La figura de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, se ha situado en el punto de mira internacional. Tras casi catorce años como primer ministro de los Países Bajos, su llegada a la secretaría general de la Alianza Atlántica en octubre de 2024 lo colocó en el centro de un tablero geopolítico diabólico marcado por tensiones crecientes, el resurgimiento de la rivalidad entre potencias y el retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Finalmente, tras la creación del nuevo desorden mundial a manos del magnate neoyorquino, Rutte ha pasado del pragmatismo al trumpismo sin complejos. Es decir, se ha adaptado a las exigencias del mandatario estadounidense convirtiéndose en un vasallo de su señor.
El último acuerdo entre Trump y Rutte sobre Groenlandia es la prueba palpable de que estamos ante un topo de Washington. El pasado miércoles ambos llegaron a un punto de entendimiento para cerrar un futuro acuerdo con la OTAN sobre la isla, pero el pacto generó escándalo y polémica. Lo cierto es que a esta hora se sabe muy poco de un acuerdo del que apenas se conoce que la soberanía seguirá en manos de Dinamarca y la UE. Nada ha trascendido sobre las bases militares, sobre el incremento de la presencia norteamericana en la zona, sobre la explotación de yacimientos minerales y el destrozo que esta ocasionará al medio ambiente. Rutte ha vendido Groenlandia, sin más, y a otra cosa. Lo cual resulta llamativo, ya que un solo hombre no tiene poder de negociación suficiente ni está legitimado para saltarse las instituciones democráticas europeas, que tienen toda la competencia para llegar a acuerdos con las superpotencias a cuenta del área ártica. La sensación es que el secretario ha ido más lejos de lo debido en sus atribuciones. Con funcionarios así, Trump no necesita enviar a los marines a la zona.
Para entender el papel de Rutte en la OTAN, conviene recordar su trayectoria. Durante más de una década al frente del gobierno neerlandés, se consolidó como un dirigente liberal de corte centrista, hábil negociador y defensor del equilibrio entre disciplina fiscal y apertura económica. Su reputación en Bruselas era la de un político fiable, europeísta moderado y capaz de mediar entre posiciones enfrentadas dentro de la Unión Europea.
Sin embargo, su liderazgo también estuvo marcado por una creciente presión interna: escándalos administrativos, tensiones sobre políticas migratorias y el desgaste natural de un mandato prolongado. Su salida del gobierno en 2023 y posterior elección como secretario general de la OTAN se interpretó como un movimiento lógico para un dirigente con amplia experiencia internacional y buena relación con Washington.
La OTAN en un momento crítico
Cuando Rutte asumió el cargo, la Alianza Atlántica atravesaba un periodo de incertidumbre. La guerra en Ucrania seguía sin una resolución clara, el gasto militar europeo continuaba por debajo de los niveles exigidos por Estados Unidos y la cohesión interna se veía amenazada por divergencias estratégicas entre los miembros. La vuelta de Trump a la presidencia añadió un elemento adicional de presión: el mandatario estadounidense había sido, durante su primer mandato, uno de los críticos más duros de la OTAN, llegando a cuestionar su utilidad y a amenazar con retirar su apoyo si los aliados no aumentaban significativamente su inversión en defensa. De hecho, el presidente de Estados Unidos situó a España como enemigo público número 1 de USA por no incrementar su gasto en defensa hasta el 5 por ciento (actualmente está en el 2).
En este contexto, la elección de Rutte fue interpretada por muchos como un gesto hacia Washington. Su perfil conservador, su capacidad para negociar y su historial de cooperación con Estados Unidos lo convertían en un candidato aceptable para Trump, que buscaba un secretario general dispuesto a impulsar con firmeza el aumento del gasto militar europeo.
Alineamiento o pragmatismo estratégico
Desde su llegada al cargo, Rutte ha adoptado un discurso que coincide en gran medida con las prioridades de la administración Trump. Ha insistido en que los países europeos deben invertir en gasto militar, ha defendido una postura más dura frente a China y ha respaldado la idea de que la OTAN debe modernizarse para responder a amenazas híbridas y tecnológicas.
