La entrada de Pablo Iglesias en el Gobierno de coalición supuso un hecho histórico: fue el primer vicepresidente procedente de un partido a la izquierda del PSOE en un Ejecutivo de coalición desde la Segunda República. El acuerdo PSOE-Unidas Podemos, alcanzado tras las elecciones de noviembre de 2019, incluía su incorporación como figura clave para coordinar políticas sociales y la agenda 2030. Su nombramiento simbolizó la consolidación institucional de Podemos, que había nacido en 2014, y que había pasado de las plazas del 15M a ocupar una de las posiciones más relevantes del Gobierno. En aquel momento, Iglesias dijo que, a pesar de que los resultados no eran los mejores, eran suficientes para frenar a la dercha y a la ultraderecha, un discurso calcado al que se promueve hoy desde las fuerzas progresistas.
Hoy, cuando Gabriel Rufián trata de organizar un frente amplio de izquierdas que plante cara al auge de la extrema derecha, la posibilidad de que un político a la izquierda del PSOE vuelva a ocupar ese cargo en la Vicepresidencia es cada día más plausible. La hipótesis depende de dinámicas internas de la izquierda española, de la evolución del espacio político a la izquierda del PSOE y de las estrategias que la Moncloa esté dispuesta a activar para recomponer un bloque progresista fragmentado. Las simulaciones sobre cómo le iría a la izquierda con un frente de unidad que termine con la división y la fragmentación apuntan a que el bloque progresista podría obtener entre 8 y 16 escaños más, un dato que unido a que el PSOE parece resistir, pese al desgaste de gobierno, dejaría la puerta abierta a la obtención de la mayoría absoluta (176 escaños) y a la reedición de un nuevo Gobierno de coalición (el bloque de las derechas podría quedarse a pocos diputados de ese objetivo y Feijóo, una vez más, no sería presidente). En ese contexto, Rufián sería el nuevo Pablo Iglesias, es decir, la pieza clave para la coalición. Y ocuparía un cargo fundamental como el de vicepresidente, un hecho histórico en nuestra democracia, ya que nunca antes había ocurrido que un independentista accediera a tan alto cargo en el Consejo de Ministros.
En los últimos meses, Rufián ha intensificado su presencia en debates nacionales y ha lanzado propuestas para reorganizar el espacio político a la izquierda del PSOE. Ha defendido una plataforma plurinacional y ha buscado interlocución con fuerzas como Más Madrid, BNG, EH Bildu o Podemos, intentando articular un nuevo polo político más cohesionado.
Paralelamente, diversas informaciones apuntan a que Pedro Sánchez estaría valorando una reordenación profunda del espacio progresista, ante el desgaste de Yolanda Díaz y la fragmentación de Sumar. En esa línea, algunas fuentes han señalado que Sánchez podría estar impulsando un liderazgo alternativo en torno a Rufián.
Además, análisis recientes muestran que la propuesta de un Frente Amplio impulsado por Rufián podría situarse como tercera fuerza con entre 55 y 75 escaños, lo que permitiría revalidar un gobierno progresista. Varios factores tienen que confluir para que se dé que Rufián sea vicepresidente. En primer lugar, la reconfiguración del espacio a la izquierda del PSOE. La izquierda alternativa vive un momento de debilidad electoral y falta de liderazgo. Rufián ha intentado ocupar ese vacío, aunque desde ERC se han mostrado reticentes a que su portavoz lidere un proyecto estatal. Junqueras incluso lo ha desautorizado públicamente, recordando que ERC se presentará solo en Cataluña. Este choque interno es clave: para que Rufián pueda aspirar a un cargo estatal como la vicepresidencia, necesitaría un respaldo claro de su partido o un salto político que lo desvincule parcialmente de la estructura de ERC.
Hay otro factor importante. Según algunas informaciones, Sánchez estaría explorando la posibilidad de sustituir a Yolanda Díaz como referente del espacio a la izquierda del PSOE, situando a Rufián como figura central de una nueva plataforma. Si esta estrategia se consolidara, la vicepresidencia podría ser un instrumento para integrar a las fuerzas plurinacionales en un proyecto estable, reforzar la cohesión del bloque progresista y ofrecer un liderazgo alternativo al de Díaz.
También tienen que dar los números. Rufián ya ha dicho que su intención es ganarle a Vox “provincia a provincia”. El análisis que proyecta entre 55 y 75 escaños para un Frente Amplio liderado por Rufián es crucial. Si esta plataforma se convirtiera en tercera fuerza, su peso parlamentario podría justificar la entrada de Rufián en el Gobierno, incluso en una vicepresidencia negociada.
Y luego está la relación personal y política entre Sánchez y Rufián. Aunque este último ha sido un aliado clave del Gobierno en votaciones decisivas, también ha mostrado distancias, especialmente en momentos de crisis o escándalos. Ha pedido reuniones “cara a cara” con Sánchez y ha criticado la estrategia de victimismo del Ejecutivo. Esta relación ambivalente puede jugar a favor (como muestra de independencia) o en contra (por falta de confianza mutua).
Rufián asumiría una vicepresidencia política, probablemente vinculada a cohesión territorial o agenda social, algo que ya hizo Iglesias en su día. El Gobierno se presentaría como un Ejecutivo plurinacional reforzado. Además, Sánchez consolidaría un bloque progresista renovado con expectativas para sacar adelante leyes importantes. Este escenario se apoya en los análisis que ven en la propuesta de Rufián una vía para revalidar el Gobierno.
ERC podría aceptar una presencia en el Gobierno, pero no un liderazgo tan visible. Sánchez podría preferir mantener la vicepresidencia en manos del PSOE o de una figura más estable. La Vicepresidencia es un cargo simbólicamente muy fuerte para un dirigente independentista, lo que podría generar tensiones internas y mediáticas.
En un último escenario, Rufián no entra en el Gobierno, pero lidera un bloque parlamentario decisivo. Este escenario se basa en la posibilidad de que ERC mantenga su veto a que Rufián lidere un proyecto estatal. En ese caso el Frente Amplio no llegaría a consolidarse y Sánchez preferiría acuerdos puntuales en lugar de coaliciones amplias. En este caso, Rufián seguiría siendo un actor clave en el Congreso, pero sin presencia en el Ejecutivo.
La posibilidad de que Gabriel Rufián sea vicepresidente del Gobierno con Pedro Sánchez existe, pero depende de múltiples factores que aún están en movimiento. El escenario más plausible es que Rufián pueda tener un papel relevante en un futuro Gobierno progresista, pero la Vicepresidencia solo sería viable si se consolida un Frente Amplio fuerte y si ERC acepta su liderazgo estatal, algo que hoy no está garantizado.
