El ministro de Economía, Carlos Cuerpo, afirmó ayer en RTVE lo siguiente: "Creamos 4 de cada 10 empleos que se crean en Europa, el mercado laboral español está sosteniendo a la eurozona. Sucede también materia de crecimiento de PIB. España está siendo ahora mismo el motor del continente". Estas declaraciones se focalizan en el relato triunfalista que se quiere trasladar desde Moncloa para blanquear el fracaso absoluto de Pedro Sánchez en materia de bienestar de la ciudadanía. No son los medios de la llamada "fachosfera" las que desmontan este discurso, es la realidad de cada familia trabajadora y las cifras publicadas por organismos oficiales como el INE y el SEPE.
España cerró 2025 con cifras laborales que, a primera vista, invitan al optimismo. El paro registrado se situó en 2,4 millones de personas, la afiliación a la Seguridad Social alcanzó los 21,7 millones, y el Gobierno de Pedro Sánchez presentó el balance como una confirmación del éxito de su política económica. Sin embargo, una lectura más detenida de los datos oficiales descubre una realidad menos complaciente. El empleo crece, sí, pero lo hace de forma fragmentada, precaria y con débil capacidad emancipadora. Sin embargo, el gobierno Sánchez presume es esto.
Como suele ocurrir en el mercado laboral español, la diferencia entre los indicadores agregados y la experiencia cotidiana de los trabajadores marca la frontera entre la propaganda y el análisis.
Más empleo parcial menos trabajo de calidad
La Encuesta de Población Activa del cuarto trimestre de 2025 deja dos señales de alerta difíciles de ignorar. Por un lado, la destrucción de 115.600 empleos a tiempo completo contrasta con el aumento de 191.800 contratos a tiempo parcial. Por otro, la industria se consolida como el único sector que pierde empleo neto, con 37.800 trabajadores menos, mientras los servicios vuelven a absorber la mayor parte de la creación laboral.
Este patrón no es coyuntural. Refleja un mercado que crea puestos de trabajo sin reforzar su calidad ni su estabilidad. El empleo existe, pero se reparte en jornadas reducidas, ingresos insuficientes y trayectorias profesionales discontinuas. La economía española suma ocupados, pero no consolida carreras laborales.
La trampa de la afiliación
Uno de los elementos más reveladores del actual ciclo es la creciente divergencia entre afiliación y ocupación real. El aumento de cotizantes no implica más personas trabajando en condiciones estables. Cada vez es más común que un mismo trabajador acumule dos o tres afiliaciones, fruto de contratos parciales que, incluso combinados, no alcanzan una jornada completa. Y, sin embargo, el gobierno, a través de Carlos Cuerpo, presume de que "España crea 4 de cada 10 empleos que se crean en Europa". Es decir, están presumiendo de la precariedad.
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— La Hora de La 1 (@LaHoraTVE) January 30, 2026
Esta fragmentación distorsiona el relato oficial. Las cifras de la Seguridad Social suben, pero lo hacen apoyadas en empleos de baja intensidad horaria y salarios modestos. No es una interpretación ideológica. Es lo que reflejan los datos oficiales cuando se analizan sin filtros sectarios.
El sesgo de género sistémico
La desigualdad laboral entre hombres y mujeres sigue siendo una de las constantes más resistentes al cambio. En 2025, el paro femenino cerró en 11,24 por ciento, manteniendo las dos cifras. De las 118.400 personas que abandonaron el desempleo a lo largo del año, solo 38.800 fueron mujeres. Además, ellas representan la mayoría de quienes salieron directamente del mercado laboral, 53.100 frente a 6.700 hombres.
La contratación a tiempo parcial tiene también un claro sesgo de género. Cerca de tres cuartas partes recaen sobre mujeres, consolidando una inserción laboral más débil y vulnerable. El aumento de su presencia en la Seguridad Social parece una buena noticia, pero pierde brillo cuando se sostiene sobre empleos inestables y mal remunerados.
Temporalidad estacional y juventud precaria
2025 volvió a confirmar otro rasgo estructural del mercado laboral español su dependencia estacional. Campañas navideñas, turismo y comercio marcaron la contratación de diciembre. Frente a noviembre, la contratación indefinida cayó en 76.000 personas, mientras la temporal aumentó en 10.000, con un impacto especialmente notable entre los menores de 25 años.
Para muchos jóvenes, diciembre no es una puerta de entrada al empleo estable, sino un paréntesis precario entre periodos de inactividad. La reforma laboral ha modificado la nomenclatura contractual, pero no ha alterado de forma sustancial este patrón.
El fracaso de Sánchez detrás de las cifras
Aquí emerge una de las debilidades centrales del proyecto de Pedro Sánchez. Tras más de siete años en el poder, se han mejorado los indicadores absolutos, pero no han logrado que el empleo vuelva a ser un mecanismo eficaz de movilidad social. Trabajar ya no garantiza independencia económica, acceso a la vivienda ni estabilidad vital.
