Israel, por ejemplo, ha sido objeto de intensos debates internacionales, especialmente en contextos donde se han denunciado vulneraciones graves (el caso de Gaza, un genocidio con más de 70.000 personas exterminadas es paradigmático). La crítica no proviene solo de gobiernos, sino también de organismos multilaterales, expertos independientes y movimientos sociales que reclaman mayor responsabilidad y transparencia.
La metáfora de la “nueva Unión Soviética” surge, entonces, como una forma de expresar frustración ante la falta de mecanismos eficaces para frenar abusos o exigir rendición de cuentas. No se trata de idealizar el pasado, sino de señalar que el presente carece de un equilibrio que limite el poder de los actores más influyentes.
Al invocar la necesidad de una nueva URSS, se obliga a confrontar una contradicción. ¿Cómo es posible que alguien, aun irónicamente, sugiera la necesidad de un sistema que también cometió atrocidades como los campos de concentración de Siberia y los tristemente célebres gulags donde perecieron miles de rusos? La intención es subrayar que el problema no es quién ostenta el poder, sino la ausencia de límites efectivos al ejercicio de ese poder.
La ironía permite denunciar sin caer en la ingenuidad. Reconoce que ningún bloque histórico o imperio fue inocente, pero también que la existencia de varios centros de poder puede, en ocasiones, frenar los excesos de cada uno. No porque sean moralmente superiores, sino porque se vigilan mutuamente. Algunos analistas sostienen que el mundo ya no es unipolar, que potencias emergentes como China, India o ciertos bloques regionales están configurando un nuevo equilibrio. Sin embargo, ese equilibrio es desigual y fragmentado. Ninguno de estos actores cumple el papel de contrapeso global en términos de derechos humanos, y muchos de ellos tienen también historiales complejos en esa materia.
La metáfora de la “nueva Unión Soviética” no apunta a un país concreto, sino a un concepto: la necesidad de un sistema internacional capaz de limitar abusos, independientemente de quién los cometa. Un sistema que no dependa de la rivalidad entre superpotencias, sino de instituciones fuertes, independientes y respetadas. La URSS no volverá jamás. Pero China podría coger ese relevo. ¿Volverá el mundo, desde ese momento, a ser ese oasis tenso que fue desde 1945?
