Un pogromo es la persecución o linchamiento, espontáneo o premeditado, de un grupo étnico o religioso acompañado de la destrucción o el expolio de sus bienes (propiedades, casas, comercios, templos religiosos). La Noche de los Cristales Rotos, ocurrida en Alemania en noviembre de 1938, es considerada el mayor pogromo de la historia y un momento clave en el horror del Holocausto judío. La historia vuelve a repetirse.
Hoy, va ya para el siglo, los esbirros del ICE reclutados por Donald Trump siembran el terror en las calles de Minnesota. Latinos, negros, árabes, asiáticos, todos los que no sean ricos, rubios y anglos son los nuevos judíos. Las cucarachas a exterminar, según el lenguaje trumpista que copia palabra a palabra y letra a letra el viejo manual de deshumanización nazi. El presidente norteamericano (por llamarlo de alguna manera) ha prometido expulsar a once millones de inmigrantes en tiempo récord. Y, visto lo visto, va camino de conseguirlo. Lo que parecía la idea descabellada de un individuo lunático, narcisista y delirante empieza a no serlo tanto. Detenciones ilegales, deportaciones, secuestros, palizas, registros domiciliarios, sórdidos centros de concentración, brutales cargas policiales y asesinatos (más bien ejecuciones oficiales impunes y a plena luz del día) están a la orden del día. Nadie se siente a salvo ya en el país de la libertad.
Todo esto es lo que nos espera si el trumpismo llega al poder en España algún día. Algún destacado político de Vox ya ha dejado caer, sin complejo ni rubor, que el partido ultra tiene previsto echar a patadas a más de siete millones de personas. Abascal lo negó en uno de sus tuits más polémicos, cuando dijo aquello de que aún no sabe el número exacto de personas a las que piensa deportar sin piedad. “Son todos los que hayan venido a delinquir. Todos los que pretendan imponer una religión extraña. Todos los que maltraten o menosprecien a las mujeres. Todos los que hayan venido a vivir del esfuerzo de los demás. Y todos los menas, porque los menores tienen que estar con sus padres. No sabemos cuántos son. Cuando lleguemos al Gobierno lo sabremos. Y se irán todos”, alegó. Todo vuelve, todo retorna, también los viejos bulos como que las cámaras de gas de Hitler no eran hornos crematorios para el exterminio masivo, sino higiénicas duchas para evitar la propagación del tifus a las que las víctimas entraban alegres y contentas. Vivimos un proceso histórico extraño: la gente está dispuesta a tragarse la mayor de las patrañas con tal de apaciguar sus miedos.
El tono y el estilo de aquel mensaje de Abascal, fundacional del odio al diferente, es calcado al empleado por Trump cada mañana cuando sale del jacuzzi, el criado le seca la espalda con una toalla y teclea su odio para el resto de mundo en el teléfono móvil. No en vano, Vox es la sucursal del trumpismo en nuestro país y sigue paso a paso la hoja de ruta que marca el gurú de la secta MAGA. Así que ha llegado el momento oportuno de preguntarse cómo piensa la formación ultraderechista llevar a cabo su masivo plan de deportaciones que recuerdan en buena medida a los viejos pogromos del siglo pasado. ¿Está dispuesto a enviar a la Guardia Civil a la Minnesota de la España vaciada para sacar a los extranjeros a rastras de sus casas? ¿Enviará a la UCO a los colegios para arrestar a niños de cinco años como si se tratara de peligrosos terroristas del Estado islámico? ¿O acaso está pensando en crear una unidad especial de matones y mercenarios a sueldo, tipo ICE, tipo “hombres de hielo”, para consumar su retorcido y maquiavélico plan?
La bravuconada de Abascal no parece tener demasiado recorrido. España forma parte de la Unión Europea. Hay una Constitución que garantiza los derechos humanos, unos contrapesos políticos ante los abusos del Gobierno, controles judiciales, leyes, convenios internacionales. Además, como muy bien dice Gabriel Rufián, “si expulsan a tanta gente del país va a tener que trabajar hasta Abascal”. Y por ahí no. El Caudillo de Bilbao no parece que esté muy por la labor de remangarse y dar el callo. La España que madruga no es para él. No cree en la democracia y el parlamentarismo le da asco. Pero puede hacerlo. Puede hacer realidad la distopía de llenar los centros de detención de “menas”, como ya está ocurriendo en el Centro Residencial Familiar del Sur de Texas. Esa imagen aérea robada por los reporteros de The Associated Press, todos esos pequeños amontonados en una especie de sórdido correccional dickensiano, en el Auschwitz yanqui, mientras entre lágrimas sostienen carteles implorando “libertad para los niños”, pone los pelos de punta y demuestra el nivel de deshumanización al que ha llegado el trumpismo.
Feijóo es un hombre vacuo y sin principios dispuesto a echarse en brazos de los ultras si no le queda otra para llegar a la Moncloa. Abascal es un tipo fanatizado y radicalizado al extremo capaz de cualquier cosa para hacer realidad su retorno al pasado y su ensoñación franquista. ¿Qué puede salir mal con la diabólica confluencia histórica de dos líderes de esa guisa? ¿Todo? Ahora el jefe de Vox está a lo que está: a merendarse al líder de la derecha tradicional española para darle el sorpasso definitivo. Anda disparado en las encuestas y no es extraño pensar que en un futuro no muy lejano Vox ya no será la muleta del PP, sino más bien al revés. Ese será el momento en que el trumpismo ibérico pondrá en marcha su ideario, su cruel hoja de ruta, su pogromo. A buen seguro que Abascal ya está buscando a un general Bovino disfrazado de Herr Kommandant de la Gestapo que le haga las veces de zar de la frontera en Ceuta y Melilla (candidatos no le faltarán, este es un país de exaltados). Así que brazo en alto y lo que mande papá Trump.