El papa León XIV pasó por el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional. Del histórico viaje papal, quizá haya sido esta la parada o estación más importante. Desde que pisó suelo en el aeropuerto de Madrid, el mensaje del Santo Padre ha sido el mismo en sus diferentes apariciones públicas: recuperar la dignidad de la persona. No hay que ser muy listo para entender lo que nos está diciendo el papa: las ideologías de odio, como las que promueven partidos como Vox (con la complicidad de la derecha tradicional del PP) no caben en una sociedad democrática.
Todo el discurso, todo el relato del pontífice, ha sido una enmienda a la totalidad al programa político del nuevo fascismo posmoderno empeñado en construir una España bajo el yugo de la prioridad nacional, una Europa blanca, un mundo de muros levantados donde ya no caben valores como la igualdad del individuo, la justicia social, la solidaridad y la integración. Mientras Abascal se desgañitaba propalando su modelo de apartheid a la española, que le niega el pan, el agua, la sal y hasta un médico al inmigrante, el papa irrumpía en el templo con el látigo sereno y justo de Cristo en la mano, siempre en actitud pacífica pero firme, y recordaba al líder ultra que el amor al prójimo es el primero de los mandamientos. “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”, dijo a quienes tratan de resucitar ideologías xenófobas y racistas. Después de esa diatriba dirigida a la línea de flotación del nuevo fascismo trumpista, a Isabel Díaz Ayuso –impulsora del infame eslogan de que la regularización de los derechos de los migrantes importa pobreza– solo le queda hacerse evangelista.
Hoy, en el Congreso de los Diputados, el papa ha vuelto al mismo credo, a las raíces de una Iglesia que trata de colocarse, esta vez sí, en el lado correcto de la historia: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, derechos para los inmigrantes, asilo a los refugiados, justicia social, paz entre los hombres y los pueblos de buena voluntad. Toda la encíclica que el Sumo Pontífice trae bajo el brazo a este país otra vez desgarrado por el cainismo guerracivilista –Magnifica Humanitas–, es una moción de censura a la ideología que los Santi, Vito, Alvise y otros tratan de poner de moda otra vez entre nuestra juventud desnortada y desinformada.
León XIV lleva meses enfrentado a Donald Trump. Resulta conmovedora esa lucha cósmica que ha estallado entre el bien y el mal, entre el mensaje de amor y el que promueve alambradas, campos de concentración, represión, supremacismo blanco: nazismo, en fin. “La dignidad de la persona prevalece sobre el Estado. Los más vulnerables son las primeras víctimas. La grandeza de una nación se mide en la capacidad de amar a las personas que la integran. La vida humana jamás puede ser tratada como mercancía”. Mientras León XIV culminaba el mejor y más elevado discurso que se ha escuchado en el Parlamento español en los últimos años, Aznar se abstraía ensimismado en su golpe de Estado blando (“el que pueda hacer que haga”); Feijóo miraba su reloj esperando que la regañina papal pasara cuanto antes; Tellado tragaba saliva ante tanta estupidez trumpista como ha dicho en la última semana; y Abascal fijaba la vista en el suelo y en el techo, aflojándose la corbata y suplicando que ese señor con casulla de sonrisa amable se callara ya y dejara de atormentarle con sus palabras de paz, concordia y respeto al otro.
Los pasillos de la Cortes a menudo despiden un fuerte aroma a rancio y a azufre o huevo podrido. Es el rastro del Diablo fascista que pasea su sudor inmundo por el sagrado templo de la libertad y la democracia. Pero el papa, con sus palabras sobre humanismo, filosofía agustiniana y tomista, ética, moral y catolicismo bien entendido, al menos durante un rato, ha conseguido disipar ese hedor a totalitarismo que se nos ha metido en el cuerpo y que corroe nuestra frágil democracia. Solo un minuto, cuando se refirió al aborto y la eutanasia, sacó Prevost su lado más conservador. Fue una especie de concesión a los sectores más fundamentalistas de la curia romana. El Gobierno tembló en ese instante, pero fue apenas un suave tirón de orejas para después volver al centro o núcleo esencial de su mensaje: la prioridad nacional es una ideología sucia, asquerosa, inhumana. Ningún papa en sus cabales puede centrarse en la paranoia del concebido no nacido de Ayuso cuando Europa se encuentra en su peor encrucijada desde hace un siglo por el retorno a los viejos tiempos de la raza superior.
“Hay que acabar con la descalificación del adversario”, sugirió el papa sin mirar a nadie, al tiempo que volvió a tocar el asunto de la justicia social, el derecho a un trabajo digno, ese marxismo cristiano al que la Iglesia de Roma parece querer abrazarse por fin para romper lazos con la extrema derecha. León recordó a Unamuno, “el hombre no se resigna a morir del todo”, y después de escuchar su discurso contra la tiranía del tecnofascismo, esa frase es más cierta que nunca. Aún queda la esperanza de que un mundo mejor es posible. No todo está perdido.