Rememorar el Holocausto es un deber moral, histórico y democrático. Precisamente por eso resulta tan grave cuando ese recuerdo se instrumentaliza para justificar, blanquear o directamente negar otras violaciones masivas de derechos humanos. El discurso pronunciado por Isabel Díaz Ayuso en un acto oficial de homenaje a las víctimas del nazismo incurre en esa deriva: utiliza una memoria sagrada para construir un relato político que excluye, distorsiona y falsea lo que está ocurriendo hoy en Palestina bajo el Gobierno de Benjamín Netanyahu.
Conviene desmontar, punto por punto, las afirmaciones centrales de su intervención.
El Holocausto no legitima la impunidad presente
Ayuso afirma que Auschwitz fue consecuencia de un Estado que renunció a la verdad y a la ley, elevando el odio a categoría política. Es una descripción correcta. Lo que resulta intelectualmente deshonesto es no aplicar ese mismo principio a la actualidad. El derecho internacional humanitario existe precisamente para evitar que ningún Estado —sea cual sea su historia— quede por encima de la ley.
Desde octubre de 2023, Gaza ha sufrido una ofensiva militar sin precedentes: decenas de miles de civiles muertos, una mayoría mujeres y niños, hospitales y escuelas destruidos, desplazamientos forzosos masivos y una catástrofe humanitaria reconocida por Naciones Unidas, la OMS, UNICEF, ACNUR y múltiples ONG internacionales. Negar ese contexto o silenciarlo en un acto público sobre memoria histórica no es neutralidad: es tomar partido por la impunidad.
Recordar el Holocausto no obliga a callar ante Gaza. Obliga, precisamente, a no mirar hacia otro lado.
Confundir crítica a Israel con antisemitismo es una falacia peligrosa
Uno de los ejes del discurso de Ayuso es equiparar las críticas al Estado de Israel con un supuesto “odio a Israel y al pueblo judío” promovido por movimientos totalitarios. Esta es una de las falsedades más repetidas por la extrema derecha global.
El antisemitismo es una forma específica de racismo y debe combatirse sin ambigüedades. Pero criticar la actuación de un gobierno concreto —el de Netanyahu—, denunciar crímenes de guerra o exigir el cumplimiento del derecho internacional no es antisemitismo. Así lo han afirmado juristas israelíes, organizaciones judías progresistas, relatores de la ONU y supervivientes del Holocausto.
Identificar Estado, gobierno y pueblo es una simplificación interesada que borra la pluralidad del propio Israel y silencia a miles de judíos que se oponen a la ocupación y a la guerra. Esa confusión, lejos de proteger al pueblo judío, lo instrumentaliza políticamente.
La manipulación del concepto de “defensa de la vida”
Ayuso sostiene que Israel da un “ejemplo de defensa de la vida” del que “nos beneficiamos todos”. Los hechos desmienten esa afirmación. La doctrina militar aplicada en Gaza ha incluido bombardeos indiscriminados, castigos colectivos, bloqueo de alimentos y energía, y ataques contra infraestructuras civiles protegidas por el derecho internacional.
La Corte Internacional de Justicia ha advertido de un riesgo real de violación de la Convención para la Prevención del Genocidio y ha exigido medidas cautelares. Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Médicos Sin Fronteras han documentado posibles crímenes de guerra. Defender la vida no puede significar justificar la muerte masiva de civiles por razón de su origen o lugar de nacimiento.
El uso cínico de la infancia
El discurso apela reiteradamente a los niños, pero solo a unos niños. Se condena —con razón— el sufrimiento de menores israelíes víctimas del terrorismo de Hamás, pero se omite deliberadamente que miles de niños palestinos han muerto, han sido amputados, han quedado huérfanos o viven bajo bombardeos continuos.
No hay infancia sagrada y otra prescindible. No hay niños “utilizados” y otros invisibles. Utilizar el dolor infantil de forma selectiva es una forma de deshumanización, exactamente el mecanismo que la memoria del Holocausto debería impedir.
La falacia de la civilización amenazada
Ayuso recurre a un marco ideológico clásico del nuevo autoritarismo: la idea de que Occidente está al borde del suicidio si no se alinea sin fisuras con Israel. Este relato es compartido por Trump, Netanyahu, Orbán, Milei o Abascal. Todos ellos presentan el derecho internacional, la crítica, la universidad o la prensa como enemigos internos.
Pero la verdadera amenaza para la civilización democrática no es denunciar crímenes de guerra, sino normalizarlos. No es exigir derechos humanos, sino relativizarlos según quién sea la víctima. La historia europea demuestra que cuando se jerarquiza el valor de las vidas, el siguiente paso es el autoritarismo.
Memoria sí, pero completa y honesta
El Holocausto no pertenece a ningún gobierno ni a ninguna ideología. Es patrimonio moral de la humanidad. Utilizarlo para negar otras tragedias contemporáneas no solo es una falta de respeto a las víctimas palestinas, sino también a las víctimas judías del nazismo.
La memoria no puede ser selectiva. La ley no puede aplicarse solo a unos. Y la dignidad humana no admite excepciones geopolíticas. Defender todo lo contrario, como hace Ayuso en su discurso, no es honrar el pasado: es traicionarlo.
Recordar Auschwitz exige una ética universal. Todo lo demás es propaganda.