“Hay dos maneras muy fáciles de detectar un idiota. La primera es que hable de él en tercera persona. La segunda es que se postule sobre algo. Yo, si me tengo que ir a casa esta tarde, me voy para casa”, sentenció Gabriel Rufián, ayer, en los pasillos del Congreso de los Diputados. De esta manera, vino a confirmar que su propuesta de articular una alianza de izquierdas no ha gustado en Esquerra, su partido de toda la vida. Y de paso dejó una de sus frases para la historia: “Lo que viene [la extrema derecha] no se para con siglas”. Una pena.
Poco antes, Elisenda Alamany, portavoz de ERC, salía a la palestra para reventar la noble idea de Rufián. “No nos vamos a presentar en la Comunidad Autónoma de Madrid. La estrategia de ERC es clara, son 95 años de historia de este partido, nos presentamos para defender nuestro país, Cataluña”, concluyó sin concesiones. Ahí murió la última esperanza del votante progresista desmoralizado y desafecto. Fue una especie de butifarra al bueno de Gabriel, que en un abrir y cerrar de ojos se quedó solo, compuesto y sin el apoyo del partido.
¿Qué piensa hacer a partir de ahora el azote de la derecha? Queda en una difícil posición. Si abandona a las primeras de cambio, es decir, si recula y vuelve sumisamente al redil, pasará a la historia como un calzonazos, un bocachanclas, un líder de chichinabo, además de un funcionario sumiso. Se acabó su fama de gran estadista que se ha labrado a pulso defendiendo los derechos del pueblo llano. Por el contrario, si sigue adelante con su proyecto de unir a la desnortada izquierda española, marcada por la maldición del fraccionamiento en grupos con intereses particulares, o sea el Frente de Judea de La vida de Brian, lo más probable es que Junqueras y la cúpula lo llamen a consultas para que coja la maleta, entregue el acta, pague el alquiler del mes y con las mismas se vuelva para Barcelona por botifler. En ese caso, se repetiría la misma historia que ha terminado con tantas buenas cabezas de la izquierda aplastadas por el aparato a través de los tiempos.
Se cuenta que, durante la Guerra Civil, cada vez que un camarada fracasaba en el frente o le temblaba la mano a la hora de purgar a los pusilánimes o faltos de fe del bolchevismo, Moscú lo llamaba a capítulo, le abría expediente, le aplicaba el consejo de guerra y a Siberia. Eso le puede terminar pasando al bueno de Gabriel, un político honesto que dice y hace lo que piensa. Rufián es de lo poco bueno que queda ya en la política española. Un indomable, un pura sangre, un dechado de coherencia. Es valiente, orador de lengua afilada, el Cicerón rojo. Maneja el zasca del tuit y comunica con eficacia. También es alguien comprometido de verdad con sus ideas, un tipo que es lo que se ve (no como otros cuyo personaje se come a la persona). Cuando asegura que se irá a su casa en el momento en que ya no sea útil o ya no sirva a la causa de la izquierda, está diciendo la verdad. Cogerá los bártulos y adiós muy buenas.
No está la izquierda de este país como para perder mentes jóvenes y brillantes. Uno cree que a Rufián habría que conservarlo como el último ejemplar de una especie en extinción. Un lince ibérico del socialismo. Muchos en las calles y en los bares de España confiesan abiertamente que si no fuera indepe le votarían sin problema. Ahora quieren cortarle las alas al mirlo, al muchacho del barrio obrero de Santa Coloma de Gramanet que está llamado a misiones mucho más elevadas que la Republiqueta, como diría Felipe González (ayer anunció su voto en blanco al PSOE). Qué dos mundos tan diferentes, el utópico y fresco de Rufián frente al viejo y rancio del patriarca que en su particular otoño siente pavor ante un mundo nuevo que no comprende. Qué dos vidas paralelas, como diría Plutarco, paralelas solo que en direcciones contrarias. Uno va, el otro vuelve; uno cree, el otro hace tiempo que perdió la fe. El misionero de la izquierda a pie de obra frente al obispo retirado en su palacio que entra y sale por las puertas giratorias de los salones dorados de Madrid, donde el cubierto cuesta un huevo.
La nueva izquierda española será internacionalista o no será. Los tiempos del particularismo periférico han pasado. Vivimos en un mundo interconectado donde Trump se tira uno de sus cuescos de nuevo rico en la Casa Blanca y apesta las Ramblas. No somos nadie para decirle a Rufián lo que tiene que hacer. Ya es mayorcito. Pero es evidente que Cataluña y el partido se le quedan pequeños. Tiene todo un mundo nuevo por explorar: España, Europa, el mundo. Sería muy triste que al último samurai del socialismo (tiene cara de japonés listo) le hicieran el harakiri unos burócratas del aparato, unos siniestros comisarios políticos, unos cuantos agentes del KGB soberanista. O que se echara para atrás para quedarse como un sufrido perico de Segunda División cuando puede conquistar la Champions. Hacen falta muchos rufianes para sacar a este país del delirio ultraderechista. Gente que explique Marx, con claridad y palabras llanas, a los chicos de los barrios proletas seducidos por el nuevo nazismo. Gente como él que sepa arrancarle la máscara al impostor de Abascal. Líderes, en fin, de los que ya no quedan. Si se atreviese a dar el salto para coger el timón huérfano de la izquierda española (también europea), nos quedaría una última bala de plata contra el hombre lobo ultra (y siempre que la caverna judicial no le ponga un juez para inventarle un caso). Haz algo, Gabriel, haz algo que nos comen.