“No nos hablen hoy de acoso” y “que perree”: el día en que Ayuso hizo espectáculo con las victimas de violencia machista

Entre cifras, dardos y caricaturas: qué dijo, qué insinuó y qué no sostuvo la presidenta en la asamblea

19 de Febrero de 2026
Actualizado a las 12:00h
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Manuela Bergerot, Más Madrid, Isabel Díaz Ayuso, presidenta regional y Mar Espinar Psoe M, durante la sesión de control
Manuela Bergerot, Más Madrid, Isabel Díaz Ayuso, presidenta regional y Mar Espinar Psoe M, durante la sesión de control

La sesión de control en la asamblea de Madrid acabó convertida en algo que se parecía poco a un examen político y demasiado a una pieza de combate cultural con chistes, insinuaciones y una idea-fuerza repetida de mil maneras: el adversario no discute la gestión, “vive de la pancarta”, necesita “que lo público se hunda” y, cuando se le aprieta, responde con “un plató de televisión”. En esa mezcla, Isabel Díaz ayuso soltó una ristra de frases que buscan el aplauso rápido, pero que se sostienen mal cuando se las mira con calma: “cincuenta ministros y cinco delegados del gobierno en Madrid desde que soy presidenta”, “no nos hablen hoy de acoso sexual, justo hoy”, “les ha dado igual si la pública se deteriora”, o el remate pop: la invitación a “perrear” con Bad Bunny citando una letra explícita para ridiculizar el feminismo de sus rivales.

No es solo una cuestión de tono. Es una forma de gobernar el debate: desviar la pregunta, elevar el volumen, y convertir una crítica concreta —por ejemplo, el gasto en publicidad institucional o la gestión de una crisis— en una batalla moral donde el adversario queda retratado como hipócrita, sectario o directamente indecente. El problema es que, entre el ruido, se cuelan afirmaciones gruesas, comparaciones tramposas y “datos” sin anclaje verificable. Y eso, en una cámara parlamentaria, no es un detalle: es el corazón del control democrático.

El choque con Mar Espinar

 

La portavoz socialista Mar Espinar centró su intervención en la crisis política abierta en el entorno del gobierno regional y en las responsabilidades derivadas del llamado caso de Móstoles. Su acusación fue directa: sostuvo que el problema para la presidenta no era la oposición, sino las fracturas internas dentro de su propio partido y la existencia de dirigentes que, según defendió, habían decidido no guardar silencio.

Espinar denunció que la situación había estallado porque “nunca pensó que en su partido quedará gente con la dignidad suficiente como para exigir justicia”, señalando que la comparecencia judicial pendiente obligará a aclarar decisiones políticas adoptadas desde el entorno del gobierno autonómico. El tono fue especialmente severo cuando acusó a Ayuso de actuar como protectora política frente a denuncias graves, elevando el debate desde la crítica parlamentaria hacia el cuestionamiento ético del ejercicio del poder.

Cuando la oposición apretó por asuntos concretos —desde dimisiones internas y gestión pública hasta el uso de recursos para comunicación institucional— la presidenta respondió con una técnica constante: cambiar el foco a una supuesta degradación general provocada por el gobierno central, salpimentarlo con casos ajenos y envolverlo todo en una acusación de hipocresía.

El ventilador: el patrón que se repite

La frase “tendremos que bajar a su nivel” fue reveladora: no anuncia una refutación con hechos, sino una autorización para el golpe. A partir de ahí, la sesión se pobló de ataques personales, listas de nombres, alusiones a escándalos nacionales y una serie de equivalencias que no se demostraron, pero sí se insinuaron con fuerza. El resultado: más calor que luz.

Ese “calor” también sirve para deslizar mensajes sin probarlos. Cuando alguien afirma que hay “cincuenta ministros” y “cinco delegados” en Madrid desde que ella preside, la cifra suena diseñada para impresionar, no para informar. En política, la hipérbole funciona como un atajo emocional: si el número es enorme, el abuso parece enorme. Pero una institución no debería funcionar a base de atajos.

