La postura de Abascal ante la crisis climática: ¿a quién va a creer usted, a mí o a sus ojos?

Cada borrasca calamitosa que deja enormes pérdidas humanas y materiales se convierte en un nuevo baño de realidad contra el negacionismo ultraderechista

06 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:16h
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Santiago Abascal en una imagen de archivo
Santiago Abascal en una imagen de archivo | Foto: Vox

La sucesión de borrascas que ha azotado España en las últimas semanas ha reabierto un debate que parecía enquistado: el del negacionismo climático. Mientras los servicios meteorológicos alertan de fenómenos cada vez más intensos y frecuentes, y la comunidad científica insiste en que el calentamiento global actúa como un “amplificador” de extremos, el discurso de Vox –que cuestiona la influencia humana en el clima y denuncia lo que denomina “alarmismo climático”– se encuentra cada vez más arrinconado por la evidencia empírica y por la percepción social de que algo está cambiando de forma acelerada.

Las lluvias torrenciales, los temporales marítimos y los vientos huracanados que han recorrido la península (especialmente Andalucía) han dejado tras de sí daños millonarios, infraestructuras colapsadas y un sentimiento generalizado de vulnerabilidad. Causa estupor ver cómo una localidad entera como Grazalema tiene que ser evacuada mientras Abascal sigue soltando el rollo de que el cambio climático es un invento de las élites globalistas. En ese contexto, las declaraciones que minimizan la crisis climática chocan frontalmente con la experiencia cotidiana de miles de ciudadanos que ven cómo episodios antes excepcionales se convierten en rutina.

El negacionismo climático en España nunca ha tenido un arraigo mayoritario, pero sí ha encontrado un espacio político en Vox, que ha cuestionado repetidamente el consenso científico internacional. La formación sostiene que el cambio climático es un fenómeno natural, que las políticas de transición ecológica son una imposición ideológica y que las medidas de reducción de emisiones perjudican a la economía y al campo.

Sin embargo, la realidad meteorológica reciente está erosionando la eficacia de ese mensaje. Las encuestas muestran que la preocupación por el clima se mantiene entre las más altas de la ciudadanía, especialmente tras episodios de impacto directo. Cada borrasca que provoca inundaciones, cortes de luz o daños en cosechas actúa como un recordatorio tangible de que el clima ya no es el que era. ¿Puede un partido cambiar la percepción hasta convencer a los ciudadanos de que lo que están viendo sus ojos no es la realidad?

De momento, el discurso negacionista le va bien a la formación neofascista, anda disparado en las encuestas y le hace daño al PP porque ha sabido canalizar la rabia de un sector de la sociedad contra el sistema. Pero cabe preguntarse qué pasará a largo plazo, cuando los episodios de cambio climático se repitan cada año y la gente termine aquejada del inevitable estrés climático, la ansiedad y el miedo ante tanta tragedia. La realidad se acabará imponiendo, la gente comenzará a tomar conciencia del problema cósmico al que nos enfrentamos (a la fuerza ahorcan, dice el dicho popular) y entonces Vox quizá tendrá que replantearse la estrategia política, sus bulos y mentiras sobre la crisis ambiental que asola a la Tierra. Seguramente volverá a mentir al país y se inventará nuevos bulos como que el cambio climático es culpa de la izquierda, de Pedro Sánchez, del ecologismo o de nuestros vecinos marroquíes. La maldad es un monstruo extremadamente imaginativo. Cualquier cosa menos aceptar que el sistema capitalista salvaje (con sus emisiones venenosas) ya no da más de sí porque esquilma el planeta y altera el equilibrio natural.

La narrativa de que “siempre ha habido temporales”, esgrimida por Vox, pierde fuerza cuando los registros históricos muestran un aumento en la frecuencia e intensidad de estos fenómenos. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha documentado un incremento de episodios extremos en las últimas décadas, coherente con las tendencias observadas en el Mediterráneo y en el conjunto de Europa. Aunque un evento concreto no puede atribuirse de forma aislada al cambio climático, la acumulación de anomalías sí apunta a un patrón inequívoco.

El contraste entre el discurso político y el conocimiento científico se hace cada vez más evidente. Organismos como el IPCC, la Organización Meteorológica Mundial o la propia AEMET coinciden en que el calentamiento global intensifica las lluvias torrenciales, altera los patrones atmosféricos y favorece la aparición de fenómenos más destructivos.

En España, los expertos llevan años advirtiendo de que el país es especialmente vulnerable: desertificación creciente, estrés hídrico, aumento del nivel del mar y mayor exposición a temporales mediterráneos. La concatenación de borrascas recientes encaja con ese escenario de riesgo.

Frente a ello, Vox mantiene su crítica a las políticas climáticas, que considera costosas e ineficaces. Sin embargo, la distancia entre su discurso y la evidencia científica se amplía cada vez que un temporal obliga a activar alertas rojas o provoca daños que requieren millones en ayudas públicas. La contradicción entre negar la gravedad del problema y exigir recursos para paliar sus efectos se vuelve más difícil de sostener.

Los fenómenos meteorológicos extremos no solo tienen consecuencias materiales, sino también políticas. La percepción del riesgo climático influye en la opinión pública y en las prioridades de los gobiernos. Cuando las borrascas dejan imágenes de calles anegadas, playas desaparecidas o cosechas arrasadas, la demanda de acción climática se intensifica.

En este contexto, el discurso negacionista encuentra menos espacio. No porque desaparezca, sino porque resulta menos verosímil para una ciudadanía que experimenta directamente los efectos del clima alterado. La política, al fin y al cabo, se mueve también por percepciones, y estas se ven moldeadas por la realidad inmediata.

Además, la presión internacional hacia la descarbonización y la adaptación climática hace que las posiciones negacionistas queden cada vez más aisladas. La Unión Europea impulsa políticas ambiciosas, y España, como miembro, está obligada a cumplir objetivos que trascienden el debate interno. Esto coloca a Vox en una posición incómoda: su rechazo frontal a la agenda climática choca con compromisos internacionales y con la dirección que toman la mayoría de países desarrollados.

Uno de los argumentos más repetidos por Vox es que la transición ecológica supone un lastre económico. Sin embargo, los temporales recientes han puesto de relieve el coste de la inacción. Cada borrasca que provoca daños en infraestructuras, viviendas o explotaciones agrícolas supone un desembolso público considerable. La factura climática no es una abstracción: se mide en millones de euros y en pérdidas que afectan directamente a sectores clave.

La economía española, especialmente dependiente del turismo, la agricultura y las zonas costeras, es especialmente sensible a los impactos climáticos. Ignorar esta realidad no elimina el problema; simplemente retrasa las soluciones y encarece su implementación futura.

Las borrascas no van a resolver por sí solas el debate político sobre el clima, pero sí están modificando su marco. El negacionismo climático, aunque persiste, se enfrenta a un entorno cada vez menos propicio. La ciudadanía percibe los cambios, la ciencia los explica y las instituciones los reconocen.

En este escenario, el discurso de Vox se ve tensionado entre su identidad ideológica y la presión de una realidad que se impone con fuerza. La política climática seguirá siendo un terreno de disputa, pero la negación de la crisis encuentra cada vez menos eco en un país que vive en primera línea los efectos del calentamiento global.

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