En política, nada de lo que se repite de forma sistemática es accidental. La crispación permanente que vive España no es un fallo del sistema, sino una estrategia consciente de determinados actores políticos.
Cuando los indicadores económicos no acompañan el relato de desastre, se sustituye el debate económico por un conflicto identitario, moral o cultural. El objetivo no es gobernar mejor, sino deslegitimar al adversario.
¿Por qué desgastar al Gobierno aunque el país pierda?
La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿qué interés tiene una oposición en generar inestabilidad si eso puede empeorar la economía?
La respuesta es simple y está documentada en ciencia política: cuanto peor funcione el sistema, mayor es la probabilidad de cambio político, aunque ese deterioro sea inducido.
El filósofo Carl Schmitt defendía que la política se define por la distinción amigo-enemigo. En ese marco, la gobernabilidad importa menos que la derrota del adversario.
El ultraliberalismo y el desprecio por lo común
Una parte relevante de la derecha contemporánea ha asumido postulados ultraliberales: el Estado es el problema, lo público es ineficiente y el conflicto es preferible a la negociación.
El conflicto no es un error: es un método
Desde esta lógica, si el Gobierno fracasa, se refuerza la idea de que lo público no funciona. Incluso una crisis económica puede ser útil si debilita el consenso social sobre el Estado del bienestar.
La politóloga Wendy Brown ha explicado cómo el neoliberalismo radical necesita erosionar la confianza en las instituciones para justificar su desmontaje.
Ayuso y la política de la confrontación
El estilo político de Isabel Díaz Ayuso no es una excentricidad personal, sino un modelo comunicativo coherente: confrontación constante, dramatización del adversario y victimismo institucional.
Su discurso no busca acuerdos ni estabilidad, sino polarización emocional. Cuanto más intenso es el choque con el Gobierno central y con Pedro Sánchez, más se refuerza su liderazgo interno y su perfil mediático.
La política se convierte en espectáculo identitario, no en gestión.
Ecos internacionales: del MAGA al conflicto global
Aunque el contexto español es específico, el patrón es reconocible a escala internacional. El fenómeno asociado al movimiento MAGA en Estados Unidos comparte rasgos fundamentales: negación de datos incómodos, exageración del declive nacional y construcción de enemigos internos.
El politólogo Francis Fukuyama ha señalado que estas dinámicas surgen cuando sectores sociales perciben que el progreso ya no les pertenece, aunque los datos globales indiquen crecimiento.
Religión, valores y poder político
En cuanto a la influencia de corrientes religiosas conservadoras, conviene separar hechos de mitos. No existen pruebas de un control directo de organizaciones como el Opus Dei sobre partidos políticos, pero sí una afinidad ideológica con determinados valores morales.
La religión, en estos casos, funciona más como marco cultural que como estructura orgánica de poder. Se instrumentaliza simbólicamente para reforzar identidades frente a un adversario presentado como amenaza moral.
Una democracia tensionada por diseño
La crispación no es el reflejo de una economía fallida, sino el resultado de una estrategia política que necesita un país permanentemente al borde del conflicto.
Cuando gobernar deja de ser prioritario y lo central pasa a ser impedir que gobierne el otro, la democracia se convierte en un campo de batalla emocional.
El caos como ventaja política
España no vive una “teoría del caos” espontánea, sino una producción deliberada de caos narrativo. El conflicto desgasta, pero también moviliza. Empobrece la economía, pero puede enriquecer carreras políticas.
Entender esto es el primer paso para desactivar la crispación. Mientras el enfrentamiento sea rentable, seguirá siendo cultivado, aunque los datos digan otra cosa y aunque el país pague el precio.