La reforma laboral se presentó como un cambio de paradigma. En la práctica, su impacto ha sido más cosmético que estructural. Parte de la temporalidad se ha desplazado hacia contratos fijos discontinuos y fórmulas híbridas, pero la precariedad persiste. El mercado laboral maquilla sus carencias sin resolverlas.
La falta de autocrítica agrava el problema. Convertir cada dato del SEPE o de la EPA en propaganda positivista impide reconocer los límites del modelo y, por tanto, corregirlos.
Cuello de botella productivo
Más allá de los contratos, el diagnóstico apunta siempre al mismo lugar el sistema productivo español. Décadas de reformas parciales no han alterado su estructura básica. La economía sigue apoyándose en sectores de bajo valor añadido, capaces de generar empleo rápido que engorden las estadísticas pero incapaces de sostenerlo con calidad.
La industria y la innovación continúan teniendo un peso reducido, mientras los servicios estacionales actúan como colchón social. Esta configuración explica por qué el empleo aumenta pero los salarios avanzan con dificultad, mientras el coste de la vida presiona cada vez más a los hogares.
La España de Sánchez crea empleo en bruto, pero no ha resuelto cómo convertirlo en trabajo estable suficiente y emancipador. La distancia entre el discurso oficial y la experiencia real de millones de trabajadores debilita la credibilidad de un proyecto socialdemócrata que prometió seguridad y progreso. Y esa fractura, una vez abierta, resulta mucho más difícil de cerrar que cualquier estadística anual.
Salarios, el gran silencio del PSOE
Si el debate sobre el empleo en España suele centrarse en el número de contratos y en la evolución del paro, la estructura salarial permanece como el gran ángulo muerto del discurso oficial. Sin embargo, los datos de la Encuesta de Estructura Salarial del INE ofrecen una radiografía difícil de conciliar con el optimismo de Moncloa, puesto que el 67 por ciento de los trabajadores cobra muy por debajo del salario medio, una cifra que explica por qué la mejora del empleo no se traduce en bienestar material. Además, cerca de un 20% de los trabajadores tiene un salario inferior al SMI.
El salario medio actúa como un espejismo estadístico. Elevado por una minoría de rentas altas y salarios directivos, oculta una realidad mucho más extendida de ingresos bajos. La mediana salarial se sitúa claramente por debajo de la media, confirmando que la mayoría de los ocupados no participa de ese supuesto progreso.
Esta asimetría no es un matiz técnico. Es la clave para entender la fragilidad social del actual modelo laboral. Sin embargo, para la parte socialista del gobierno, España es el motor de Europa.
Trabajar no basta para sobrevivir
La consecuencia inmediata de esta estructura salarial es una paradoja cada vez más evidente en la economía española: se puede tener empleo y, aun así, vivir en una situación de inseguridad económica crónica. El aumento del coste de la vivienda, la energía y los alimentos ha erosionado el poder adquisitivo de amplias capas de trabajadores cuyos salarios crecen a un ritmo muy inferior al de la inflación acumulada.
El resultado es un mercado laboral que produce ocupación, pero no capacidad de ahorro, ni estabilidad, ni expectativas de mejora. Para millones de personas, el empleo funciona como un mecanismo de subsistencia, no como una vía de progreso. Esta realidad explica por qué el consumo se resiente pese a las buenas cifras macroeconómicas y por qué el malestar social persiste incluso en contextos de crecimiento.
Salarios bajos y parcialidad
La precariedad salarial no se distribuye de forma aleatoria. Está estrechamente vinculada al auge del empleo a tiempo parcial, a la temporalidad encubierta y a la segmentación sectorial. Servicios de bajo valor añadido, jornadas reducidas y contratos fijos discontinuos conforman un ecosistema donde los salarios bajos no son una anomalía, sino la norma. Esto no lo dice ni la derecha ni los ultras, son los datos oficiales que matan el relato propagandístico de Moncloa.
De nuevo, el sesgo de género es evidente. Las mujeres concentran una parte desproporcionada de los salarios más bajos, reforzando una brecha salarial estructural que no se corrige con el mero aumento de la afiliación. Tener contrato ya no es sinónimo de independencia económica.
Desde el punto de vista político, esta realidad salarial marca el techo del discurso triunfalista del Gobierno. Se pueden exhibir récords de afiliación, pero mientras dos de cada tres trabajadores sigan cobrando por debajo del salario medio, el relato pierde credibilidad social.
La promesa implícita del contrato social democrático era clara trabajar garantizaba una vida digna. Cuando esa ecuación deja de cumplirse, la legitimidad del sistema se resiente. El empleo deja de ser un ancla de estabilidad y se convierte en una fuente de frustración. Y eso no se puede ocultar con propaganda.