PSOE y PP, el poder ejercido al margen de la ley

Si algo distingue el momento actual es la imposibilidad de desplazar la responsabilidad hacia el adversario. Tanto el PP como el PSOE afrontan el desafío de demostrar que pueden gobernar sin reproducir las prácticas que hoy se juzgan

12 de Abril de 2026
Actualizado el 13 de abril
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Urnas Justicia PSOE PP
Foto: FreePik

La simultaneidad de grandes procesos judiciales en España ha configurado un momento político excepcional: por primera vez en décadas, las estructuras de poder de los dos grandes partidos (Partido Popular y PSOE) se ven sometidas de forma paralela a un escrutinio judicial de enorme alcance. Los casos conocidos como trama Kitchen y Caso Koldo no solo investigan conductas individuales, sino que proyectan una sombra sistémica sobre los dos últimos ciclos de gobierno en España.

En el centro de este escenario se sitúa la causa de la Operación Kitchen, que afecta al entorno del gobierno presidido por Mariano Rajoy. Este proceso judicial ha puesto bajo la lupa el uso presuntamente irregular de recursos del Estado para fines partidistas, en concreto para sustraer documentación comprometedora al extesorero del PP. Desde una perspectiva jurídica, Kitchen interpela directamente al principio de legalidad administrativa y al deber de neutralidad de las instituciones, al sugerir que aparatos del Estado habrían sido instrumentalizados para proteger intereses políticos.

En paralelo, el denominado Caso Koldo (con ramificaciones que alcanzan al entorno del gobierno de Pedro Sánchez) introduce una problemática distinta, pero igualmente grave: la posible existencia de redes de intermediación y tráfico de influencias en la contratación pública durante la pandemia. La figura de Koldo García, junto a la del exministro José Luis Ábalos, simboliza un modelo de poder basado en la proximidad personal al núcleo gubernamental y en la capacidad de mediar en decisiones administrativas con alto impacto económico.

Ambos casos, aunque diferentes en su naturaleza, convergen en un punto crítico: la erosión de las garantías institucionales frente a la captura del poder público por intereses partidistas o personales. Desde el punto de vista jurídico, plantean interrogantes sobre la eficacia de los mecanismos de control, tanto internos (como la intervención administrativa o los sistemas de contratación) como externos, representados por el poder judicial y los órganos de fiscalización.

La coincidencia temporal de estos procesos no es un mero accidente, sino el reflejo de una transformación más profunda del sistema político español. Durante años, el bipartidismo funcionó como un mecanismo de alternancia que, en cierta medida, amortiguaba el impacto de los escándalos de corrupción: el desgaste de uno de los partidos era capitalizado por el otro. Sin embargo, la actual simultaneidad de causas judiciales rompe ese equilibrio, al situar a ambos actores bajo sospecha de manera concurrente.

Este fenómeno tiene implicaciones políticas de gran calado. Por un lado, debilita la legitimidad del sistema en su conjunto, al proyectar la imagen de que las prácticas irregulares no son anomalías aisladas, sino patrones recurrentes en el ejercicio del poder. Por otro, alimenta el discurso de fuerzas emergentes que cuestionan el modelo institucional surgido de la Transición, reforzando la idea de una crisis estructural más que coyuntural.

Desde una perspectiva de análisis jurídico, la clave reside en distinguir entre responsabilidad penal individual y responsabilidad política colectiva. Los tribunales determinarán si existen delitos concretos y quiénes son sus autores, pero el impacto sobre la confianza pública trasciende el ámbito penal. La mera percepción de que las instituciones pueden ser utilizadas para fines espurios tiene efectos corrosivos sobre el Estado de derecho.

En este sentido, tanto Kitchen como el Caso Koldo ponen a prueba la resiliencia del sistema judicial español. La independencia de los jueces, la capacidad de investigación de las fuerzas de seguridad y la transparencia de los procesos serán determinantes para evitar que estas causas se perciban como instrumentos de confrontación política en lugar de mecanismos de rendición de cuentas.

El trasfondo de ambos casos también revela una tensión estructural entre política y administración. La creciente complejidad del Estado moderno, con su densa red de contratos, regulaciones y decisiones técnicas, genera espacios donde la discrecionalidad puede convertirse en arbitrariedad si no está adecuadamente controlada. En ese terreno ambiguo es donde proliferan las figuras del intermediario, el asesor informal o el “conseguidor”, que operan en los márgenes de la legalidad.

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