“No era un caso de acoso sexual” … y la trampa de cambiar el marco

Uno de los momentos más delicados fue el intento de convertir la discusión sobre un caso local en un campo minado de comparaciones y reproches cruzados. Ayuso llegó a decir que “pretenden comparar al alcalde de Móstoles cuando no era un caso de acoso sexual y cambió por el camino”, añadiendo que “de repente” aparece “un relato grabado con el DAO”. No es una explicación: es una sospecha. Y una sospecha en boca de una presidenta, en sede parlamentaria, no es inocua.

"Cincuenta ministros y cinco delegados del Gobierno en Madrid desde que soy presidenta nos dan lecciones y pretenden comparar al alcalde de Móstoles cuando no era un caso de acoso sexual y cambió por el camino, cambió por el camino de repente un relato grabado con el DAO."

Aquí la maniobra es doble. Primero, se desplaza la conversación desde lo verificable (qué hizo o no hizo un gobierno, qué medidas tomó, qué responsabilidades políticas asume) hacia lo nebuloso (relatos que “cambian”, grabaciones que “aparecen”, insinuaciones de maniobra). Segundo, se invoca el respeto a las víctimas (“no respetan a las víctimas”) mientras se construye un relato que, en la práctica, siembra dudas sobre un proceso y sobre personas concretas sin aportar pruebas en el mismo acto. El respeto a las víctimas no puede usarse como escudo retórico para impedir el control, y tampoco como ariete para descalificar al adversario sin rendir cuentas.

Lo público, la pancarta y el muñeco de paja

Otra pieza central fue el discurso sobre la universidad y los servicios públicos. Ayuso afirmó que a sus adversarios “les ha dado igual si la pública se deteriora” y que “necesitan que lo público se hunda para vivir de lo público y de la pancarta”. Es una acusación seria. Pero en su formulación no es un argumento: es un retrato moral del enemigo. No se sostiene con decisiones, presupuestos, indicadores o medidas concretas; se sostiene con una caricatura: “activistas”, “saltimbanquis”, gente que “ideologiza” y “controla sectariamente”.

"Me hablan ustedes de campañas: promoción turística, riesgos laborales, uso adecuado del agua, licitar trámites, riesgos de enfermedades de transmisión sexual, vacunas, becas…"

En términos estrictos, es un muñeco de paja: se atribuye al rival una intención extrema (“hundir lo público”) para evitar discutir lo discutible (financiación, planificación, condiciones laborales, calidad del servicio, objetivos y resultados). Y el problema de fondo es que esa caricatura impide lo más básico: que el público entienda qué se está decidiendo y con qué consecuencias.

Del “look” a la “masturbación”: cuando el debate se vuelve una burla

La sesión cruzó una línea cuando la presidenta dedicó parte de su intervención a ironizar sobre “los looks” de una vicepresidenta, y a ridiculizar campañas que atribuye a sus adversarios: desde “cómo organizar las tareas del hogar” hasta “campañas pseudo afectivas”. El punto no es si una campaña pública concreta es acertada o no —eso se debate con objetivos, evidencias y evaluación—, sino el método: presentarlo como una prueba de que “la gente es idiota”, frase que, tal como se formuló, no desmonta una política; desprecia a la ciudadanía.

¿Qué pasa con los looks de su vicepresidenta, ya que vienen a mí los míos?

 

 

A mí me da igual lo que hable la prensa femenina, me parece muy bien.

 

¿O también la van a censurar cuando habla de ustedes?

¿Y cómo son sus campañas?

 

Por la masturbación de mayores de 60 años, para cómo organizar las tareas del hogar porque la gente es idiota y no sabe cómo llevar su casa; “que el miedo cambie de bando”; campañas pseudo afectivas para menores de seis años.

