La sesión de control en la Asamblea de Madrid dejó una imagen difícil de normalizar: una presidenta que no solo respondió a la oposición con dureza política, sino con un tono de superioridad, sarcasmo y desprecio que va mucho más allá del intercambio parlamentario. Isabel Díaz Ayuso no se limitó a defender su gestión. Volvió a hablar desde una posición de chulería institucional, como si quienes no la votaron, quienes piensan distinto o quienes cuestionan sus políticas no merecieran una respuesta pública, sino una reprimenda.
La diferencia fue evidente. Ante Vox, PSOE y Más Madrid, Ayuso alternó acusaciones, burlas y descalificaciones. Ante su propio grupo parlamentario, en cambio, adoptó un tono mucho más amable, casi de balance triunfal, centrado en economía, inversión, empleo y orgullo regional. Pero incluso ahí, cuando pasó a comparar Madrid con España, regresó al discurso de confrontación contra el Gobierno central.
Vox abre el choque migratorio
La primera pregunta llegó desde Vox. La diputada Isabel Pérez Moñino acusó a Ayuso de presumir de que Madrid recibirá “otro millón de inmigrantes” y le pidió que contestara “de forma sosegada y de forma clara”. La portavoz de Vox vinculó inmigración con vivienda, transporte público y sanidad, y afirmó que muchos madrileños se preguntan qué planificación tiene el Gobierno regional.
Su intervención incluyó frases especialmente duras, como cuando sostuvo que en un andén abarrotado “los únicos españoles son él y el vigilante de seguridad, si es que hay vigilante de seguridad”. Ayuso respondió reprochando a Vox sus “mentiras habituales” y defendiendo que Madrid crece desde hace décadas en torno a un millón de personas cada diez años. “Si no fuera por esa inmigración tendríamos un verdadero problema de despoblación”, afirmó.
La presidenta tenía argumentos para rebatir el marco xenófobo de Vox, pero eligió un tono de choque permanente. Acusó al partido de no proponer soluciones y de estar “alineados” con Pedro Sánchez. La inmigración fue tratada como arma arrojadiza entre derechas, no como un debate serio sobre integración, servicios públicos, empleo, vivienda y derechos.
El PSOE pregunta por el calor en las aulas
Después intervino la socialista Estefanía Espinar, que centró su pregunta en la climatización de los centros públicos. Recordó que las olas de calor llegan antes y duran más, y citó las 415 muertes asociadas al calor registradas en Madrid en agosto de 2025. También criticó la frase del Gobierno regional “cuando hace calor, hace calor”.
La respuesta inicial de Ayuso fue mínima y agresiva. Acusó a la diputada socialista de “invocar así a la muerte” y de hacerlo “con ese gozo”. En lugar de responder de entrada al problema de las aulas, optó por descalificar la intención de quien preguntaba.
En la réplica, Espinar le reprochó su actitud durante la visita del Papa: “Cada vez que aplaudía usted al Papa se estaba desautorizando a usted misma”. También le pidió que respetara “a los que no piensan como usted”. La dúplica de Ayuso derivó de nuevo hacia el ataque frontal al PSOE, la corrupción, la Fiscalía, Pedro Sánchez y hasta la cárcel. “En la próxima visita del Papa va a haber tantos sanchistas en las cárceles que no va a tener tiempo ni de visitarles”, llegó a decir.
El contraste resulta llamativo: preguntada por calor en centros educativos, terminó hablando de prisión, tramas y enemigos políticos. La Comunidad de Madrid asegura que este curso destina 17,8 millones de euros a actuaciones contra las altas temperaturas en centros públicos, pero esa explicación quedó sepultada bajo una intervención bronca y casi intimidatoria.
Más Madrid y el uso político del Papa
Más Madrid formuló una pregunta sobre el impacto de la visita del Papa a Madrid. Su portavoz, Manuela Bergerot, criticó que la ciudad reforzara transporte, urgencias y servicios durante la visita papal mientras las familias siguen reclamando soluciones ordinarias para colegios, metro y sanidad. “No es que haya sido un milagro, es que se mueren de vergüenza de tener Madrid como la tienen”, afirmó.
Bergerot también vinculó el mensaje del Papa con la defensa de los migrantes y acusó a la derecha de estar lejos de los valores de “humanismo cristiano y ayuda al prójimo”. Además, retó a Ayuso a dedicar “ocho minutos” a hablar con las familias concentradas por la climatización de colegios e institutos.
La respuesta de Ayuso volvió a exhibir el patrón de la sesión: una frase seca, una descalificación ideológica y una acusación de fondo. “Si tanto le importa hablar del calor en las aulas, ¿por qué no me ha preguntado por ello?”, dijo. Después acusó a la izquierda de “odiar todo lo cristiano y especialmente lo católico” y afirmó que la visita del Papa había sido positiva para Madrid y España, pero “no ha podido ser peor” para la oposición.
El cierre fue especialmente revelador: “Eso es lo que es Madrid, alegría, apertura, fe, respeto, tradiciones, futuro, una región llena de cosas por hacer y donde todos ustedes sobran”. Que una presidenta diga en sede parlamentaria que diputados de la oposición “sobran” no es una simple frase de debate. Es una forma de negar legitimidad política a quienes representan a una parte de la ciudadanía madrileña.
Otra Ayuso ante el PP
El tono cambió cuando intervino el portavoz del PP, Carlos Díaz-Pache. La pregunta permitió a Ayuso desplegar un balance económico favorable: creación de empresas, empleo, crecimiento, inversión, consumo interior y reducción de burocracia. Ahí no hubo sarcasmo contra quien preguntaba, ni acusaciones personales, ni gestos de desprecio. Hubo una presidenta cómoda ante los suyos.
La diferencia no es menor. En una sesión de control, la presidenta debe responder especialmente a quienes fiscalizan su gestión. La mayoría absoluta no convierte a la oposición en un estorbo ni a sus votantes en ciudadanos de segunda. El Parlamento no es un plató para humillar rivales, sino el lugar donde el poder rinde cuentas.
Ayuso volvió a demostrar que maneja dos registros: cordialidad cuando le preguntan los suyos y dureza despectiva cuando la interpelan quienes discrepan. Esa forma de ejercer el poder puede movilizar a los propios, pero deteriora la calidad democrática. Gobernar Madrid no es gobernar solo para quienes aplauden. También es responder con respeto a quienes no votaron al PP, a quienes no comparten su modelo y a quienes tienen derecho a exigir explicaciones sin ser tratados como enemigos.