Donald Trump ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: rebautizar una vieja ambición de poder como una innovación histórica. La llamada Junta de la Paz, presentada con solemnidad en Davos como un nuevo instrumento para gestionar conflictos globales, no es, pese a la retórica grandilocuente, un avance del multilateralismo, sino su caricatura autoritaria. Más que una alternativa eficaz a la diplomacia internacional, se perfila como una ONU paralela diseñada para vaciar de contenido a la ONU real.
La Junta de la Paz nace de una premisa inquietante: que los conflictos internacionales se resuelven mejor sin reglas compartidas, sin procesos inclusivos y sin instituciones que limiten el poder de los más fuertes. En otras palabras, sin multilateralismo. Trump no oculta esta visión. Para él, la política internacional es una transacción, no un sistema; un mercado de fuerza, no un orden jurídico.
A diferencia de Naciones Unidas, la Junta de la Paz no pretende representar a la comunidad internacional, sino a un club selecto de Estados “eficaces”, definidos no por su legitimidad democrática, sino por su capacidad de imponer hechos consumados. La eficiencia sustituye a la legalidad; la lealtad personal, a las normas; el acuerdo entre líderes, a los consensos institucionales.
Autócratas cómodos, demócratas incómodos
No es casual que el entusiasmo por esta iniciativa provenga sobre todo de regímenes autoritarios o iliberales. Para los autócratas, la ONU siempre ha sido un espacio incómodo: informes de derechos humanos, relatorías independientes, votaciones imprevisibles y una burocracia que insiste en recordar límites legales. La Junta de la Paz, en cambio, ofrece algo mucho más atractivo: diplomacia sin escrutinio.
En este foro alternativo, las guerras no se juzgan; se gestionan. Las invasiones no se condenan; se negocian. Los derechos humanos no son un principio, sino una variable secundaria. Es la institucionalización del cinismo estratégico: si el conflicto puede congelarse, poco importa cómo empezó o quién lo sufre. No hay más que ver el listado de países que han firmado: Argentina (Javier Milei), Hungria (Viktor Orban), Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Uzbekistán, Kazajistán, Jordania, Bielorrusia, Turquía, Pakistán, Qatar, Marruecos, Armenia, Paraguay o Kosovo.
Desprecio por la ONU
Trump lleva años denunciando a Naciones Unidas como un organismo inútil, costoso y sesgado contra Estados Unidos. Pero la Junta de la Paz no es una reforma; es una evasión. En lugar de mejorar el sistema multilateral existente, lo rodea, lo vacía y lo reemplaza por un mecanismo controlado desde Washington, sin Asamblea General, sin vetos cruzados incómodos y sin secretarios generales independientes.
El mensaje es inequívoco: las normas globales solo valen cuando no estorban. Cuando lo hacen, se crean foros alternativos donde los actores fuertes pueden decidir entre ellos. Es la lógica del “minilateralismo” llevada a su extremo más crudo: menos países, menos reglas, más poder concentrado.
Paz y orden sin derechos
La Junta de la Paz promete resultados rápidos. Pero la historia enseña que la paz sin legitimidad es inestable. Los acuerdos alcanzados entre élites autoritarias, sin participación de las sociedades afectadas ni garantías jurídicas, tienden a ser frágiles, reversibles y profundamente injustos.
Al reducir los conflictos a un problema de gestión entre grandes potencias, la Junta ignora a los actores locales, a las víctimas y a los principios básicos del derecho internacional. Es una visión del mundo en la que la soberanía sirve para proteger a los poderosos, no a los pueblos.
El nuevo desorden global
Más que una solución, la Junta de la Paz es un síntoma. Refleja un mundo en el que el orden liberal internacional está siendo erosionado no solo por sus enemigos tradicionales, sino también por quienes alguna vez lo lideraron. Estados Unidos, bajo Trump, ya no busca arbitrar el sistema: busca dominarlo desde fuera.
La paradoja es que, al debilitar la ONU, Trump no está creando un mundo más estable, sino uno más volátil. Sin reglas compartidas, sin foros inclusivos y sin legitimidad institucional, la política internacional se convierte en una sucesión de acuerdos temporales entre hombres fuertes, sostenidos únicamente por la correlación de fuerzas del momento.
El futuro que propone Trump
La Junta de la Paz no representa el futuro de la gobernanza global, sino el abandono explícito de su pasado. Es un mundo donde la diplomacia se privatiza, el multilateralismo se desprecia y la paz se negocia como un contrato entre ejecutivos.
Naciones Unidas es lenta, contradictoria y a menudo frustrante. Pero es, con todas sus imperfecciones, el único espacio donde el poder aún tiene que justificarse. La Junta de Trump elimina esa molestia. Y precisamente por eso, lejos de traer la paz, amenaza con normalizar un orden internacional más injusto, más autoritario y, en última instancia, más peligroso.