El PP encoge la sanidad gallega y lo llama reorganización

El cierre de centros de salud los sábados confirma una deriva que ya no se puede maquillar. Menos atención primaria, más sobrecarga y una gestión que ha normalizado el retroceso

08 de Abril de 2026
Actualizado a las 11:51h
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El PP encoge la sanidad gallega y lo llama reorganización

La decisión de dejar sin apertura sabatina a al menos una veintena de centros de salud no cae del cielo ni responde a una urgencia puntual. Es el resultado de una política sanitaria sostenida en el tiempo por el Partido Popular en la Xunta de Galicia. Una política que ha ido acostumbrando a la ciudadanía a perder servicios, recorrer más kilómetros, esperar más días y escuchar, cada vez que protesta, que todo forma parte de una supuesta modernización. No lo es. Es un repliegue.

El cierre de centros de salud los sábados tiene algo especialmente revelador. No afecta a una unidad muy especializada ni a un dispositivo marginal. Golpea la base del sistema. La atención primaria, la red más cercana, la que evita que todo termine en urgencias, la que debería absorber buena parte de la demanda cotidiana. Cuando esa red se reduce, no se está moviendo una pieza administrativa. Se está debilitando el punto de entrada más importante de la sanidad pública.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo en Galicia. La Xunta ha optado por concentrar la asistencia de los sábados en los PAC y venderlo como una reorganización razonable. El problema es que esa reorganización no nace de una mejora del modelo, sino de una carencia previa. No se concentran recursos porque sobren centros. Se concentran porque faltan profesionales para sostenerlos.

Y esa falta de profesionales no es una fatalidad inevitable. Es una responsabilidad política. La escasez de médicos de familia, las vacantes sin cubrir y la sobrecarga de la primaria llevan años denunciándose por sindicatos, plataformas profesionales y usuarios. La Xunta presume de cifras globales de inversión, pero la realidad que asoma es otra: si el sistema estuviera realmente reforzado, no habría que cerrar centros los sábados para que no colapse.

Menos puertas abiertas, más distancia

La consecuencia de estos cierres no es abstracta. Se traduce en desplazamientos más largos, en agendas más saturadas, en esperas más incómodas. En la práctica, significa que quien antes podía resolver un problema cerca de casa ahora tendrá que reorganizar su vida para llegar a otro punto, normalmente más lejos y más lleno.

El sistema, además, no se vacía de forma homogénea. Golpea más a las zonas periféricas, a los núcleos pequeños, a los pacientes mayores. Donde más necesaria es la proximidad, es donde primero se pierde. Cuando se cierra un centro un sábado no desaparece solo un servicio sanitario. Desaparece un punto de referencia básico.

La Xunta insiste en hablar de eficiencia. Pero la eficiencia no consiste en cerrar lo que funciona, sino en hacerlo funcionar mejor. Y aquí ocurre lo contrario. Se reduce la oferta para sostener un sistema que ya no llega.

En paralelo, la atención primaria lleva tiempo funcionando en un equilibrio precario. Las demoras no son una excepción, son parte del día a día. Conseguir cita en pocos días se ha convertido en algo incierto, no garantizado. Y cuando ese acceso falla, el sistema no absorbe mejor la demanda. La desplaza. A urgencias, a consultas posteriores, a diagnósticos que llegan más tarde.

El Sergas no se reforma, se repliega

Hay otra capa que explica este deterioro. Mientras se recorta en la base del sistema, el gasto en conciertos con el sector privado ha ido creciendo de forma sostenida en los últimos años. No es un salto puntual. Es una tendencia.

Eso no sería necesariamente problemático si al mismo tiempo se reforzara la red pública. Pero no es lo que ocurre. Se consolidan derivaciones y contratos externos mientras faltan profesionales en los centros de salud y se reducen horarios. La imagen es difícil de defender: menos sanidad cercana y más dependencia externa.

El problema no es ideológico en abstracto. Es práctico. Qué se prioriza cuando los recursos son limitados. Y la respuesta que da la Xunta es cada vez más evidente. El Partido Popular lleva años gestionando la sanidad gallega con un discurso de estabilidad que choca con la experiencia cotidiana. La primaria pierde peso, los hospitales acumulan presión y el acceso se vuelve más lento. Todo mientras se insiste en que el sistema funciona.

Una normalidad que no lo es

El cierre de los sábados no llega en un sistema relajado. Llega en uno tensionado. Las demoras en consultas, la dificultad para acceder al médico de familia y el desgaste de los profesionales ya formaban parte del paisaje antes de esta medida. Eso es lo que convierte este paso en algo más que un ajuste organizativo. Es una señal de que el sistema ya no puede sostener su propia estructura sin renunciar a partes de ella. Y que esa renuncia se presenta como una decisión técnica para evitar reconocer su origen.

El PP gallego ha ido instalando una idea peligrosa. Que este nivel de deterioro es asumible. Que esperar más es normal. Que desplazarse más es razonable. Que cerrar centros es inevitable. Poco a poco, esa narrativa ha ido calando. Pero no es normal. No lo era hace unos años y no debería serlo ahora.

Cerrar centros de salud los sábados no mejora la sanidad. La reduce. Y hacerlo en un contexto de falta de profesionales, aumento de la presión asistencial y crecimiento del gasto concertado no es una casualidad. Es una forma de gestionar.

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