Isabel Díaz Ayuso volvió a utilizar la Asamblea de Madrid como si fuera un plató de confrontación permanente. Cada pregunta concreta acabó sepultada bajo una catarata de acusaciones, consignas y ataques al Gobierno central. La presidenta madrileña fue interrogada por la migración, por sus viajes, por la vivienda y por la memoria democrática, pero respondió casi siempre con el mismo guion: Sánchez, Zapatero, Venezuela, Bildu, el “Grupo de Puebla” y una supuesta conspiración contra Madrid.
Ayuso compite con Vox en el terreno de la inmigración
La primera escena la abrió Vox, con una intervención de Isabel Pérez Moñino centrada en la inmigración. La diputada acusó a Ayuso de celebrar que lleguen inmigrantes “sin trabajar y a vivir de las ayudas sociales”. La presidenta contestó que es “totalmente falso que se regale nada a nadie por ser de fuera”, aunque aprovechó para endurecer su discurso y competir con la extrema derecha en su propio terreno.
Ayuso defendió que Madrid es “la casa de todos los acentos”, pero lo hizo al mismo tiempo que señalaba las “regularizaciones masivas” del Gobierno como una amenaza para los servicios públicos. En lugar de desmontar de raíz el marco xenófobo de Vox, eligió disputarle el relato. No negó la lógica del miedo: la reordenó para culpar a Sánchez.
La pregunta sobre México que Ayuso evitó responder
Después llegó Mar Espinar, del PSOE, con una pregunta directa sobre los viajes internacionales de la presidenta. “El jueves pasado le pregunté por su viaje a México y usted me dijo que todos sus gastos estaban en el portal de transparencia y en el portal de transparencia no hay nada. Miente usted más que habla”, afirmó. Espinar puso el foco en los “dieciocho viajes” y en los gastos de salas de autoridades, algunos “de más de 2.000 euros”.
La respuesta de Ayuso fue mínima: “El principal objetivo es no permitir que arruinen a Madrid”. Nada sobre quién paga, cuánto cuesta, qué agenda real tienen esos desplazamientos o qué retorno obtiene la ciudadanía madrileña. La transparencia quedó sustituida por una frase de combate.
“Miente usted más que habla”
La réplica de Mar Espinar elevó todavía más la tensión política. La portavoz socialista denunció el doble rasero permanente del PP madrileño con la corrupción y la Justicia. “Si imputan a alguien de su entorno, presunción de inocencia. Si imputan a cualquier otro mortal, y más si es socialista, vale cualquier titular más que una sentencia”, señaló.
Espinar recordó además algunas de las grandes polémicas que rodean al Gobierno regional y al entorno personal de Ayuso. “¿Sabe cuál es su legado, señora Ayuso? Pagar 5.000 millones al mayor cliente de su novio. Dopar a los panfletos para que enturbien todo. Asfixiar a la sanidad pública. Desmantelar a las universidades. Expulsar a los vecinos de sus barrios para entregárselo a fondos buitre”.
También mencionó el drama de las residencias durante la pandemia: “Abandonar a nuestros mayores: 7.291 con nombre y apellido”.
Lejos de responder, Ayuso volvió a lanzar una ofensiva total contra el PSOE y contra José Luis Rodríguez Zapatero, al que calificó como “el padrino del sanchismo”. Habló de Venezuela, de corrupción, de independentismo y de una supuesta colonización de empresas públicas por parte del PSC y sus aliados.
Pero la pregunta seguía sin respuesta: quién financia los viajes de Ayuso y por qué no aparecen todos los gastos publicados con transparencia.
Memoria democrática y vivienda: la otra gran grieta
La tercera intervención clave fue la de Manuela Bergerot, de Más Madrid. La portavoz comenzó con memoria democrática: “Debajo de su despacho de la Puerta del Sol hay celdas donde se detenía y se torturaba a los demócratas durante el franquismo”. Y añadió: “Quien no se atreve a mirar de frente a la historia de su país no es un patriota, es un acomplejado”.
Ayuso esquivó el fondo y atacó a la izquierda por haber gobernado antes sin resolver esa cuestión. Después, ante la pregunta sobre vivienda, respondió con sarcasmo: “¿A qué hora empieza el reparto de propiedades de sus señorías de Más Madrid?”. Otra vez, caricatura en lugar de política pública.
Ayuso respondió acusando al PSOE e Izquierda Unida de haber gobernado durante décadas sin actuar sobre ese pasado. Y rápidamente cambió de tema para cargar contra Más Madrid y sus propuestas sobre vivienda.
“Nadie debería tener más de diez casas”
Bergerot situó el debate en el centro de la crisis social madrileña. “Nadie debería tener más de diez casas”, afirmó. La portavoz defendió limitar la acumulación especulativa de vivienda y aumentar la inversión pública frente a una emergencia habitacional cada vez más evidente.
“Nunca les he visto revolverse por los desahucios en los barrios de Madrid”, denunció. “Tener diez casas no es un derecho. Tampoco es un derecho que por cada millonario que tiene diez casas haya diez familias que no tienen ninguna”.
La presidenta reaccionó acusando a la izquierda de querer “destruir a la clase media” y de “importar pobreza”. Según Ayuso, las políticas progresistas solo buscan “repartir miseria” y perseguir a propietarios, autónomos y empresas.
Sin embargo, evitó entrar en el problema real: alquileres disparados, salarios incapaces de seguir el ritmo del mercado y miles de jóvenes expulsados de Madrid o condenados a compartir vivienda durante años.
Una presidenta que sustituye respuestas por propaganda
El patrón fue evidente durante toda la sesión. Cuando se le preguntó por transparencia, habló de corrupción socialista. Cuando se le preguntó por vivienda, habló de “bolivarianismo”. Cuando se le interpeló por memoria democrática, acusó a otros de controlar el pasado. Cuando se le señaló la sanidad, respondió con inauguraciones y cifras, sin entrar en las quejas de profesionales y pacientes.
Ayuso no comparece para rendir cuentas: comparece para imponer un clima. Su estrategia consiste en convertir cualquier pregunta en una batalla cultural, cualquier crítica en una conspiración y cualquier dato incómodo en una agresión contra Madrid. Pero gobernar no es encadenar titulares. Gobernar es responder.
Y eso fue precisamente lo que no hizo. No respondió con claridad sobre México. No respondió sobre el coste completo de sus viajes. No respondió sobre la tensión real de la vivienda. No respondió sobre la memoria democrática bajo la Puerta del Sol. Prefirió levantar una cortina de humo tan densa que acabó retratando su propia debilidad: una presidenta fuerte para atacar, pero frágil cuando se le exige transparencia.