Feijóo miente cada vez que habla de Vox

El líder del PP ha ido modulando su discurso desde el no a los ultras hasta la intención de coaligar con ellos en un Gobierno nacional

22 de Junio de 2026
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Feijóo con Abascal en una imagen de archivo
Feijóo con Abascal en una imagen de archivo 

En política, pocas cosas erosionan tanto la credibilidad como la distancia entre lo que se dice y lo que finalmente se hace. En el caso de Alberto Núñez Feijóo, esa distancia se ha convertido en un terreno resbaladizo cada vez que aborda su relación con Vox. El líder del Partido Popular ha incurrido en contradicciones reiteradas desde que, en febrero de 2020, afirmara con rotundida que no pactaría con Vox. La realidad posterior, sin embargo, ha mostrado un panorama muy distinto al que prometía.

Cuando Feijóo aún era presidente de la Xunta de Galicia, su discurso respecto a Vox era claro: no habría pactos. En febrero de 2020, en plena campaña gallega, insistió en que el PP debía representar un espacio propio, autónomo y moderado, sin necesidad de apoyarse en fuerzas situadas a su derecha. En 2022, ya como líder nacional del PP, reiteró esa idea: su proyecto, decía, no pasaba por depender de Vox para gobernar.

Aquellas palabras se interpretaron como un intento de marcar distancias con la estrategia de Pablo Casado, que había oscilado entre la confrontación y la colaboración táctica con Vox. Feijóo buscaba proyectar una imagen de solvencia institucional y de centralidad política. Su mensaje era sencillo: el PP podía gobernar solo.

Sin embargo, la política española rara vez permite que los discursos permanezcan intactos cuando se enfrentan a la aritmética parlamentaria. Hoy, el presidente del PP cree que “es bueno gobernar en solitario”, pero que aceptará “el resultado de la urnas”, abriendo así la posibilidad de pactar con Vox en caso de no conseguir una mayoría absoluta por primera vez. “Si ese es el mandato” de los españoles, así se hará, habrá coalición con los ultraderechistas. Ese es el nuevo eslogan de campaña.

Tras las sucesivas elecciones autonómicas, el panorama ha cambiado por completo. El PP ha blanqueado al fascismo posmoderno sin complejos, pacta, cede y coaliga allá donde haga falra. Allí donde el PP necesitó a Vox para gobernar, pactó con Vox. No hubo excepciones significativas. Comunidades como Castilla y León, Extremadura, Comunidad Valenciana o Aragón se convirtieron en escenarios donde el PP aceptó consejerías, vicepresidencias y acuerdos programáticos con el partido de Santiago Abascal.

La hemeroteca de 2020 y 2022 resulta demoledora. Feijóo defendió estos pactos como “acuerdos de gobernabilidad”, como “soluciones pragmáticas” o como “responsabilidad institucional”. El pragmatismo del poder por encima de la coherencia. Si un líder afirma que no pactará con una fuerza política y posteriormente lo hace en múltiples territorios, es inevitable que surja la percepción de que sus palabras no se corresponden con sus actos.

Feijóo ha intentado justificar esta contradicción apelando a la autonomía de los barones territoriales del PP. Según esta explicación, los pactos con Vox no serían decisiones suyas, sino de los líderes autonómicos que necesitaban mayorías estables.

Sin embargo, este argumento resulta difícil de sostener. En primer lugar, porque el PP es un partido altamente centralizado en su estrategia nacional. En segundo lugar, porque Feijóo ha respaldado públicamente esos acuerdos una vez firmados. Y en tercer lugar, porque si un líder nacional afirma que no pactará con un partido, lo lógico es que esa directriz se aplique en todo el territorio.

La impresión que queda es que Feijóo quiso mantener un discurso moderado mientras la realidad electoral le empujaba hacia otra dirección. Y cuando llegó el momento de elegir entre coherencia y poder institucional, optó por lo segundo.

El caso de Feijóo no puede entenderse sin analizar el dilema más amplio del centro-derecha español. Desde la irrupción de Vox en 2018, el PP se ha visto atrapado entre dos presiones contradictorias: competir con Vox por el electorado conservador, endureciendo su discurso; y aparecer como un partido moderado y de Estado, capaz de atraer votantes centristas.

Feijóo intentó resolver este dilema con una fórmula que, en teoría, parecía equilibrada: distanciarse de Vox en el plano nacional, pero permitir acuerdos cuando fueran necesarios para gobernar. El problema es que esta estrategia genera un mensaje confuso. Para el votante moderado, el PP aparece demasiado cercano a Vox. Para el votante más conservador, el PP parece avergonzarse de sus pactos. El resultado es una narrativa incoherente que desgasta la credibilidad del líder popular.

La política democrática exige claridad. Los ciudadanos pueden aceptar decisiones difíciles si se explican con honestidad. Lo que resulta más difícil de aceptar es la sensación de que un líder dice una cosa y hace otra. Y en este caso, las declaraciones de 2020 y 2022 contrastan demasiado con la realidad posterior como para pasar desapercibidas.

Feijóo se encuentra en una encrucijada: quiere presentarse como un líder moderado, pero depende de un partido que representa una derecha más dura. Quiere proyectar estabilidad, pero sus mensajes sobre Vox han sido cambiantes. Quiere gobernar en solitario, pero la aritmética parlamentaria le obliga a mirar hacia su derecha. Ya no cabe ninguna duda: Feijóo miente cada vez que habla del partido de Abascal.

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