Oskar Matute, otra diana de los bulos del PP

Pese a las insidias de Feijóo durante la comisión de la dana, el portavoz de Bildu nunca apoyó la violencia de ETA e incluso se manifestó contra ella

04 de Febrero de 2026
Actualizado a las 12:04h
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Oskar Matute en una imagen de archivo

En los últimos años, el clima político en España ha experimentado una creciente polarización que ha convertido el debate público en un terreno fértil para la desinformación, la simplificación extrema y la demonización del adversario. Uno de los casos más llamativos de esta dinámica es el acoso dirigido contra Oskar Matute, diputado de EH Bildu, a quien determinados sectores han intentado vincular reiteradamente con ETA pese a que nunca perteneció a la organización armada y, de hecho, se manifestó públicamente contra sus crímenes. La insistencia en atribuirle una identidad que no le corresponde no solo constituye un ataque personal, sino que revela un problema más profundo: la instrumentalización del pasado para erosionar la legitimidad democrática del presente.

El pasado lunes, durante la comisión de la dana, Alberto Núñez Feijóo se despachó a gusto (e injustamente) con él. Feijóo trató de desviar el tema de la gestión negligente de Mazón hacia ETA, aludiendo a la organización terrorista. Fue su forma de deslegitimar las preguntas del diputado de EH Bildu. También recurrió a ironías y ataques personales cuando Matute le acusó de mentir. “Escucharle a usted hablar de verdades, mentiras… es un insulto, porque después de los más de 800 muertos que tiene…” Durante la intervención, el líder del PP fue llamado al orden por la presidenta de la comisión.

Oskar Matute nació en 1972 y, según múltiples declaraciones, nunca formó parte de la organización ni justificó sus acciones. A lo largo de su trayectoria política, ha condenado la violencia y ha defendido vías exclusivamente democráticas para la resolución de conflictos. Sin embargo, en el imaginario de ciertos sectores, especialmente dentro del Partido Popular, se ha construido una narrativa que lo presenta como un “heredero” o incluso un “cómplice” del terrorismo. Esta narrativa no se sostiene en hechos verificables, sino en una estrategia discursiva que busca asociar a Bildu (y por extensión a cualquier persona vinculada a la izquierda abertzale) con un pasado que ya no define la realidad política vasca.

El acoso hacia Matute no es un fenómeno aislado, sino parte de un patrón más amplio. En el debate político español, la memoria del terrorismo ha sido utilizada con frecuencia como arma arrojadiza. La lucha contra ETA, que durante décadas fue un objetivo compartido por la inmensa mayoría de la sociedad, se ha convertido en algunos casos en un recurso retórico para desacreditar al adversario. Esta instrumentalización no solo distorsiona la historia, sino que dificulta la convivencia y la reconciliación en un país que aún lidia con las heridas del pasado.

La figura de Matute resulta especialmente incómoda para quienes buscan mantener viva la asociación automática entre izquierda abertzale y violencia. Su trayectoria personal contradice esa simplificación: participó en movilizaciones contra los atentados, defendió públicamente el fin de la violencia y ha insistido en la necesidad de reconocer el sufrimiento de todas las víctimas. Su discurso, centrado en la justicia social, el antifascismo y la defensa de los derechos civiles, no encaja en el estereotipo que algunos sectores intentan imponer. Por eso, en lugar de debatir sus propuestas políticas, se recurre a la descalificación personal.

El mecanismo es conocido: repetir una acusación falsa hasta que cale en parte de la opinión pública. La estrategia del sambenito (atribuir a alguien un estigma que no le pertenece) ha sido utilizada históricamente para excluir, silenciar o deslegitimar. En este caso, el sambenito es el de “asesino” o “terrorista”, términos extremadamente graves que, cuando se aplican sin fundamento, no solo dañan a la persona señalada, sino que banalizan el sufrimiento real de quienes sí fueron víctimas del terrorismo. Convertir una acusación tan seria en un arma política es una forma de trivialización que empobrece el debate democrático.

El acoso a Matute también debe entenderse en el contexto de la evolución de EH Bildu. Desde hace años, la coalición ha experimentado un proceso de transformación interna que la ha llevado a asumir posiciones inequívocas de rechazo a la violencia y a participar plenamente en las instituciones democráticas. Este cambio ha sido reconocido por diversos actores políticos y sociales, pero para ciertos sectores supone una amenaza narrativa: si Bildu se normaliza, si sus representantes son percibidos como interlocutores legítimos, se desmorona un marco discursivo que ha sido útil para movilizar a parte del electorado. Por eso, figuras como Matute se convierten en objetivos prioritarios de campañas de desprestigio.

El problema no es solo la falsedad de las acusaciones, sino el clima de hostilidad que generan. Cuando un representante público es señalado repetidamente como “asesino” sin pruebas, se alimenta un ambiente de odio que puede tener consecuencias reales: amenazas, agresiones verbales e incluso físicas. La política deja de ser un espacio de confrontación de ideas para convertirse en un campo de batalla emocional donde el adversario es tratado como enemigo. Esta dinámica no solo afecta a Matute, sino que deteriora la calidad democrática del país.

Además, el uso partidista del pasado impide abordar de manera madura y constructiva la memoria del terrorismo. La sociedad española ha avanzado enormemente en este terreno, pero aún queda camino por recorrer. La memoria debe servir para aprender, no para dividir. Reconocer el dolor de las víctimas, exigir responsabilidades y garantizar que nada parecido vuelva a ocurrir son objetivos compartidos. Sin embargo, cuando la memoria se convierte en arma política, se pierde la oportunidad de construir un relato común basado en la verdad y la justicia.

El caso de Oskar Matute es un ejemplo claro de cómo la desinformación y la manipulación pueden distorsionar la percepción pública. También es un recordatorio de la importancia de defender un debate político basado en hechos y no en estigmas. La democracia se fortalece cuando se confrontan ideas, no cuando se demoniza a personas. Y se debilita cuando se permite que el ruido sustituya a la razón.

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