Durante décadas, el Ártico fue presentado como un espacio periférico: remoto, inhóspito y políticamente marginal. Hoy se ha convertido en uno de los escenarios más reveladores del retorno de la geopolítica clásica, donde territorio, recursos y poder militar vuelven a imponerse sobre el derecho, la diplomacia y la voluntad de los pueblos. El anuncio de Dinamarca de reforzar su presencia militar en Groenlandia, en coordinación con la OTAN, no es un gesto defensivo aislado, sino una respuesta directa a un cambio más profundo: la región ya no es un vacío estratégico, sino un tablero central de competencia entre grandes potencias.
El Ministerio de Defensa danés lo expresa en términos técnicos —entrenamiento, interoperabilidad, seguridad euroatlántica—, pero el contexto es inequívoco. Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, se ha convertido en objeto explícito de deseo del presidente estadounidense, Donald Trump, que no disimula su ambición de “hacerse con la isla” en nombre de la seguridad nacional de Estados Unidos. Cuando un aliado habla abiertamente de apropiarse del territorio de otro aliado, algo fundamental se ha roto en el orden internacional.
Militarización preventiva
El refuerzo anunciado por Copenhague implica más aviones, más barcos, más soldados y más maniobras, incluidos despliegues de aliados de la OTAN. También contempla tareas de protección de infraestructuras críticas, apoyo a autoridades civiles y recepción de tropas extranjeras. No se ha concretado el número de efectivos, pero sí el mensaje: Dinamarca quiere demostrar presencia, control y compromiso, tanto ante sus aliados como ante Washington.
El Comando Ártico danés ha prometido diálogo con las autoridades groenlandesas, consciente de la sensibilidad local. Pero la decisión estratégica ya está tomada. El verano pasado, Dinamarca ensayó maniobras conjuntas con Francia, Alemania, Suecia y Noruega. Ahora el salto es cualitativo: no se trata solo de cooperación defensiva, sino de disuasión política.
El ministro de Defensa, Troels Lund Poulsen, ha sido explícito: la seguridad del Ártico es “fundamental” para el Reino de Dinamarca y para la OTAN. Traducido: Groenlandia ya no es un apéndice distante, sino un activo estratégico que hay que blindar.
Lógica de la apropiación de Trump
La presión no procede únicamente de Rusia o China, cuya presencia marítima en el Ártico ha sido citada reiteradamente como justificación del refuerzo militar. El factor desestabilizador más inmediato es Estados Unidos, o más concretamente, su presidente.
Trump ha reiterado que “con Groenlandia en manos de Estados Unidos, la OTAN sería mucho más formidable y eficaz”. Y ha añadido una frase reveladora: “Cualquier cosa menos que eso es inaceptable”. No es una oferta, ni una negociación; es una declaración de principio. En su visión, la soberanía danesa y la autonomía groenlandesa son obstáculos secundarios frente a lo que considera un imperativo estratégico estadounidense.
La referencia a la “Cúpula Dorada”, el ambicioso sistema de defensa antimisiles que Trump quiere desplegar desde el espacio, refuerza esta lógica. Groenlandia aparece como plataforma militar, radar avanzado y pieza clave del escudo defensivo norteamericano. El territorio deja de ser hogar de una población con derechos para convertirse en infraestructura.
OTAN: alianza defensiva o paraguas de legitimación
Trump no solo apela a la seguridad estadounidense, sino que invoca a la OTAN como instrumento legitimador. Según él, la Alianza debería “liderar el camino” para que Estados Unidos controle Groenlandia, porque de lo contrario lo harán Rusia o China. Es un argumento clásico de suma cero: o lo tomamos nosotros, o lo toman ellos.
Este razonamiento coloca a la OTAN en una posición incómoda. Formalmente, la Alianza se basa en el respeto a la soberanía de sus miembros. En la práctica, la asimetría de poder con Estados Unidos distorsiona ese principio. No es casual que varios países europeos, con Alemania y Reino Unido a la cabeza, estén estudiando aumentar la presencia de la OTAN en la isla: no solo para contener a Moscú o Pekín, sino para calmar a Washington.
La paradoja es evidente: se refuerza la militarización para evitar que un aliado cuestione la integridad territorial de otro aliado.
Groenlandia: autonomía, miedo y límites del independentismo
Mientras las grandes potencias mueven fichas, Groenlandia vive entre la incertidumbre y la desconfianza. El estatuto de autonomía reconoce su derecho de autodeterminación, y el deseo de independencia existe. Pero, como reconocen muchos groenlandeses, la isla no está preparada económicamente para dar ese salto. Depende de transferencias danesas y goza ya de un alto grado de autogobierno.
La idea de pasar “de un país a otro”, es decir, de Dinamarca a Estados Unidos, genera rechazo. No solo por identidad, sino por temor a perder control sobre recursos, instituciones y modelo social. Lo que en 2019 se percibía como una extravagancia retórica de Trump, hoy se vive como una amenaza creíble, precisamente porque el presidente estadounidense ha demostrado que tiende a cumplir lo que anuncia.
El testimonio de residentes y visitantes habituales de la isla apunta a un clima de temor e indignación contenida. Algunos expresan abiertamente que resistirían una anexión forzada. Puede haber exageración en esas palabras, pero reflejan un sentimiento real: la percepción de que Groenlandia se está convirtiendo en mercancía geopolítica.
El fin de la ambigüedad
Estados Unidos mantiene bases militares en Groenlandia desde hace décadas. La presencia estadounidense no es nueva; lo que cambia es su significado político. Antes se percibía como parte de un equilibrio aceptado dentro del marco OTAN-Dinamarca. Ahora, bajo la retórica de Trump, esa presencia se interpreta como preludio de algo más.
Cuando el poder deja de disimular sus intenciones, la ambigüedad estratégica se desvanece. La relación cotidiana, incluso amistosa, entre groenlandeses y personal estadounidense empieza a tensarse. El paso de socio a potencial ocupante es corto cuando la narrativa cambia.
Lo que ocurre en Groenlandia no es un caso aislado. Resume una tendencia global: el debilitamiento del derecho internacional frente a la política de hechos consumados, la militarización preventiva y la subordinación de las poblaciones locales a intereses estratégicos mayores.
El deshielo abre rutas marítimas, acceso a minerales y nuevas oportunidades económicas. Pero también derrite las viejas normas. El Ártico se convierte así en un espejo del mundo actual: un espacio donde el poder vuelve a hablar en voz alta y donde la soberanía de los pequeños depende cada vez más de la voluntad de los grandes.
Dinamarca refuerza tropas. La OTAN amplía su huella. Trump exige control. Groenlandia observa, inquieta. Y el hielo, indiferente, sigue derritiéndose. En ese proceso, no solo cambia el clima: cambia el orden internacional.