La muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei, ha privado a Vladimir Putin de uno de sus aliados más útiles en su pulso contra Occidente. Pero la geopolítica rara vez es lineal. Si en el plano diplomático el Kremlin pierde influencia en Teherán, en el plano energético podría ganar algo mucho más tangible: un shock petrolero capaz de reforzar los ingresos rusos en plena guerra contra Ucrania.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha desencadenado el cierre del Estrecho de Ormuz, el corredor marítimo por el que transita una parte sustancial del petróleo y del gas natural licuado mundial. Este estrechamiento concentra el riesgo geopolítico en apenas unos kilómetros de mar. Su interrupción prolongada amenaza con alterar los flujos comerciales globales y disparar los precios del crudo.
Petróleo, arma geopolítica
El crudo Brent ronda actualmente los 75 dólares por barril, pero en Moscú ya se especula con una escalada hacia los 100 dólares. Kirill Dmitriev, enviado del Kremlin, lo expresó sin ambages: el alza sería cuestión de tiempo. Para Rusia, sometida a sanciones occidentales desde la invasión de Ucrania en 2022, cada dólar adicional en el precio internacional del petróleo tiene un efecto multiplicador en su presupuesto.
No es casualidad que la maquinaria propagandística rusa haya reaccionado con un entusiasmo apenas disimulado. Vladimir Solovyov, uno de los comentaristas más influyentes del ecosistema mediático del Kremlin, describió el ataque contra Irán como una “gran ventaja” presupuestaria. El cálculo es simple: si el conflicto reduce la oferta iraní o paraliza exportaciones del Golfo, Rusia se convierte en uno de los pocos grandes proveedores capaces de cubrir el déficit.
El razonamiento tiene lógica estructural. A pesar de las sanciones europeas y del tope de precios impulsado por el G7, Moscú ha mantenido un flujo constante de exportaciones hacia Asia. India y China han incrementado sus compras de crudo ruso con descuento. Si el petróleo iraní o venezolano queda restringido, y más aún si Washington endurece su control sobre el crudo de Venezuela, esos grandes importadores podrían profundizar su dependencia de Rusia.
Estrategia del Kremlin
En el plano diplomático, Moscú ha condenado el asesinato de Jamenei, calificándolo de violación del derecho internacional. El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso ha advertido que el cierre del Estrecho de Ormuz podría generar un “desequilibrio significativo” en los mercados energéticos. La retórica oficial denuncia la escalada; la aritmética presupuestaria la observa con pragmatismo.
Esta ambivalencia no es nueva. Rusia es simultáneamente potencia revisionista y exportador de materias primas. El Kremlin denuncia la inestabilidad global mientras capitaliza sus consecuencias. Un petróleo por encima de 100 dólares no solo compensaría descuentos forzados por sanciones, sino que fortalecería la financiación de la guerra en Ucrania, que entra en su quinto año.
La estructura fiscal rusa depende en gran medida de los hidrocarburos. Un repunte sostenido del crudo aliviaría presiones internas, estabilizaría el rublo y permitiría mantener el gasto militar sin recurrir a ajustes impopulares. En otras palabras, la guerra en Oriente Medio podría convertirse en un subsidio indirecto para la guerra en Europa del Este.
Riesgos sistémicos
Sin embargo, la apuesta no está exenta de riesgos. Un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz afectaría también a la demanda global, podría acelerar una desaceleración económica y reducir el consumo energético. Un shock demasiado severo no distingue entre productores “amigos” y “enemigos”. Además, un aumento extremo de precios incentivaría a Estados Unidos a expandir su propia producción de shale, amortiguando el beneficio ruso a medio plazo.
En el corto plazo, no obstante, Moscú dispone de una carta fuerte. La fragmentación del orden energético global, acentuada por sanciones, guerras y rivalidades estratégicas, favorece a los exportadores resilientes. Rusia ha demostrado una notable capacidad para redirigir flujos comerciales y adaptarse a mercados alternativos.
Geopolítica de suma variable
La muerte de Jamenei debilita el eje político Moscú-Teherán, pero la crisis abre una oportunidad económica. En geopolítica, las pérdidas diplomáticas pueden compensarse con ganancias financieras. El Kremlin parece entender que el conflicto no es solo un enfrentamiento militar regional, sino un reordenamiento de incentivos energéticos globales.
La pregunta clave es la duración. Si la interrupción en el Golfo es breve, el efecto será especulativo y transitorio. Si se prolonga, el reequilibrio de los flujos comerciales podría consolidar a Rusia como proveedor indispensable para Asia en un momento crítico.
Así, mientras Occidente debate la legalidad y las implicaciones estratégicas de la guerra contra Irán, Moscú observa los mercados para monetizar el regalo de Trump. Para el Kremlin, el barril no es solo una unidad de energía; es una variable estratégica. En un mundo donde la política internacional se mide cada vez más en flujos (de capital, de armas, de hidrocarburos), el cierre de un estrecho puede abrir una oportunidad.