La propuesta de Rufián sobre un frente amplio de izquierdas condena a Sumar a su desaparición

El partido de Yolanda Díaz no ha conseguido movilizar al votante de izquierdas y hay voces que reclaman su refundación con otro líder

12 de Febrero de 2026
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Yolanda Díaz, líder de Sumar desde su fundación, en una imagen de archivo
Yolanda Díaz, líder de Sumar desde su fundación, en una imagen de archivo

Cuando Sumar irrumpió en la escena política española, lo hizo envuelto en un aura de renovación. Se presentaba como un espacio amplio, transversal, capaz de aglutinar a la izquierda alternativa bajo un liderazgo más amable y menos confrontativo que el de etapas anteriores. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que aquel impulso inicial se fue diluyendo con rapidez. Hoy, para muchos analistas, Sumar aparece como un proyecto quemado, amortizado y prácticamente finiquitado, incapaz de recuperar la energía que prometió y atrapado en una dinámica interna que ha erosionado su credibilidad y su capacidad de influencia. Podemos ha consumado su venganza contra la vicepresidenta del Gobierno.

El desgaste comenzó incluso antes de su estreno electoral. La construcción del espacio estuvo marcada por tensiones, vetos cruzados y negociaciones interminables entre partidos que, en teoría, debían ser socios naturales. La ausencia de Podemos en la estructura final, tras meses de desencuentros, dejó una fractura visible que condicionó desde el primer día la percepción pública del proyecto. Sumar nació con la promesa de superar la fragmentación, pero lo hizo exhibiendo precisamente esa división que pretendía resolver. Hoy, Sumar ve cómo elección tras elección (primero Extremadura, ahora Aragón) el proyecto naufraga una y otra vez. No conecta con el electorado mientras un sector de la clase trabajadora vota a la extrema derecha descontento con las propuestas del bloque progresista. Para mayor frustración, partidos nacionalistas e independentistas de izquierdas sí carburan, como Bildu en Euskadi, ERC en Cataluña o la propia Chunta en Aragón.

A ello se suma un problema de identidad política. Sumar nunca logró definir con claridad qué quería ser: ¿una plataforma ciudadana? ¿una coalición de partidos? ¿un liderazgo personalista? ¿una marca paraguas? La ambigüedad, que en un primer momento podía interpretarse como flexibilidad, terminó convirtiéndose en un lastre. La ciudadanía no tenía claro qué representaba Sumar más allá de un discurso generalista sobre derechos sociales, transición ecológica y feminismo. En un escenario político saturado, la falta de un relato propio y reconocible dificultó su consolidación.

El resultado electoral de 2023 confirmó ese diagnóstico. Aunque Sumar logró entrar en el Congreso con un grupo parlamentario relevante, lo hizo con un apoyo inferior al que Unidas Podemos había obtenido en ciclos anteriores. La pérdida de votos y escaños evidenció que el nuevo proyecto no había conseguido movilizar a la base social que en su día impulsó a la izquierda alternativa. La promesa de ampliación del espacio se quedó en un objetivo incumplido. Y, lo que es más importante, el resultado debilitó su capacidad negociadora en un Parlamento fragmentado.

A partir de ahí, el desgaste se aceleró. La convivencia interna entre partidos con culturas políticas distintas (Izquierda Unida, Más País, Comunes, Compromís, pequeñas formaciones territoriales) se volvió cada vez más complicada. Las discrepancias estratégicas, las tensiones por la visibilidad mediática y las disputas por los recursos públicos del grupo parlamentario fueron minando la cohesión. Sumar, que aspiraba a ser un espacio de cooperación, se convirtió en un escenario de fricciones constantes.

El liderazgo de Yolanda Díaz, inicialmente uno de los principales activos del proyecto, también sufrió un deterioro notable. Su figura, que había alcanzado altos niveles de popularidad como ministra de Trabajo, se vio atrapada en la lógica partidista. La distancia entre su imagen institucional y la gestión interna de Sumar generó críticas tanto dentro como fuera del espacio. Su renuncia a la coordinación política, meses después, fue interpretada como la constatación de que el proyecto había perdido rumbo.

Mientras tanto, el electorado progresista asistía a este proceso con creciente desafección. La izquierda alternativa, que en su momento había sido capaz de movilizar a sectores jóvenes, urbanos y precarizados, se encontraba ahora dividida entre Sumar, Podemos y otras fuerzas territoriales. La fragmentación no solo debilitaba la representación institucional, sino que transmitía una sensación de agotamiento político. La idea de que Sumar era un proyecto “quemado” empezó a instalarse en el debate público.

Para muchos observadores, Sumar había cumplido su función inicial (evitar una caída mayor de la izquierda alternativa en las elecciones de 2023), pero no había logrado construir una estructura sólida para el futuro. Su presencia en el Gobierno, limitada y condicionada, no compensaba la falta de cohesión interna ni la ausencia de un horizonte político claro. El proyecto parecía haber perdido utilidad incluso para quienes lo impulsaron.

La salida de algunos partidos, la pérdida de portavocías relevantes y la incapacidad para articular una estrategia común en el Congreso reforzaron la percepción de que Sumar había entrado en una fase terminal. La marca, que en su día aspiró a ser un paraguas amplio, se fue vaciando de contenido y de actores. Lo que quedaba era una estructura debilitada, sin liderazgo claro y sin proyecto político reconocible.

En paralelo, el contexto político tampoco ayudaba. La polarización creciente, la presión de la derecha y la extrema derecha, y la necesidad del Gobierno de mantener mayorías parlamentarias ajustadas exigían una izquierda alternativa fuerte y cohesionada. Sumar, lejos de cumplir ese papel, se convirtió en un actor imprevisible, con dificultades para mantener posiciones comunes y con escasa capacidad de influencia real. Su peso político se redujo a intervenciones puntuales, sin un hilo conductor que permitiera identificar una estrategia coherente.

Hoy, el balance es difícil de maquillar. Sumar aparece como un proyecto que no logró consolidarse, que no supo gestionar su diversidad interna y que no consiguió conectar con un electorado que demandaba claridad, firmeza y coherencia. Su desgaste ha sido rápido y profundo, hasta el punto de que muchos lo consideran ya un espacio agotado.

Tras la propuesta de Gabriel Rufián de articular una coalición de partidos de izquierdas con el fin de frenar a Vox, el papel de Sumar parece más secundario que principal. El futuro de la izquierda alternativa en España queda ahora abierto. La experiencia de la plataforma de Yolanda Díaz deja lecciones sobre la importancia de la cohesión, la claridad estratégica y la construcción de identidades políticas sólidas. Pero también evidencia que los proyectos basados en equilibrios frágiles, liderazgos difusos y estructuras improvisadas tienen dificultades para sobrevivir en un escenario político tan exigente como el actual.

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