La Alianza de Izquierdas de Rufián, un test de utilidad para Podemos

El partido morado tendrá que superar sus rencillas con Yolanda Díaz y sumarse a la coalición si quiere mantener su credibilidad entre la izquierda

13 de Febrero de 2026
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Un acto de Podemos en Vistalegre
Un acto de Podemos en Vistalegre

¿Qué va a hacer Podemos? Esa es la pregunta que se hace la izquierda tras la propuesta de unidad de Gabriel Rufián. El partido morado ha vivido en los últimos años instalado en el rencor a Sumar y a Yolanda Díaz. Cuesta trabajo creer que ahora se pongan codo con codo a remar contra la extrema derecha, tal como reclama el portavoz de Esquerra Republicana de Cataluña.

Tras años de tensiones internas, escisiones y reposicionamientos estratégicos, la propuesta de una nueva alianza impulsada por Gabriel Rufián abre un escenario inédito. El dirigente de ERC, conocido por su capacidad para moverse entre la política institucional y la comunicación directa con las bases progresistas, plantea un frente amplio que agrupe a fuerzas diversas con el objetivo de recuperar influencia en un contexto marcado por la fragmentación. En ese marco, el papel de Podemos se convierte en uno de los elementos más determinantes para calibrar el alcance real de la iniciativa.

De momento, la participación de Podemos en la Alianza de Izquierdas para frenar a la extrema derecha está en el aire. En las últimas horas, la coordinadora de los Comunes, Candela López, ha detallado que se ha cursado invitación a todo el arco de la izquierda alternativa, también a Podemos. Al mismo tiempo, ha subrayado que, en este momento, no corresponde abrir el debate sobre el futuro político de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, ni sobre posibles cabezas de cartel.

En una comparecencia ante los medios en el Congreso, López ha señalado que su organización, junto a IU, Más Madrid y Movimiento Sumar, escenificará de nuevo su alianza el próximo 21 de febrero en Madrid, con el objetivo de mostrar que asumen el desafío de frenar el crecimiento de la ultraderecha y de iniciar un proceso para sumar a “muchas más fuerzas políticas” a este proyecto.

Podemos, que irrumpió en 2014 como un fenómeno político capaz de alterar el tablero, ha atravesado un ciclo de desgaste evidente. Su salida del Gobierno de coalición, la ruptura con Sumar y la pérdida de representación en varios territorios han reducido su peso institucional. Sin embargo, conserva un capital simbólico y una base militante que sigue siendo relevante en el ecosistema de la izquierda transformadora. La pregunta que se abre ahora es cómo encaja ese legado en la arquitectura que Rufián pretende articular. Desde luego, cualquier cosa que no sea trabajar en común terminará relegando aún más a los morados, que en las últimas elecciones de Aragón se ha quedado fuera del parlamento regional al no superar el listón del 5 por ciento y lo que es peor: miles de votos han terminado en la papelera.

La propuesta de Rufián se presenta como un intento de superar las lógicas de competencia interna que han debilitado al espacio progresista en los últimos años. Su planteamiento, según diversas interpretaciones, busca construir un marco de cooperación flexible, donde cada actor mantenga su identidad, pero se comprometa a una estrategia común en ámbitos clave: defensa de derechos sociales, políticas redistributivas, transición ecológica y blindaje de servicios públicos. En ese esquema, Podemos podría desempeñar un rol doble: por un lado, aportar su experiencia en movilización y su capacidad para conectar con sectores desencantados; por otro, actuar como un contrapeso que evite que la alianza derive hacia posiciones excesivamente institucionalizadas. Pero para ello debe romper con las rencillas del pasado y aceptar su nuevo rol en la política nacional con generosidad y altura de miras.

La relación entre Podemos y ERC ha sido históricamente ambivalente. Han coincidido en numerosas votaciones en el Congreso y han compartido diagnósticos sobre la necesidad de democratizar el Estado y ampliar derechos. Pero también han chocado en cuestiones territoriales y en la gestión de alianzas. La iniciativa de Rufián, sin embargo, parece orientarse a un terreno donde esas diferencias pueden modularse. No se trata de una fusión ni de una coalición rígida, sino de un espacio de cooperación que permita sumar fuerzas sin diluir identidades.

Para Podemos, esta invitación llega en un momento en el que necesita redefinir su estrategia. Tras la ruptura con Sumar, el partido ha buscado reconstruir un perfil propio, más combativo y centrado en la denuncia de desigualdades. La posibilidad de integrarse en una alianza más amplia podría ofrecerle una plataforma para recuperar visibilidad y capacidad de influencia. Al mismo tiempo, implica asumir un reto: convivir con actores que tienen culturas políticas distintas y que, en algunos casos, han sido competidores directos.

Uno de los elementos clave será la capacidad de Podemos para presentarse como un socio fiable dentro de la alianza. En los últimos años, las tensiones internas del espacio progresista han generado desconfianza entre organizaciones que, en teoría, comparten objetivos. La propuesta de Rufián solo podrá consolidarse si se construye sobre bases estables y mecanismos de coordinación claros. En ese sentido, la participación de Podemos podría ser decisiva para demostrar que es posible superar la lógica de bloques enfrentados dentro de la propia izquierda.

Otro aspecto relevante es el impacto territorial. ERC tiene una implantación sólida en Cataluña, pero su capacidad para influir en el conjunto del Estado depende de alianzas estratégicas. Podemos, aunque debilitado, mantiene presencia en varias comunidades y conserva un reconocimiento nacional que podría complementar la propuesta republicana. La combinación de ambos factores podría dar lugar a un espacio más transversal, capaz de disputar agenda política en ámbitos donde la izquierda transformadora ha perdido terreno.

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