Y el clímax llegó con la escena Bad Bunny: la invitación a “subirse al escenario” y “perrear un poquillo” mientras cita una letra explícita para rematar con “qué feminismo les está quedando”. Es una táctica de choque cultural: mezclar sexualidad, burla y moralina para desautorizar al rival sin tocar el núcleo de ninguna política pública. Sirve para viralizar. No sirve para gobernar ni para rendir cuentas.

"Yo solo le animo a una cosa: aprovechando que va a venir Bad Bunny y usted quiere darle la medalla, le animo a que se suba al escenario con él y perree un poquillo cuando le diga aquello de: 

«Y yo ya le di a las dos, la amiga repitió, ponte en cuatro, quisiera mudarme con todas pa’ una mansión». 

Qué feminismo les está quedando. Qué política de altura, señorías. Qué buen gusto. Qué bien les va".

Bergerot y la publicidad institucional a la prensa amiga

Frente a ese torrente de sarcasmos, la intervención de Manuela Bergerot introdujo un elemento que cambia el partido: cifras concretas y un señalamiento político directo. “solo el último año”, enumeró importes y medios: la razón (448.000 euros), el español (532.000), ok diario (574.000), Jiménez Losantos (1.018.000) y el mundo (1.146.000). Y remató con una frase que busca clavar la idea en la memoria: “no son premios de la lotería: es la publicidad institucional”.

La discusión aquí no es estética, sino institucional: la publicidad pública existe para informar de servicios, campañas de salud, seguridad o derechos. Cuando se convierte en una sospecha razonable de herramienta de afinidad política —“prensa amiga”, en palabras del debate—, la pregunta deja de ser “cuánto se gasta” y pasa a ser “con qué criterios, con qué controles, con qué evaluación y con qué reparto”. Bergerot señaló, además, un punto delicado: el uso de ese gasto como cortina ante crisis políticas internas, apuntando al papel del entorno comunicativo del gobierno regional.

Ayuso respondió primero con una provocación: que “incluso es poco” y que “hoy debería haber puesto cuñas en la radio” para cargar contra la ministra y la huelga sanitaria. Es decir: admitió sin rodeos que concibe la publicidad institucional como altavoz político para disputar un relato, no solo como información de servicio. Cuando una presidenta enmarca así la herramienta, el debate sobre “prensa” y “dinero público” deja de ser un eslogan: se vuelve una cuestión de higiene democrática.

Un control parlamentario no puede ser un ring sin árbitro

Lo más grave de la sesión no fue una frase zafia o un chascarrillo: fue la suma. Insinuaciones sin pruebas expuestas, cifras hiperbólicas sin contraste, comparaciones que cambian el marco para evitar responsabilidades, y un uso de la burla como sustituto del dato. Cuando eso se normaliza, el parlamento se vacía de su función: que el gobierno responda, que la oposición repregunte, y que la ciudadanía pueda distinguir entre hechos, opiniones y propaganda.

La política puede ser dura. Pero la democracia exige algo mínimo: que cuando se afirma, se sostenga; y cuando se acusa, se pruebe o se rectifique. Si no, no es “control”. Es teatro.

Vox

En el bloque sobre vivienda pública, vox optó por un discurso de señalamiento identitario: presentó ejemplos de nombres de adjudicatarios para sugerir un “reemplazo” y acusó al sistema de discriminar a “jóvenes españoles” como “Fran y Bea”, vinculando inmigración con acceso a vivienda, sanidad y ayudas; ayuso, por su parte, esquivó el corazón de la pregunta (criterios y cumplimiento de las 25.000 viviendas prometidas) y respondió con un marco general sobre migraciones, integración y “nueve de cada diez adjudicatarios” españoles, sin aportar en el debate la evidencia concreta que permitiría contrastar ese dato, dejando el asunto —otra vez— en el terreno del choque político y no del control verificable.

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