A Donald Trump le produce urticaria y alergia el multilaterialismo. Desde que llegó al poder, y mediante diversas órdenes ejecutivas y memorandos presidenciales, ha ordenado la salida de 66 organizaciones internacionales consideradas “dechorradoras, ineficaces o perjudiciales” para los intereses nacionales de Estados Unidos. Entre ellas, 31 pertenecían a la ONU. La retirada incluía tanto a organismos como tratados internacionales, con suspensión inmediata de participación y financiación. Por lo visto, la OTAN tampoco le gusta y se ha propuesto volarla, acabar con ella, destruirla desde dentro.
Parece el argumento de una mala película bélica de sábado tarde, pero no lo es. Trump quiere romper con sus aliados europeos a los que odia porque han construido un sistema político intervencionista, el Estado de bienestar de la UE, que funciona bastante mejor que la jungla despiadada de USA y porque rompe con su idea del capitalismo depredador y caníbal (él, en su deriva reaccionaria decimonica, va todavía más allá del capitalismo salvaje). Su decisión de invadir Groenlandia, tras sacarse de la manga la “doctrina Donroe”, tiene ese objetivo: liquidar el eje atlantista en vigor desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La OTAN ya no sirve a los intereses de Trump por varias razones: primero porque la Unión Soviética ya no existe y Putin es uno de sus mejores nuevos amigos en el siniestro club de autócratas que gobiernan el mundo; en segundo lugar, porque le cuesta demasiado dinero y considera a los países menos poderosos algo así como gorrones que no aportan lo que deberían y que se aprovechan de la fortaleza militar yanqui para disuadir a sus enemigos y amenazas (España, a la que ha extorsionado para que invierta hasta el 2 por ciento de su PIB en armamento, sería uno de ellos); y tercero, sencillamente porque Trump es él, él y solo él, un inadaptado antisocial que no sabe trabajar en equipo ni en grupo, el típico niño malcriado que odia a los demás por un extraño complejo de inferioridad: el del rico supremacista que quiere que le quieran, pero al que nadie quiere porque cae gordo, antipático y mal.
El magnate neoyorquino ha decidido quedarse con Groenlandia, una isla rica en yacimientos minerales y recursos bajo dominio de Dinamarca, y piensa hacerlo por las buenas o por las malas. Si lleva a cabo el plan, si consuma el casus belli, el mundo se encontrará (una vez más y ya van demasiadas tiradas en la macabra ruleta rusa) al borde de la Tercera Guerra Mundial. En ese contexto, su amigo Putin va calentando el ambiente al mofarse de los europeos con eso de que “se cagarán en los pantalones” y saldrán corriendo en cuanto vean aparecer a los marines en el nevado y gélido horizonte ártico. La situación es tan crítica que países como Dinamarca, Noruega, Francia y Alemania ya han anunciado que enviarán tropas a la zona de forma inminente para proteger la soberanía territorial de la Unión Europea. Poca broma con esto.
Y en medio de todo ese desastre, Trump y su asesor, confidente y secretario de Estado, Marco Rubio, anuncian que Washington seguirá presionando hasta que Dinamarca les venda la isla por 700.000 millones de dólares (esa es la miserable tasación de la isla que ha hecho, de forma unilateral y al margen de cualquier legalidad internacional, el nuevo emperador del planeta). Obviamente, si el Calígula del siglo XXI (solo le falta nombrar senador a su palo de golf), decide atravesar ese Rubicón, sería el final de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. El constructo dejaría de tener cualquier sentido militar, político o metafísico. Un club donde uno de sus miembros ataca como un perro rabioso a los demás socios va más allá de la distopía más delirante jamás imaginada.
Trump es un tipo paranoico, megalómano y ciclotímico y ahora se le ha metido entre ceja y ceja que sus amigos son sus enemigos. Al emperador le ha dado un aire y ya ve a los franceses, alemanes, italianos y españoles como “gente mala” a la que hay que darle su merecido o patada en el trasero –utiliza ese lenguaje rudimentario, elemental y de parvulario cuando aborda la compleja y delicada diplomacia internacional–. Nos cuentan fuentes bien informadas del club atlantista que en aquel foro de seguridad internacional están alucinando con el personaje. ¿Cómo hemos podido llegar a esto?, se preguntan los viejos generalotes cargados de chapas y con brillantes hojas de servicio a sus espaldas cuando se les interroga sobre las intenciones del nuevo monarca absoluto del planeta Tierra. Se miran unos a otros y no entienden nada. No pueden comprender por qué Estados Unidos, que fundó la organización en 1949 para contrarrestar la amenaza roja en Europa, está pensando en llevar a cabo semejante disparate, que sería tanto como dar un puñetazo en el tablero del orden internacional hasta hacer saltar las piezas por el aire. Y, sin embargo, está ocurriendo.
Sin Estados Unidos, la OTAN no es nada. Dejaría de tener sentido. Y ahí es donde debemos empezar a hacer política ficción. No estamos hablando de una asociación de vecinos de barrio. Hablamos de una superestructura política y militar que mueve cientos de miles de millones de dólares al cabo del año, que es el motor de la poderosísima industria militar globalizada y que está controlada por oficiales que han llegado a acumular mucho poder. Es cierto que el actual secretario general de la organización, Mark Rutte, es un sumiso, un pelota y un servil del Tío Sam, hasta tal punto que está dispuesto a entregar Groenlandia a Trump sin defender ni un solo palmo de aquellas frías y desoladas tierras (lo cual sería un mal precedente, hoy es un cascote helado el usurpado, mañana puede ser cualquier país europeo el invadido por el conquistador del tupé rubio). Pero entre la Plana Mayor de la OTAN, entre los aguerridos generales y almirantes, hay un malestar más que evidente al sentirse humillados y algo empieza a moverse en aquella casa. No tardaremos en ver a oficiales de alto rango del Pentágono revolviéndose contra el inquilino de la Casa Blanca. ¿Un tejerazo a la americana? En el mundo distópico en el que nos movemos, cualquier cosa en posible.