Las relaciones entre ERC y Junts están viviendo uno de sus momentos más tensos en el Congreso de los Diputados, donde ambos partidos independentistas han dejado al descubierto un deterioro que se venía gestando desde hace meses. Lo que hasta ahora eran reproches velados y diferencias estratégicas se ha transformado en un enfrentamiento abierto, visible y cargado de acusaciones cruzadas que han marcado el clima político de los últimos días. Podría decirse que Rufián se ha convertido en el azote de la derecha conservadora catalanista.
El punto de inflexión llegó el martes, durante el debate del decreto que prorrogaba los contratos de alquiler. Gabriel Rufián, portavoz de ERC, intervino con un discurso especialmente duro hacia Junts, al que acusó de anteponer intereses particulares al bienestar de la ciudadanía. Según había insinuado en días previos, el rechazo de Junts al decreto respondía a motivaciones alejadas de la defensa del interés general. Ese momento en el que el portavoz de Esquerra sacó un billete de 50 para solemnizar que esa es la bandera de las élites catalanas y nacionales quedará para la historia. El portavoz republicano añadió ese gesto simbólico que encendió los ánimos. Al regresar a su escaño, pasó junto a los diputados de Junts mostrando una carpeta con testimonios de ciudadanos afectados por el precio de la vivienda, un movimiento que fue interpretado como una provocación adicional.
En Junts no ha gustado nada esa performance y siguen pidiendo la cabeza de Rufián. Junqueras se resiste a concederla, y ya le están lloviendo descalificativos como botifler (traidor en catalán).
En la tribuna, Rufián fue más allá: sugirió que algunos diputados de Junts tenían empresas vinculadas al alquiler de viviendas y leyó en voz alta los nombres de los siete parlamentarios del grupo. Con este gesto quiso subrayar que, a su juicio, eran responsables de aumentar la angustia de quienes sufren la crisis de la vivienda. Para Junts, sin embargo, aquello fue un ataque personal injustificable, una forma de convertir el atril en un espacio de señalamiento político que, según denunciaron, ensucia la política catalana y la trayectoria histórica de Esquerra.
La tensión no quedó confinada al debate parlamentario. El miércoles, Junts denunció que su diputada Marta Madrenas fue increpada y escupida por un hombre en los alrededores del Congreso tras defender el voto negativo de su grupo al decreto. La formación vinculó este episodio al “señalamiento” que, según ellos, había realizado Rufián el día anterior.
Míriam Nogueras, portavoz de Junts en el Congreso, afirmó que no había visto una actitud similar “en nadie que no fuese de Ciudadanos o Vox” y acusó al dirigente de ERC de haber lanzado un “a por ellos”. Carles Puigdemont también intervino desde la distancia, reprochando a Rufián haber traspasado “todas las líneas de la decencia”. Jordi Turull, secretario general de Junts, defendió a sus diputados asegurando que cumplen con su labor sin generar situaciones vergonzosas, en referencia a los “155 likes” que mencionó irónicamente.
Lejos de calmarse, el clima se mantuvo tenso hasta el final de la semana parlamentaria. En la sesión del jueves, Junts volvió a quejarse ante la presidenta del Congreso, Francina Armengol, por lo que consideraban un nuevo acto de señalamiento por parte de Rufián. El portavoz de ERC no rebajó el tono, manteniendo su línea crítica y dejando claro que el conflicto entre ambas formaciones está lejos de resolverse.
El enfrentamiento de esta semana no es un hecho aislado, sino la expresión de un distanciamiento político que se ha ido profundizando. Las diferencias estratégicas, la competencia por el liderazgo del independentismo y la presión del contexto político estatal han contribuido a un clima cada vez más hostil. Lo ocurrido en el Congreso ha sido, en realidad, la manifestación pública de un malestar acumulado que ahora se expresa sin filtros.
