Ayuso intenta apropiarse del Papa, pero la organización no era suya

La presidenta madrileña convirtió la visita de León XIV en un escaparate político, pese a que la agenda dependía de la Santa Sede, la Iglesia, la Casa Real, Interior y las administraciones implicadas

09 de Junio de 2026
Actualizado el 11 de junio
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Ayuso intenta apropiarse del Papa, pero la organización no era suya

Isabel Díaz Ayuso salió en Espejo Público decidida a envolverse en la visita del papa León XIV como si Madrid hubiera sido, más que una sede, una obra personal. Lo hizo con emoción impostada, épica identitaria y una lectura política que terminó chocando con el propio mensaje del Pontífice: menos polarización, más dignidad humana y menos discriminación por origen nacional, étnico, religioso, lingüístico o social.

La presidenta aseguró que la acogida al Papa había sido “espontánea en las calles” y habló de “un millón y medio” de asistentes a la misa, una cifra que ya figuraba como previsión para el acto central de Cibeles antes de celebrarse. También afirmó que “ha sido impecable la organización”. La pregunta es inevitable: ¿de quién fue realmente esa organización que Ayuso convirtió en materia prima para su relato?

Isabel Díaz Ayuso salió en Espejo Público decidida a envolverse en la visita del papa León XIV como si Madrid hubiera sido, más que una sede, una obra personal.

La respuesta no cabe en un eslogan. El viaje apostólico fue confirmado por la Santa Sede y se produjo tras la invitación del rey Felipe VI y de la Iglesia en España. El Ministerio del Interior coordinó el dispositivo especial de seguridad. El Ayuntamiento de Madrid desplegó miles de policías municipales y efectivos sanitarios, además de medidas de movilidad. La Comunidad de Madrid participó en su ámbito competencial, pero no fue la propietaria política de la visita. Ayuso, sin embargo, habló como si el éxito colectivo necesitara una narradora única: ella.

La apropiación de una visita institucional

Ayuso afirmó: “Esto es Madrid y esto es España”. Después añadió que España es “un país alegre, generoso, flexible” y “de un hondo sentir católico, se tenga o no se tenga fe”. La frase resume bien su operación: tomar una visita religiosa e institucional y convertirla en una prueba de identidad nacional a la medida del PP madrileño.

El problema no está en reconocer la importancia cultural del catolicismo en España. Eso es evidente. El problema está en utilizar esa realidad para deslizar que quien no comparte su lectura queda fuera de la tradición, de la patria o incluso del sentido común. España no es un Estado confesional. La Constitución establece que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Eso no impide la cooperación con la Iglesia católica ni con otras confesiones, pero sí impide convertir la fe mayoritaria en una vara de medir la legitimidad política.

Por eso resulta especialmente grave que Ayuso dijera: “Afortunadamente recordamos todos los días que no somos un país laico y, por favor, que no dejemos de no serlo nunca, sino un país aconfesional”. La presidenta juega con las palabras para oponer laicidad y aconfesionalidad como si fueran enemigas. No lo son en el sentido constitucional: el Estado no pertenece a ninguna religión y debe garantizar la libertad de conciencia de todos, creyentes y no creyentes.

El Papa habló de migrantes; Ayuso habló de fronteras

El choque más evidente llegó con la inmigración. León XIV fue claro: “Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica y social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. También pidió mirar a las personas, afrontar las causas que las obligan a partir y superar la mera gestión de flujos.

Ayuso fue preguntada por la compatibilidad de ese mensaje con la “prioridad nacional” pactada por el PP con Vox en distintas autonomías. No respondió de forma directa. Primero habló del “tercer mundo”, de móviles, de África, de Venezuela, de Cuba y de gobiernos corruptos. Después acabó en su terreno habitual: “ley y orden”, fronteras, volumen migratorio y acusaciones al Gobierno.

La presidenta llegó a sostener que el Ejecutivo busca “la compra masiva de un tipo de voto” y “multiplicar los censos”. Es una acusación de enorme gravedad lanzada sin prueba en la entrevista. Y ahí está la contradicción: Ayuso elogia al Papa cuando habla de raíces cristianas, pero esquiva el centro de su mensaje cuando ese mensaje incomoda a sus pactos con Vox.

Una entrevista para atacar al Gobierno

Ayuso dijo que no quería “mezclar nada” hasta que el Papa se marchara de España. Lo dijo justo antes de mezclarlo casi todo. Acusó al Gobierno de “dar la espalda totalmente a los católicos”, de ser “un proyecto que ya está en sus cenizas” y de utilizar “cualquier señuelo” para tapar escándalos.

La presidenta también afirmó que en España hay “corrupción de Estado” y “una mafia que llegó robando”. Son palabras demoledoras, pero también peligrosas cuando se pronuncian desde una presidencia autonómica sin el mínimo cuidado institucional. Ayuso ha convertido la hipérbole en método: si no hay matiz, no hay responsabilidad; si todo es mafia, todo vale contra el adversario.

Resulta llamativo porque León XIV había advertido precisamente contra la polarización y la descalificación permanente. Cuando un becario le preguntó si se sentía interpelada por ese mensaje, Ayuso respondió que ellos no polarizan, sino que “no callan”. Pero no callar no exige llamar mafia al Gobierno, ni insinuar compras masivas de voto, ni convertir cada entrevista en un mitin de demolición.

La contradicción de Ayuso

La presidenta quiso presentarse como defensora de una España generosa, abierta y no clasista. Pero su discurso se endurece en cuanto aparece la inmigración, el Gobierno o cualquier adversario político. Habla de universalidad católica y, al mismo tiempo, evita condenar con claridad la lógica de “los españoles primero”. Celebra el mensaje del Papa, pero lo filtra hasta dejar solo lo que sirve contra Pedro Sánchez.

La visita de León XIV fue un acontecimiento religioso, institucional y ciudadano. Hubo trabajo de muchas administraciones, cuerpos de seguridad, sanitarios, voluntarios, Iglesia y servicios públicos. Ayuso tenía derecho a agradecerlo. Lo que no tenía era derecho a convertirlo en un instrumento de apropiación política.

Porque el Papa no vino a Madrid para reforzar el argumentario de la Puerta del Sol. Y, si se leen sus palabras completas, el mensaje que dejó no absuelve a Ayuso: la interpela.

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