Un PSOE sin Felipe González no solo es posible sino deseable

Cada vez son más las voces del partido socialista que reclaman una expulsión del expresidente del Gobierno por sus continuas deslealtades

16 de Febrero de 2026
Actualizado a las 9:30h
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Felipe González en El Hormiguero de Pablo Motos.
Felipe González en El Hormiguero de Pablo Motos.

Hace unos días, Felipe González confesó que votará en blanco en las próximas elecciones generales por sus discrepancias con la actual dirigencia y en concreto con Pedro Sánchez, con el que ya no se habla. Su declaración provocó un auténtico terremoto en el PSOE. ¿Cómo era posible que el gran líder que patroneó el partido durante la Transición, el hombre que modernizó el país, el gran referente de la izquierda en un pasado no tan lejano dijera semejante cosa absurda y sin sentido? Nadie en Ferraz entendía nada, se acusó a González de deslealtad, de traidor a las ideas, y lo que es aún peor: de haber evolucionado hacia la derecha. 

Poco después, el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, insinuaba que el tótem del socialismo español no debería estar en el partido, dejando la puerta abierta a un expediente de expulsión como ya ocurrió con otros dirigentes históricos. El asunto se está analizando en profundidad en la organización y cualquier cosa es posible.

La relación entre el PSOE y la figura de Felipe González ha sido, durante décadas, uno de los ejes simbólicos más potentes de la política española. Su legado como presidente del Gobierno y su influencia en la cultura política del socialismo español han convertido su nombre en un referente inevitable. Sin embargo, en los últimos años se ha intensificado un debate interno y externo: ¿puede el PSOE construir un proyecto plenamente autónomo respecto a la figura de González? ¿Es posible un socialismo español que no dependa de su sombra histórica? Para muchos analistas, la respuesta es sí, y de hecho ese proceso ya está en marcha.

Un liderazgo histórico que marcó una época

Felipe González lideró el PSOE durante más de dos décadas y gobernó España entre 1982 y 1996. Su figura está asociada a la entrada en la Unión Europea, a la modernización económica y a la consolidación del Estado del bienestar. Para varias generaciones de militantes y votantes, su nombre simboliza el salto del socialismo español hacia la centralidad política y la estabilidad institucional.

Ese peso histórico explica que, incluso décadas después de dejar la presidencia, González siga siendo una referencia en debates internos del partido. Sus declaraciones públicas, sus análisis sobre la política nacional y su visión sobre la evolución del PSOE continúan generando titulares y reacciones. Pero también han provocado tensiones, especialmente cuando sus posiciones han diferido de las estrategias adoptadas por las direcciones más recientes.

Un partido en transformación

El PSOE del siglo XXI es muy distinto al que González lideró. La irrupción de nuevas fuerzas políticas, la fragmentación del sistema de partidos, la transformación del mercado laboral, el auge de los movimientos sociales y la evolución del electorado han obligado al socialismo español a redefinir su identidad. En este contexto, el partido ha buscado nuevas formas de conectar con sectores urbanos, jóvenes y progresistas, al tiempo que intenta mantener su base tradicional. También ha pactado con Podemos y partidos independentistas como Esquerra o Bildu. Nada de eso ha sido entendido por González, a quien a menudo se acusa de estar fuera de la realidad de la España actual. De no entender el país. De haberse quedado anclado en el pasado.

Las direcciones más recientes han impulsado cambios organizativos, discursivos y estratégicos que responden a un escenario político más competitivo. Este proceso ha generado debates internos sobre la continuidad o ruptura con el legado histórico del partido. Para algunos sectores, el PSOE debe reivindicar su tradición sin quedar anclado en ella. Para otros, la figura de González representa un modelo que ya no encaja en la realidad actual.

El peso simbólico y sus límites

La influencia de González en el imaginario socialista es indiscutible, pero también tiene límites. El PSOE ha demostrado en varias ocasiones que puede ganar elecciones, gobernar y definir su rumbo sin depender de su figura. Las victorias electorales de los últimos años, la capacidad de formar gobiernos y la consolidación de nuevos liderazgos muestran que el partido ha desarrollado una identidad propia adaptada a los desafíos contemporáneos.

Analistas políticos señalan que todos los partidos con larga trayectoria atraviesan procesos similares: la convivencia entre un legado histórico poderoso y la necesidad de renovarse. En el caso del PSOE, este equilibrio es especialmente visible porque González representa uno de los periodos más influyentes de la democracia española. Pero la evolución del partido indica que su capacidad de adaptación no está condicionada por la presencia o ausencia de un referente concreto.

Nuevas generaciones, nuevas prioridades

Una parte creciente de la militancia y del electorado socialista pertenece a generaciones que no vivieron los gobiernos de González o que los recuerdan de forma distante. Para estos grupos, el PSOE se define más por sus posiciones actuales que por su historia. Sus preocupaciones giran en torno a cuestiones como la igualdad de género, la transición ecológica, la digitalización, la vivienda o la precariedad laboral.

Este cambio generacional ha reducido el peso emocional del legado de González en la vida interna del partido. Aunque sigue siendo una figura respetada, su influencia simbólica ya no es determinante para quienes se incorporan a la política desde otras coordenadas. El PSOE, en este sentido, se encuentra en un proceso natural de renovación que lo aleja progresivamente de sus referentes históricos sin necesidad de renegar de ellos.

Un debate que refleja tensiones más amplias

La discusión sobre la relación entre el PSOE y González no es solo un debate sobre personas, sino sobre modelos de partido. En el fondo, refleja tensiones entre distintas visiones sobre la socialdemocracia, el papel del Estado, las alianzas políticas y la estrategia electoral. Algunos sectores consideran que el PSOE debe mantener una posición más centrada, mientras que otros apuestan por reforzar su perfil progresista y su capacidad de pactar con fuerzas a su izquierda.

En este contexto, las intervenciones públicas de González suelen interpretarse como posicionamientos dentro de ese debate más amplio. Pero el partido ha demostrado que puede tomar decisiones estratégicas sin depender de su aprobación o rechazo. La autonomía de las direcciones actuales es un indicador de que el PSOE ha desarrollado una estructura capaz de sostenerse por sí misma.

Un futuro abierto

La pregunta sobre si un PSOE sin Felipe González es posible tiene una respuesta cada vez más evidente: no solo es posible, sino que ya existe. El partido ha evolucionado, ha cambiado de liderazgos, ha adaptado su discurso y ha respondido a desafíos que no formaban parte del escenario político de los años ochenta y noventa. Su capacidad para gobernar y para mantenerse como una de las principales fuerzas políticas del país demuestra que su identidad no depende exclusivamente de su pasado.

Esto no significa que el legado de González vaya a desaparecer. Su figura seguirá siendo un referente histórico, un punto de comparación y un elemento de debate. Pero el PSOE ha entrado en una etapa en la que su futuro se construye desde otras coordenadas, con nuevos actores y nuevas prioridades. La historia del partido continúa, y lo hace con autonomía suficiente para definir su propio rumbo. El PSOE no puede depender de la nostalgia. Y si Felipe no lo entiende así, si sigue aferrándose a opiniones conservadoras (incluso copiando discursos de la derecha), lo más lógico es que dé un paso al lado y abandone un partido con el que ya tiene poco o nada que ver.

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