La encrucijada de Podemos: generosidad con la izquierda o harakiri

La formación morada decide no sumarse al frente de unidad que propugna Gabriel Rufián

21 de Febrero de 2026
Actualizado a las 9:22h
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Un acto de Podemos en Vistalegre
Un acto de Podemos en Vistalegre

Podemos atraviesa uno de los momentos más delicados desde su fundación. La propuesta de unidad lanzada por Gabriel Rufián, que invita a la formación morada a sumarse a un frente amplio junto a ERC, Bildu, BNG y otras fuerzas soberanistas y de izquierdas, ha actuado como catalizador de tensiones internas que venían acumulándose desde hace meses. El partido, ya golpeado por sucesivas derrotas electorales y por la pérdida de influencia institucional, se encuentra ahora ante una disyuntiva estratégica que amenaza con abrir una brecha profunda entre sus principales sensibilidades.

Desde la ruptura con Sumar y la salida del Gobierno, Podemos ha intentado reconstruir un espacio propio que recupere la identidad combativa de sus primeros años. La dirección encabezada por Ione Belarra y Pablo Iglesias —aunque este último ya fuera de la primera línea orgánica, pero aún con un peso simbólico evidente— ha defendido la necesidad de volver a un proyecto autónomo, sin tutelas y sin diluirse en alianzas que, a su juicio, han terminado por desdibujar el perfil del partido.

Sin embargo, la realidad electoral ha sido dura. Los resultados en las europeas, autonómicas y municipales han mostrado un retroceso sostenido. En ese contexto, la propuesta de Rufián ha sido interpretada por algunos sectores como una oportunidad para recuperar relevancia política a través de una alianza amplia que permita competir con mayor fuerza frente al PSOE y Sumar.

El portavoz de ERC en el Congreso planteó públicamente la idea de un frente común de izquierdas plurinacional, una especie de reedición del espíritu del bloque de investidura, pero trasladado al terreno electoral. Su mensaje, dirigido explícitamente a Podemos, buscaba sumar fuerzas en un momento en el que la fragmentación del espacio progresista amenaza con dejar a varias formaciones fuera de las instituciones.

El partido está dividido ante el órdago de Rufián. Para algunos dirigentes morados, esta invitación supone una oportunidad estratégica que permitiría recuperar presencia institucional en territorios donde Podemos ha quedado debilitado. Ofrecería un marco político reconocible, con un discurso social y territorial que conecta con parte de su base histórica. Y evitaría la irrelevancia electoral, especialmente en unas generales donde la barrera del 5 por ciento puede ser letal en muchas circunscripciones. Pero para otros sectores, especialmente los más cercanos al núcleo duro de la dirección, la propuesta es vista como un riesgo existencial. Temen que unirse a un frente liderado por fuerzas soberanistas termine por diluir la identidad estatal de Podemos y lo convierta en un actor secundario dentro de un proyecto ajeno. Esa es la encrucijada de Podemos.

La división interna no es nueva, pero la propuesta de Rufián la ha hecho más visible. En Podemos conviven hoy dos almas: el sector autonomista, que apuesta por mantener la independencia estratégica y reconstruir el partido desde la base, aun a costa de asumir un periodo de debilidad electoral (esta facción considera que la única forma de recuperar credibilidad es reafirmar un proyecto propio, sin alianzas que puedan interpretarse como un síntoma de debilidad). Y el sector pragmático, que defiende explorar alianzas amplias para evitar la marginalidad. Para estos, la política es correlación de fuerzas, y la correlación actual exige sumar para sobrevivir. Ambos sectores comparten el diagnóstico de que Podemos atraviesa un momento crítico, pero discrepan profundamente en la receta para superarlo.

La tensión interna se ha trasladado a los territorios. En algunas organizaciones autonómicas, especialmente en Cataluña, Galicia y Euskadi, la idea de un frente plurinacional liderado por Rufián genera simpatías. En otras, como Madrid o Castilla y León, la propuesta se percibe con recelo. Esta disparidad territorial añade complejidad a la toma de decisiones. La dirección estatal teme que aceptar la propuesta del líder de Esquerra pueda provocar deserciones internas o incluso la ruptura con algunos cuadros que consideran innegociable la autonomía del proyecto. A la vez, rechazarla podría profundizar la sensación de aislamiento político y alimentar la narrativa de que Podemos se encierra en sí mismo mientras el resto de la izquierda busca fórmulas de cooperación. Esta segunda vía sería una especie de suicidio político. El harakiri definitivo de Podemos. Un partido autárquico, lejos de las confluencias y la gran hermandad de la izquierda, no tendría demasiado sentido.

Los morados han jugado un papel histórico en la transformación de la izquierda española. Su contribución al Gobierno de coalición con Sánchez es innegable. Han sido decisivos y gracias a ellos el PSOE ha tenido que romper su tradicional tendencia al inmovilismo conservador para avanzar hacia políticas sociales. Ahora bien, ¿qué futuro le aguarda al partido del 15M, de los indignados, si cada vez le queda menos respaldo popular y si además rompe el frente común en un momento histórico, cuando lo que toca es frenar el avance de la extrema derecha? La razón de ser de un partido es la utilidad. Si termina como algo obsoleto, si sus votos acaban en la papelera, todo ha terminado. Eso es lo que no comprenden los actuales dirigentes de Unidas Podemos, las Montero, Belarra y otros, que parecen haberse quedado anclados en el pasado, en 2014. UP ya no es esa fuerza arrolladora imprescindible para gobernar. Soplan nuevos vientos, nuevas tendencias en la izquierda. Y la gente pide, ante todo, unidad, fuerza, escaños, números.

Aunque ya no ocupa cargos orgánicos, Pablo Iglesias sigue siendo una figura de referencia para una parte importante de la militancia. Su opinión sobre la propuesta de Rufián —crítica, aunque no del todo cerrada— ha influido en el debate interno. Iglesias teme que un frente amplio termine por absorber a Podemos, pero también reconoce que la correlación de fuerzas actual es desfavorable. Quizá la clave de todo radique en la decisión última del gran líder de Podemos: si da la orden de pactar o de seguir como hasta ahora y hasta la derrota final. Rufián ya le ha tendido la mano diciendo que es el mejor político de su generación. Es momento del abrazo, no de rencillas cainitas.

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