Para algunos analistas, esta postura refleja un alineamiento claro con Washington. Argumentan que Rutte ha asumido sin matices la agenda estadounidense, especialmente en lo relativo a la presión fiscal sobre los aliados europeos. Señalan también que su estilo comunicativo, más directo y menos diplomático que en su etapa como primer ministro, parece adaptarse a la retórica de Trump, que privilegia mensajes contundentes y resultados inmediatos.
Otros observadores, sin embargo, interpretan su actitud como una forma de pragmatismo. Sostienen que Rutte entiende que la supervivencia de la OTAN depende en gran medida del compromiso estadounidense y que, para mantener a Trump dentro de la Alianza, es necesario mostrar avances concretos en las áreas que más preocupan a Washington. Desde esta perspectiva, su estrategia no sería una subordinación, sino un intento de preservar la cohesión transatlántica en un momento especialmente delicado.
Europa entre la presión y la autonomía estratégica
La relación entre Rutte y Trump también debe analizarse en el marco más amplio del debate europeo sobre la autonomía estratégica. Desde hace años, la Unión Europea discute la necesidad de desarrollar capacidades militares propias que reduzcan su dependencia de Estados Unidos. Sin embargo, los avances han sido lentos y desiguales, y la mayoría de los países siguen confiando en la OTAN como principal garante de su seguridad.
Rutte, consciente de esta realidad, ha defendido públicamente que cualquier proyecto de defensa europea debe complementarse (y no competir) con la OTAN. Sin embargo, Trump quiere acabar con la Alianza. Sus últimas amenazas de invasión de Groenlandia van en esa línea. Si Estados Unidos ataca la isla bajo dominio de Dinamarca, se daría la paradoja de que un miembro de la OTAN declararía una guerra contra sus socios y aliados. Algo así solo puede salir de la cabeza de un hombre delirante como Donald Trump. Y ante ese desafío, ¿qué hace Rutte? Guardar silencio cobarde, alineamiento con el imperialismo yanqui, una vergonzosa sumisión. Para algunos críticos, esta coincidencia refuerza la idea de que Rutte actúa como un ejecutor de la agenda de Washington. Para otros, simplemente refleja la correlación de fuerzas actual: Europa no está preparada para asumir sola su defensa, y Rutte lo reconoce sin ambigüedades.
Un liderazgo sometido al escrutinio
La percepción pública sobre Rutte ha evolucionado desde su llegada a la OTAN. Mientras algunos gobiernos europeos valoran su capacidad para mantener un diálogo fluido con Trump, otros temen que su cercanía al presidente estadounidense limite su margen de maniobra. En países como Francia o Alemania, donde existe un deseo creciente de reforzar la autonomía europea, su figura genera cierta desconfianza.
A pesar de ello, Rutte ha intentado equilibrar su relación con Washington con gestos hacia los aliados europeos. Ha impulsado iniciativas de cooperación tecnológica, ha defendido la importancia de la unidad frente a Rusia y ha insistido en que la OTAN debe adaptarse sin perder su esencia multilateral. Su desafío consiste en mantener este equilibrio sin ser percibido como un mero transmisor de las exigencias estadounidenses.
Mark Rutte se encuentra en una posición compleja. Su papel como secretario general de la OTAN exige mantener la cohesión de una alianza diversa, gestionar tensiones internas y responder a un entorno internacional cada vez más volátil. Su relación con Donald Trump, lejos de ser una simple cuestión de afinidad personal, está condicionada por la necesidad de asegurar el compromiso estadounidense con la seguridad europea.
Si su estrategia será recordada como pragmática o como excesivamente alineada con Washington dependerá, en última instancia, de los resultados: la capacidad de la OTAN para mantenerse unida, la evolución del conflicto en Ucrania y el equilibrio entre las prioridades europeas y estadounidenses. Lo que sí parece claro es que Rutte, con su estilo directo y su experiencia política, se ha convertido en una figura clave en una de las etapas más inciertas de la Alianza Atlántica. Está en juego, ni más ni menos, que el futuro de la OTAN, una organización que podría terminar desapareciendo en un hecho histórico.
